Las víctimas en la memoria

 

  

La memoria de las víctimas, la Historia nos lo atestigua, puede convertirse en muchas cosas. Hay quien usa de una diligencia especial para hacer de los caídos mártires, listos para ser utilizados convenientemente en beneficio de las causas que de antemano se pretendía defender. Hay quien por el contrario se muestra negligente, y se conforma con establecer unos ritos de homenaje rutinario, que sirven para llenar el tiempo, los aniversarios redondos y los especiales conmemorativos de los periódicos. La dignidad humana de los que cayeron, la de los que les lloran, la nuestra propia como hermanos suyos (incluso de los que rezaban a Alá o llevaban en el bolsillo otro pasaporte) nos impide tanto lo uno como lo otro. La conciencia que esta barbarie nos ha despertado a todos, incluso a los que la tenían más aturdida, nos pide mantenernos alerta para que el recuerdo de las víctimas sea ante todo una exigencia moral, a la que nos enfrentemos día a día y con la que midamos nuestros actos.

La primera exigencia, claro está, es la de prohibirnos el olvido e imponernos la tarea de hacerles justicia. Debemos recordar siempre, en lo hondo del corazón, a esa gente que estuvo entre nosotros. Nos toca pues asistir a quienes les sobrevivieron, y rendirles a ellos los honores que merecen por haber caído en el más noble de los afanes, ir cada día a hacer su trabajo y a aportar su esfuerzo a la comunidad, sin recibir por ello distinciones ni protección, exponiéndose por tanto a la saña homicida de quienes buscan la ventaja y el terror de golpear a los indefensos. Debemos, también, procurar que las leyes caigan, con rigor y sin rencor, sobre las espaldas de aquellos que propiciaron la masacre; sobre todo, de los que con siniestro cálculo fueron inoculando el odio, la sinrazón y el desprecio de la vida ajena en los ejecutores, y aquellos que los apoyan, subvencionan o alientan.

Pero éstas que preceden, aun arduas de cumplir, son las exigencias más sencillas y evidentes. Hay un deber ético más complejo y más crucial para con las víctimas: procurar que su sacrificio no resulte inútil. Y para ello, a partir de lo que ha sucedido, deberíamos pensar ante todo en cómo evitar que vuelva a desatarse el horror. Es la hora de la firmeza frente a los criminales, sí, pero también la de ensanchar el corazón y la mente, y reparar en las otras víctimas que hay en el mundo, aparte de las "nuestras". Ese marroquí que ahora viaja en el metro de Madrid, sintiendo el recelo de todos hacia su persona, es también una víctima del 11-M. Por no hablar de los muchos musulmanes que viven en países en guerra, oyendo las balas silbar sobre sus cabezas y enterrando de cuando en cuando a los suyos. Debemos acordarnos también de esas víctimas. Para que nadie pueda usarlas en su provecho. Para que los resentidos y los desalmados pescadores en río revuelto de todo el mundo (no importa el Dios al que invoquen) se vean, al fin, condenados al ostracismo.

  



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