El cuento no es original, ni siquiera está demasiado bien construido,
pero eso no impide que se siga reproduciendo ni tampoco que lo haga con
una virulencia demoledora, que es el rasgo que lo convierte en
excepcional y le permite apoderarse, una y otra vez, de nuestras noches
más oscuras. El cuento empieza diciendo siempre que en el principio era
la inocencia, la justicia, la felicidad, y que un mal día una horda de
monstruos vino a robarlas y destruirlas. En algunas variantes, es
cierto, el cuento no afirma la preexistencia del paraíso, pero entonces
propugna que hubo la posibilidad cierta de alcanzarlo, hasta que los
monstruos se atravesaron en el camino. Suele ser consustancial a la
técnica narrativa del cuento que los monstruos sean personajes
indefinidos, nunca muy bien perfilados, de quienes no se proporciona
mucha más información que la relativa a su bestialidad, su iniquidad o
su barbarie. Si acaso, algunos cuentistas descienden a dibujar a los
monstruos por contraposición a todo aquello que quienes componen su
auditorio consideran intrínseco a ellos mismos, o mejor dicho a todo
aquello que les gusta pensar que los caracteriza, sea ello cierto o no.
Pocos cuentistas, por tanto, se toman la molestia de informar a quienes
les escuchan de que entre los monstruos también hay cuentistas, que se
dedican a envenenar del mismo modo las almas y los corazones de quienes
les rodean, y que sostienen que los monstruos son los que están
del otro lado. Los cuentistas que avisan de ello, siempre se cuidan de
marcar la distancia que existe entre ellos mismos y esos farsantes que
gruñen al oído de los monstruos.
A partir de aquí, el cuento sólo necesita para pasar al siguiente
capítulo que alguien haga algo. Y las posibilidades aumentan
exponencialmente a medida que transcurre el tiempo y los cuentistas
respectivos siguen azuzando el resentimiento recíproco, hasta que llega
el momento en que casi resulta inexorable que algo suceda.
Normalmente, suelen ser más proclives a provocar la crisis aquellos que
se encuentran en peor situación, que también son los que tienen menos
razones para dejar de ejecutar actos extremos. Pero la Historia conoce,
y no en escaso número, el caso de cuentistas impacientes, que ante la
pasividad de su auditorio (que no se terminaba de sentir amenazado o no
aborrecía lo suficiente a los monstruos, por verlos en clara
inferioridad) tomaron la decisión consciente de precipitar ellos mismos
el proceso, sin esperar a que el odio madurase.
Y entonces sucede. La agresión, el golpe. Grande o pequeño, justo o
injusto, eso para el cuentista es indiferente. Si es grande e injusto,
mejor, porque será más fácil sacarle partido, pero el cuentista confía
en su capacidad para proyectar al infinito el material disponible. Sólo
necesita, como el físico clásico, un punto de apoyo para mover el mundo.
En este punto, conviene prevenir contra la creencia, extendida entre
algunos exégetas del cuento, de que el cuentista obra por maldad, en
tanto que es capaz de tergiversar o deformar la magnitud de las cosas.
Que el cuentista altere y manipule los hechos no excluye que se
considere autorizado a hacerlo por una razón superior. No impide, en
suma, que crea de corazón hacer el bien.
En este momento, ya tenemos cerrado el círculo del odio. Hombres contra
hombres, creyéndose unos y otros hombres contra monstruos, y cayendo con
facilidad en el horror de acabar siendo monstruos contra monstruos.
A alguien le han contado el cuento, y nos ha
golpeado. Seamos sabios, seamos nobles, seamos hombres. No respondamos
arremetiendo contra los hombres engañados para creernos monstruos.
Neutralicemos a los cuentistas, busquemos cómo hacerles imposible el
engaño. Y no permitamos, que nadie, desde este lado, contribuya a
alimentar el cuento.