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2 mayo, 2020

Diario de la alarma – Día 48

Orden dórico

1 de mayo – Fauda (caos)

En este confinamiento cada cual ha ido abriéndose las ventanas que ha podido. En mi caso la principal, como siempre, han sido los libros. A lo largo del diario he ido dejando constancia de algunos. También he recurrido al cine, y de alguna película he incluido aquí alguna nota también. De algunas otras no: he revisado Taxi Driver y Doce hombres sin piedad, sin que ninguna de las dos me entusiasmara, aun apreciando lo que tienen de icónicas y de hitos en la historia del cine. Por último, y para el final del día —y los días en que a esa hora la mente ya daba menos de sí— he reservado la distracción contemporánea por excelencia, las series de televisión.

Descartando alguna experiencia fallida —y rápidamente abortada, no está la vida como para andar perdiendo el tiempo, por mucha fama de que venga precedida la serie en cuestión—, el balance no es del todo malo. Ya he anotado aquí mis impresiones de The Crown y La línea invisible, y antes de que este diario acabe, aunque aún me queda algún capítulo de la tercera temporada, pongo en limpio mis impresiones sobre la tercera, la israelí Fauda, que por lo que leo en estos días se ha convertido, sorprendentemente, en una de las favoritas del catálogo de Netflix para los españoles confinados. Y digo sorprendentemente porque es una serie dura sobre un asunto desagradable y desolador: el eterno conflicto de Oriente Medio.

Fauda significa caos en árabe, y bajo ese nombre la serie cuenta, entre otras,  las peripecias de los integrantes de una unidad Mista’arvim de operaciones especiales de la IDF, el ejército israelí. Se trata de unidades antiterroristas formadas por agentes capaces de mimetizarse como árabes —vestimenta, aspecto, idioma— y que se ocupan de realizar operaciones encubiertas, consistentes en infiltrarse en los territorios palestinos para neutralizar a elementos de Hamás y otras organizaciones de resistencia armada contra la ocupación —o terroristas, como cada cual prefiera denominarlas—. Neutralizar significa todo lo que esa palabra puede comprender: desde la detención o secuestro hasta el asesinato selectivo. Por lo que cuenta la serie, a veces el adjetivo puede quitarse y el asesinato es de todo lo que se mueve y estorba en torno a la operación para que los agentes puedan cumplir la misión asignada, escapar a las iras de la población y ponerse a salvo en territorio israelí.

Mista’arvim significa sombra: el mayor activo de estos soldados es su capacidad para colarse tras las líneas enemigas sin ser vistos ni detectados como lo que son. Pero una vez que actúan, es decir, abren fuego o se apoderan de la persona a la que buscan, se descubren y como están en inferioridad numérica les toca recurrir a su habilidad para zafarse de un entorno hostil. Cuando esa maniobra fracasa por cualquier razón y se ven rodeados por un enemigo ansioso de lincharlos, es cuando se desata lo que en clave llaman en árabe fauda, es decir, una situación caótica que les obliga a pedir socorro, lo que desencadena la intervención de otras fuerzas del ejército en términos contundentes y con resultados por lo común devastadores.

La serie está escrita por Lior Raz y Avi Issacharoff, ambos veteranos del IDF y de una de estas unidades, la unidad Duvdevan —«cereza» en hebreo, en alusión a su carácter escogido— que opera en la zona de Cisjordania. Es justamente en este territorio donde se desarrollan la primera y la segunda de las temporadas; en la tercera, la acción se traslada también a Gaza. El protagonista principal es Doron Kabilio, un agente operativo de la Mista’arvim interpretado con comprensible credibilidad por el propio Lior Raz. En las tres temporadas el argumento es similar:  siempre se trata de acabar con un jefe militar de Hamás especialmente hiperactivo. En la segunda, además, con un retornado de Siria que trae la marca Daesh para competir con la franquicia yihadista local, lo que desencadena un interesante conflicto publicitario, político y militar entre los enemigos de Doron.

En la producción se nota el buen asesoramiento, la disponibilidad de medios y la destreza en la realización de las secuencias de acción, trepidantes y a menudo angustiosas. La ambientación es poco menos que perfecta, con una fotografía que alterna el pie de calle con las imágenes de drones de manera eficaz y consistente; no al modo de esas series y películas donde el operador del dron se convierte en el filmador de otra película alternativa, postiza e incoherente con la principal. La mezcla constante de árabe y hebreo —los protagonistas hablan también entre sí en la lengua del enemigo, y no sólo cuando están infiltrados en su territorio— le da un sabor especial y por momentos perturbador: esa promiscuidad cultural, idiomática y hasta fisonómica entre dos pueblos que se odian a muerte y sin remedio es una de las bazas que permiten a Fauda transmitir una emoción peculiar y única.

