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14 noviembre, 2019

Ah, Constantinopla

He tardado cincuenta y tres años en verla, pero nunca es tarde para ciertas cosas. Gracias al Instituto Cervantes de Estambul — y a su director, Gonzalo Manglano— y a la Universidad de Estambul — y a sus profesores del departamento de Filología Española— he tenido la oportunidad de pasar dos fecundos días en la antigua Bizancio o Constantinopla, esa puerta milenaria entre Asia y Europa, entre el Mar Negro y el Mar Mediterráneo, entre Oriente y Occidente, entre el hoy cuya barbarie a veces nos espanta y el ayer donde florecieron la sutileza y la civilización.

Bizancio es la fascinación del legado de la antigua Grecia que, gracias a los sabios de Constantinopla y del imperio que mejor o peor consiguió sujetar durante un milenio, conocemos y podemos aprovechar hoy. Es impresionante constatar que hay eruditos bizantinos, como Demetrio Triclinio, que trabajó y enseñó en Tesalónica en el siglo XIV, a quienes debemos poder leer nada menos que nueve tragedias de Eurípides, un tesoro que sin su diligencia y su conocimiento del metro clásico —para depurar corrupciones en la copia— habríamos perdido sin remedio.

Bizancio es también la salvadora de la principal y superior herencia de Roma, el derecho, que nos permite superar el sórdido fango de la venganza privada y del caudillismo visionario para sustituirlos por la racionalidad y el imperio de las leyes, y que se conservó gracias a los juristas bizantinos que trabajaron a las órdenes del emperador Justiniano y compusieron el Digesto, la recopilación del corpus del derecho romano.

Bizancio es, en fin, la historia de un empeño finalmente destruido por el fuego de la Historia y de los pueblos forjados en la adversidad y el combate, como lo eran los turcos, fugitivos del Asia Central que bajo el mando de Mehmet II lograron adueñarse finalmente en 1453 de la heredera del imperio de los Césares, de quienes en adelante se pretendió sucesor el victorioso sultán. Y quizá lo fuera, vista la inoperancia del pretendido imperio occidental —repartido entre el Papa, el débil emperador germánico y los reyes cristianos más preocupados por sus respectivos intereses— para impedir que Constantinopla cayera en manos de los otomanos.

Estambul, el resultado final de aquella debacle de la cristiandad y aquel triunfo del islam, pero también del hundimiento del imperio otomano tras la primera guerra mundial y de la reforma y secularización de Atatürk, es hoy una ciudad cautivadora e intensa donde la huella de toda esa historia, tan descomunal, convive con un presente vivo y estimulante en cada uno de sus rincones. Ello la convierte en escaparate de un país a caballo entre Europa y Oriente, entre la tradición y la modernidad, entre los impulsos más conservadores y el ansia más perentoria de romper con rancios atavismos y construir un futuro sin límites ni ataduras. En su lado europeo y también en el asiático, como pude comprobar, gracias a las inmejorables dotes de cicerone de Gonzalo Manglano, en un paseo por el barrio de Kuzguncuk, que por momentos le da a uno la sensación de estar caminando por una calle del Greenwich Village neoyorquino. Librerías incluidas, si no fuera por las banderas que celebraban la festividad del día, el aniversario de la muerte de Atatürk, el fundador de la Turquía moderna.

Es también una ciudad acogedora y viva, plácida y cordial para el visitante, con su rostro caótico pero una admirable organización subyacente: el transporte público funciona con regularidad y eficiencia, y tiene una vida cultural, que fue la que sobre todo pude pulsar, pujante y bien engrasada. Lo advierte uno en los carteles publicitarios que anuncian por doquier las novedades editoriales —y no sólo productos audiovisuales y deportivos, como en otro lugar del que no quiero acordarme— y que obedecen a la existencia de un público lector que permite a autores como Ahmet Ümit, con el que tuve el privilegio de conversar en el hotel Barceló de Estambul, despachar cientos de miles de ejemplares de cada uno de sus títulos.

Lo pude advertir, también, en la conversación con los profesores y alumnos de la Universidad de Estambul, erigida justamente en el solar de la antigua Constantinopla, que no sólo me dieron cumplida muestra del nivel de sus investigaciones y enseñanzas, sino que me sorprendieron al entregarme una tesina producida por una de sus alumnas, Hande Özelçi, centrada en las novelas de Bevilacqua, pero atendiendo a un aspecto que deja bien a las claras la intuición y la capacidad de penetración de su autora: el papel de Chamorro, y en general de los personajes considerados secundarios, en la construcción de la mirada que conforma un artefacto narrativo.

Y luego, en Estambul, está esa luz prodigiosa, ese lujo para una ciudad de que sus avenidas principales sean dos brazos de mar, el Bósforo y el Cuerno de Oro, en cuya confluencia alguien supo ver, hace muchos siglos, que debía levantarse una ciudad que asombraría y seduciría al mundo.

Entiende uno, al caminarla y admirarla, a la luz del día o bajo la luz de la luna, en la calle o en los espacios magníficos de Santa Sofía o las Cisternas Imperiales, que los sacerdotes siguieran cantando hasta el final en la catedral mientras los jenízaros irrumpían en ella y degollaban a los viejos y despedazaban a los jóvenes de la nobleza bizantina de ambos sexos a los que disputaban entre ellos por llevarse como botín. O que el último emperador, Constantino XI, eligiera despojarse de sus insignias imperiales y morir como un infante más tratando de tapar la brecha de la muralla por donde se abrían ya paso las tropas del sultán. Lo cuenta mejor que bien, y con rigor histórico exquisito, asentado en el manejo simultáneo de las fuentes griegas, italianas, eslavas y turcas, Sir Steven Runciman en La caída de Constantinopla 1453, y con alguna licencia literaria, pero igual pulso, Mika Waltari en El ángel sombrío.

No puedo sino recomendar ambas lecturas. No puedo sino recomendar la visita a Estambul y el trato con sus gentes, en quienes vive hoy la herencia de toda esa inteligencia y toda esa sensibilidad, que son las que al cabo quedan para salvarnos de la violencia, el odio y la ignorancia.

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About Lorenzo Silva

3 Comments
  1. Que clase de historia más agradable.
    Saludos

  2. Por la distancia lamento que no he podido asistir a escuchar su charla. Pero cómo una estambuli del barrio Kuzguncuk me emocionó leer su texto. Muchas gracias. Un saludo

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