-Mira, Sammy, si
mandamos este informe así ya podemos irnos buscando empleo. Y te aseguro
que no vamos a encontrarlo en un lugar con unas vistas tan
estupendas.
Noto que a Samantha le duele mi observación. Por un
momento me siento cruel e injusto. A fin de cuentas, ella no tiene la
culpa de que los de Frankfurt esperen nuestro informe para antes de las
tres y media (hora alemana) ni tampoco de que apenas nos hayan dado un
día para prepararlo. Pero ésta es la vida que los dos hemos elegido, y
no la ayudaré a prosperar si me compadezco de ella o la protejo de los
ogros. Tiene que acostumbrarse; el mundo es un lugar jodido.
-Joe, Willi Klein al teléfono –me grita Shauna, desde
su mesa.
-Mierda, el que faltaba.
Sopeso si pedirle a Shauna que le dé una excusa al
hombre que me persigue. Comprendo que es inútil. Le pido a Samantha:
-Hazle los retoques que te he dicho. Y ándate con mil
ojos con los números, que no vamos a tener tiempo para revisarlos.
A mi ayudante le escuece la advertencia, que le deja
bien clara mi falta de fe en su meticulosidad. Cojo el teléfono.
-Guten Tag, Willi.
-¿Lo tenéis? –me urge la voz con acento alemán, sin
perder un segundo para saludarme.
-Un borrador. Lo estamos puliendo.
-Lo necesito ya. Echa lo que tengas al correo
electrónico.
-¿Qué hora es ahí?
-Las tres menos cuarto, casi –responde, nervioso.
-Me dijiste antes de las tres y media.
-Esto cambia rápido, Joe, no hace falta que te
explique. Si no lo tengo antes de cinco minutos es como si no lo
tuviera.
Se supone que me pagan por saber siempre qué hacer y
qué decir. Pero por un momento, siento que el tiempo se detiene y que en
ese instante quedo despojado de cualquier capacidad de reacción. Miro al
otro lado de la ventana, a esta luminosa mañana de septiembre en Nueva
York. Veo los transbordadores que surcan el Hudson, las paredes
plateadas de la torre norte. La primera vez que vine a esta oficina del
piso 91 y vi la ciudad tendida a mis pies, pensé que iba a trabajar en
la cima del mundo. Y me acordé del suburbio polaco de Milwaukee donde
nací, y del camino que había recorrido entre medias (mendigando becas,
despachando pizzas, hamburguesas, bagels, etcétera). Aquel otro
Joseph Korzeniowski, el que salió de Cracovia en 1937, con una mano
delante y otra detrás, nunca hubiera imaginado que su nieto ganaría más
de cien mil pavos al año antes de cumplir los treinta...
Lo veo antes de oírlo. Una fracción de segundo,
infinita, hasta que llega el estruendo. El temblor. Algo acaba de
reventar la torre norte. Lo pienso antes de comprenderlo. Luego oigo
chillar a Shauna y veo a Samantha, que tropieza con su mesa y no cae de
milagro.
-Joe –suena la voz de Willi en el auricular-. Joe, pero
qué c...
No sé si he cortado yo la comunicación o se ha cortado
sola. Observo lo que ocurre enfrente, tan cerca. El estallido de fuego y
cristal, el humo oscuro. Shauna sigue chillando y a Samantha parece que
le hubieran desconectado el cerebro. De otros departamentos llegan
gritos. A través de la puerta entreabierta veo cómo algunos se acercan
hacia los ventanales, temerosos y a la vez sin poder evitarlo. Hago lo
mismo.
-Esos jodidos bastardos –aúlla Shauna-. ¡Lo han hecho,
joder, lo han hecho! Como en el 93, pero esta vez lo han conseguido.
Se vuelve hacia mí. Me escruta, furiosa. Noto, en el
fuego de sus ojos, que en este momento no reconoce en absoluto mi
jefatura sobre ella. Nunca le he caído muy bien, y siempre ha estado
convencida de que me vería caer, como ha visto caer antes a otros chicos
listos que pasaron por aquí. Pero ahora no me odia por nada personal. Me
odia porque tiene que odiar a alguien.
El espectáculo resulta increíble. La torre norte es una
gigantesca antorcha que suelta a borbotones un humo siniestro.
-Tenemos que largarnos, en seguida –vuelve en sí
Shauna, y empieza, atropelladamente, a recoger sus pertenencias.
-No nos pongamos nerviosos –digo-. Si es necesario, ya
nos darán la orden de evacuación. Las torres son independientes.
Shauna menea la cabeza.
-Estás idiota. ¿Quién te dice que no han puesto otra
bomba aquí?
-¿Dos bombas? Ya les habrá costado bastante poner una
–razono, no sé si queriendo convencerla a ella o a mí mismo.
-¿Ha sido una bomba? –pregunta Samantha, incrédula.
-Mientras seguís charlando, yo me voy –se despide
Shauna.
Samantha y yo la vemos desaparecer en el pasillo. Pasan
otras personas, en ambas direcciones. Llevan la mirada extraviada,
alguno se asoma, parece que va a preguntar algo, vuelve a irse.
-¿Qué está pasando, Joe? –murmura Samantha.
-No lo sé –confieso.
-¿Qué hacemos?
Shauna ya ha dejado de ser asunto mío, pero comprendo,
al mirarla, que Samantha hará lo que yo le diga. Y eso no es
precisamente un alivio.
-Quizá Shauna tenga razón –admito-. Habrá que irse, por
si acaso.
-¿Y el informe?
El informe. Willi. Lo imagino, en una de esos grises
mediodías de Frankfurt. Con los ojos fijos en la pantalla esperando que
le entre el e-mail. Eso, por lo menos, es algo concreto, un
terreno que domino.
-Cógelo tal y como está y mándaselo por correo
electrónico. Podemos perder quince segundos más.
Mi voz ha sonado firme. Como me gusta hacerla sonar.
Haber tomado la decisión, las dos decisiones (mandar el informe
deficiente, abandonar luego el despacho) me reconforta.
Samantha se sienta en su ordenador y maniobra con el
ratón. Lo hace con rapidez, sin titubeos. De pronto la veo fruncir la
nariz.
-Pasa algo. No conecta.
-Prueba otra vez –le digo, mientras me pongo la
chaqueta y cierro mi ordenador.
-Nada, no hay manera.
Ha aparecido de pronto. Un pájaro de acero, virando
sobre el río, bañado de sol. Viene deprisa, pero aun sin poderlo
aceptar, sin poder creer que es verdad lo que me muestran mis ojos, me
doy cuenta de que apunta derecho hacia aquí. No aviso a Samantha, que
sigue forcejeando con su ordenador. El avión llega con un rugido,
desaparece bajo mis pies, en las entrañas de la torre. Sacude todo.
Corro hacia Samantha. Alguien ha de abrazarla, ahora.
Pienso apenas en Willi, al otro lado del mundo. Fijo en la
pantalla.