No todo brilla a la misma altura, claro está. Las tramas personales pecan a veces de esquemáticas y arbitrarias y hay algún personaje que navega sin rumbo en manos de los guionistas y de su intérprete —véase Nurit, la única mujer de la unidad—.  El propio Doron, una especie de Chuck Norris calvo y regordete —quizá sean sus diferencias con ese referente lo más interesante— que siempre seduce a la mujer atractiva de turno —ya sea árabe o israelí—, es un personaje algo limitado en términos dramáticos y narrativos. Sabemos que siempre lo va a pasar mal, pero que al final prevalecerá y logrará su objetivo. Cuando ves por primera vez la cara de su archienemigo árabe de turno ya imaginas el momento en que él o los suyos lo despenarán de alguna forma inapelable, por lo común un disparo en la cabeza seguido de los que sean necesarios para asegurar que no va a volver a levantarse.

Dejando al margen esta limitación, en la que se vislumbra un peso excesivo del creador-intérprete —un defecto que comparte con alguna otra serie, como la meritoria 1992, creada y protagonizada por Stefano Accorsi, que la acaba ahogando—, en Fauda, al margen de los aspectos técnicos, hay hallazgos narrativos de primer nivel. Confieso mi debilidad absoluta por el personaje del capitán Gabi Ayub, el especialista en la obtención de información que a través de técnicas de inteligencia —espionaje, análisis, interrogatorios persuasivos, manipulación de terroristas, confidentes y hasta del responsable de seguridad de la Autoridad Palestina— provee a Doron y su escuadrón de terminators de todo lo que necesitan saber para localizar a sus objetivos y llegado el caso acabar con ellos.

El actor que lo interpreta, Itzik Cohen, es soberbio. La mirada, las inflexiones de la voz, el porte, todo le ayuda a componer un personaje memorable, al que también los guionistas miman con las líneas más sabrosas. Mientras anda en sus trajines antiterroristas, Ayub tiene que ocuparse a menudo de controlar por teléfono, cuando le toca, a alguno de los cinco hijos que ha tenido con las dos mujeres de las que está divorciado. Esas conversaciones sin interlocutor visible ni audible son tan ingeniosas como hilarantes. Pero también es brillante cuando interroga, cuando muestra al enemigo su lado humano para ganárselo o cuando tiene que convencer a alguien de algo que no quiere hacer. Estremecedor es el momento en el que le hace sentir a la viuda de un activista de Hamás que si no le da una información que necesita para salvar a Doron, secuestrado por el supervillano de turno, le hará abortar al hijo que lleva en las entrañas. Sólo se lo dice una vez, pero la viuda que hasta entonces ha estado resistiéndose a hablar comprende, como comprendería cualquiera, que le toca asumir el ingrato papel de traidora a los suyos.

Tampoco es nada malo el personaje de Eli, el jefe de la unidad de Doron en la segunda y la tercera temporadas, interpretado por Yaakov Zara Daniel: un hombre sensato, sensible y atormentado, que no puede apenas dormir por los traumas que arrastra y que encauza como puede los excesos testosterónicos de su subordinado.

Sin embargo, lo que termina de redondear el valor de Fauda como narración es su capacidad de acercarse a las dos partes del conflicto en términos dramáticamente equivalentes. Son tan interesantes y poderosos los personajes israelíes como los palestinos, aunque el sesgo de la serie bascule, como no puede ser de otro modo, hacia el lado hebreo. Digamos que las maldades de los israelíes siempre se nos presentan justificadas por la necesidad, mientras que las de los palestinos, aun concediéndoles de entrada algún fundamento moral porque luchan por su tierra y reaccionan a la dureza con que se los trata, evolucionan con más facilidad hacia la crueldad y el sadismo gratuitos. Ello no impide que algunos de ellos, y en especial los personajes femeninos, esas mujeres casi condenadas a vivir y morir enlutadas por sus maridos que tarde o temprano se convertirán en shahids —o mártires—, lleguen a ser tan sólidos y memorables como los compañeros de Doron.

Y alguno, incluso más. Pienso en Nasrin Hamed, la mujer y al final viuda del Pantera, el legendario terrorista fantasma al que en la primera temporada se enfrentan Doron y los suyos, interpretada por la actriz Hanan Hillo. Es un personaje redondo, mimado con celo en el guión y encarnado por una actriz sobresaliente. Su intensidad, sus diálogos con Ayub, que finalmente la convence para que operen a su hija en un hospital israelí, son de lo más convincente de la serie. Y protagoniza la que tal vez sea su mejor secuencia, donde se contiene como en una perla primorosamente cultivada el meollo de todo lo que cuenta.

