Capital del dolor

 

  

Le tomo casi prestado el título, y vaya desde aquí el reconocimiento por su belleza, a Juan Eduardo Zúñiga, que con una expresión semejante  (Capital de la gloria) encabeza una magnífica colección de relatos sobre el Madrid sitiado de la Guerra Civil. No es ocioso, ni seguramente improcedente, recordar aquella otra página de la historia madrileña, en la que sus ciudadanos fueron, más que mártires (concepto siempre dudoso), sufridores serenos y ejemplares por una causa que consideraban justa, y que defendieron hasta los extremos de lo posible, sin arredrarles ni menguarles la determinación el ir viendo cómo otros se rendían o no acertaban a resistir. No quiero entrar aquí en dilucidar si la causa de la República era completamente justa (en este momento prefiero prescindir de mi convicción al respecto, que no es hora de sembrar ni recobrar disensiones), pero el hecho incontrovertible es que esa causa se sostuvo en tanto que se sostuvo el propio Madrid. Y que cuando Madrid cedió, ya nadie pudo pensar en defenderla.

 Yendo aún más atrás, puede evocarse el Madrid de 1808, que se inmoló para sostener a una monarquía manifiestamente decrépita y caduca, pero que de nuevo lo hizo bajo el convencimiento de que dejar pasar al invasor implicaba renunciar a algo que era indigno dejar de defender.

 Desde su remota fundación por los árabes, desde su elevación a capital de un Imperio corajudo, absurdo y hambriento, sin dejar de ser aquel poblachón manchego del que se mofaban propios y extraños, Madrid ha dado prueba de poseer una personalidad singular. Ha debido ser rompeolas del resto de España, en más de un sentido: aquí se estrellaron las oleadas de menesterosos y fugitivos en busca de fortuna, y también fue aquí donde golpeó, una y otra vez, el oleaje de las reivindicaciones por agravios que pocos madrileños decidían, y a no muchos beneficiaban.

 Ahora, a Madrid le ha tocado ser de nuevo el rostro de una España a la que, a juicio de alguien a esta hora aún indeterminado, había que golpear con una saña desproporcionada y brutal. Todo el que se sienta español debe sentirse hoy madrileño, y aparcar, a ser posible en un sótano oscuro y de difícil acceso, viejos y estériles rencores. Y quien no se sienta español, pero quiera seguir creyéndose humano, no dejará de verse conmovido e impresionado por la entereza y el ejemplo de esa ciudad que hoy es rompeolas del mundo, y que cuando ha de entregar 200 de sus hijos, por oscuro designio de unos seres gobernados por la ira, ve caer a gentes de 11 nacionalidades, madrileños de pura cepa todos, porque aquí la pureza de sangre, y me enorgullece decirlo siendo medio andaluz y medio castellano-leonés, la otorgamos, sin mayores pamplinas ni formulismos, a todo aquel que viene a arrimar el hombro y a querer ser uno de nosotros.

 Nos duele lo que nos han hecho. Nos duele no saber quién lo hizo. Nos duele pensar que una vez más aquí estamos, para pagar por culpas y errores ajenos. Pero ya han visto lo que hacemos, tan pronto como se apaga el eco de la explosión. Apretamos los dientes y cuidamos a nuestros heridos, como enterraremos a nuestros muertos y reconstruiremos nuestra ciudad rota por el odio. Para hacerla un poco más grande y un poco más abierta a todos los que aquí quieran venir. Para que esos que todavía no se han enterado, tengan donde aprender que todos somos lo mismo. 

  



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