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27 mayo, 2018

Derecho a no declarar (vidas.zip en @elmundoes)

 

 

La cara del hombre, en el asiento trasero del coche policial, lo dice todo. Al final, ha llegado. El infierno tan temido, que decía Juan Carlos Onetti. Ese que quien se lo gana sabe que antes o después le acabará cayendo encima, aunque juegue con éxito, durante más o menos tiempo, a hacer como que nunca vendrá. La culpa, de lo mismo que lo desencadenó todo: el dinero. «Me tengo que hacer rico», le escucharon decir unos policías hace mucho tiempo, aunque logró hacérselo perdonar u olvidar. La frase no sólo encierra una filosofía de vida, un proyecto personal y una catadura ética. Es, en su simplicidad, todo un programa de autodestrucción que, después de devastar alguna otra cosa y de esquilmar a alguna otra gente, al fin se ha cumplido.

Cuentan que Eduardo, el tahúr más listo y más escurridizo a este lado del Misisipí -y también al otro-, cometió un error de los tontos; de esos que al final son los que cometen los astutos. Que apuntó unas cifras ominosas e incriminatorias en un papel, por si la memoria fallaba, y que las olvidó -qué paradoja- en un altillo del piso de lujo que luego le vendió a otro. Que ese otro hizo unas reformas, encontró el papel -manuscrito, es decir, pistola humeante y con huellas- y como tampoco era trigo muy limpio resolvió guardárselo por si en el futuro servía para algo. Debió de creer que sí, que podía servirle, porque el papel acabó en poder de la Guardia Civil, una gente singularmente atenta, por hábito y necesidad, a los garabatos de papeles manuscritos que aparecen en el curso de una investigación, y con una maña endiablada para interpretarlos y acabar sacándoles petróleo.

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