¿Guerra justa?

 

 

Es posible, sólo posible, que exista una guerra justa. Puede que lo sea la de la loba que defiende a sus crías de quien quiere matarlas, o la de la leona que caza para dar de comer a las suyas. Y otras similares, que cada uno puede y sabrá, estoy seguro, imaginar por sí mismo. Por mucho que me cuenten y me digan, no puedo creer que el aplastamiento de un país paria como Irak, a manos de la superpotencia mundial, para hacerse con una reserva de petróleo que garantice el mantenimiento, a medio plazo, de formas de vida opulentas, encaje en esa categoría.

Y es que a estas alturas no podemos creer (ahí está el impúdico Kim Jong Il para acreditarlo) que al gobierno de los EE.UU. le mueva la irrenunciable exigencia ética de suprimir a un tirano ni la imperiosa necesidad de impedirle usar armas de destrucción masiva.

No es ningún secreto, porque los ideólogos del departamento de Estado lo han proclamado en los medios, el interés estadounidense de disponer de una reserva alternativa de hidrocarburos de buena calidad para reducir su dependencia de Arabia Saudí, y consta que sólo Irak puede servir a esos efectos. Tampoco se le oculta a nadie la conveniencia para Norteamérica de controlar un territorio tan estratégico como el iraquí, enclavado en el centro justo de Oriente Medio. Basta, para hacerla patente, la apuesta que en el pasado hiciera Estados Unidos (incluido, bella paradoja, el suministro de armas de destrucción masiva) por el mismo hombre al que ahora se trata de derrocar.

A partir de aquí, y de las pocas pruebas que respaldan la amenaza que pueda representar el embargado Irak para la seguridad de la única superpotencia, los estadounidenses nos reclaman, valga la redundancia, un acto de fe en su buena fe. ¿Es tan raro que a casi todos nos cueste confiar en ellos? No voy aquí a satanizar a quienes confían, incluido nuestro presidente del Gobierno. Asumo, porque me horripilaría lo contrario, que Aznar y los demás, conscientes de la gravedad de lo que se ventila, creen que tienen que prestar su apoyo.

Pero pensemos en dentro de unos años. Pensemos en los huérfanos/as, en los viudos/as y en los padres y las madres de quienes caerán. Entre los iraquíes, entre los marines norteamericanos y entre aquellos que sean enviados a ayudarles. Pensemos en mirar a la cara a toda esa gente, mientras les decimos: "tienes que aceptar que tu padre, tu madre, tu marido, tu mujer, tus hijos, sean sólo polvo bajo una tumba, porque esto era necesario, y porque después de la guerra, tenemos un mundo más justo y ningún país, ninguna empresa, ninguna persona, aprovechó la jugada para medrar o enriquecerse en modo alguno".

Creo, sinceramente, que no podremos decirlo. Por eso, a los que pueden: paren esta mierda antes de que sea demasiado tarde y hayamos escrito un nuevo capítulo de infamia, iniquidad y vergüenza para la Historia.

 



7

Cedido a cualquiera que lo use sin ánimo de lucro
Copyright, Lorenzo Silva 2000-2005