Sucede cuando Nasrin va en el taxi con su hija recién operada, después de que le den el alta. La niña lleva un gigantesco oso rosa de peluche que le han regalado en el hospital. Nasrin le pide al taxista que se pare. Cuando el coche se detiene, la madre agarra el oso, se baja y lo planta en el banco de una parada de autobús entre dos viajeros que allí esperan, vestidos de uniforme. Al ver a una árabe que deja ese aparatoso muñeco entre ellos y se mete de nuevo en el coche, los dos se miran, miran el oso y acaban levantándose y apartándose a toda prisa de él, temiendo que contenga una bomba. Cuando regresa al taxi, Nasrin enfrenta el enfado de su hija. Le dice que no quiere ni ella tampoco puede querer nada de los judíos, en lo que se adivina una alusión a que el oso podría contener algún dispositivo de escucha y espionaje. La niña le dice que qué más da, que el oso le encantaba. La madre se ratifica en su decisión. Y la niña zanja la conversación diciéndole: «Te odio.»

Es un alarde que una serie en la que predomina la violencia y la tragedia acierte a ofrecer, en clave cómica, una lectura tan nítida y profunda del conflicto absurdo que aboca al rencor y al dolor a dos grupos humanos tan similares, confinados en un estrecho pedazo de tierra y sin otra perspectiva que coexistir sobre él.

Y es esta mirada que ahonda en los dos bandos la que coloca en ventaja al relato de Fauda frente a la narrativa audiovisual realizada entre nosotros sobre el conflicto vasco, que sistemáticamente reduce y esquematiza el trazo sobre unos —quienes combatieron el terrorismo— para desarrollarlo y adensarlo sobre otros —los que lo sostenían—, como hace por ejemplo La línea invisible. El día que se supere esta descompensación, podremos tener algo que pueda competir en otra liga, a partir de una mirada compleja y completa, como hace Fauda pese a estar contada desde un lado y con recursos típicos —y aun tópicos— del más puro cine de acción.

En cualquier caso, la serie nos ha proporcionado a Noemí y a mí varias noches de entretenimiento y reflexión, además de la oportunidad de contemplar ese áspero y a la vez magnético paisaje de Palestina, esa Tierra Prometida de los hebreos que se ha convertido en promesa interminable de conflicto y dolor.

Ha sido también una manera de desconectar del ambiente enrarecido que en estos últimos días ha provocado entre nosotros la epidemia. Hoy se ha cerrado, ojalá que para siempre, el hospital improvisado de IFEMA. Por cierto que he intentado enterarme sin éxito de qué han hecho con la biblioteca a la que pude donar algunos libros. No porque me preocupe el destino de esos ejemplares —sólo espero que acaben en manos de quien pueda sacar de ellos algún placer o consuelo—, sino por tener completa la historia de una bella y reparadora iniciativa. Lo que sí se ha contado hasta la saciedad es el exceso celebratorio de la presidenta Ayuso, con congas, bocatas de calamares, selfis y fotos de grupo multitudinarias y apretadas. Leo que la delegación del Gobierno le va a abrir un expediente. Si acabamos con la presidenta autonómica multada por el delegado del Gobierno central por vulnerar el estado de alarma —no entro si justificadamente o no— será un final de traca para el sainete en el que hemos convertido un desastre que se ha llevado por delante a miles de nuestros conciudadanos. Añádase que el propio delegado del Gobierno está investigado en una causa penal por permitir la manifestación multitudinaria del 8M y otros actos de masas. Cerrando el círculo, que se dice.

Se alzan voces contra la prórroga del estado de alarma. Parece que al PNV no le conviene —quiere hacer elecciones de lo suyo en julio—, lo que abre una vía de agua en la mayoría parlamentaria que invistió al presidente. También se alzan voces contra el mantenimiento tan prolongado de poderes extraordinarios para el ejecutivo y contra la dureza y el autoritarismo del confinamiento español, frente a otras reacciones más laxas y más eficaces como la alemana. No acabo de estar seguro de que los alemanes hayan sido más eficaces por ser más laxos: me temo que han sido más eficaces porque son alemanes, y tienen medios y reglas de disciplina social espontánea de los que aquí andamos desprovistos.

Como a cualquiera, me gusta poco que no me dejen salir, o que cuando me suelten, como va a ocurrir a partir de este sábado, me acoten desde arriba la hora de recreo y me amenacen con multa si me la salto. Sin embargo, y aun creyendo que quienes nos mandan están fallando estrepitosamente en la búsqueda de consensos que van a necesitar para gestionar el paisaje después de la batalla, después de incurrir más de una vez en el despotismo ilustrado —y alguna que otra en el despotismo aturdido—, no termino de ver claro que el 9 de mayo, cuando acabe la prórroga actual, se pueda regresar como si tal cosa a la gestión descoordinada de la crisis. Aunque nos haya parecido oneroso y totalitario, el cerrojazo ha funcionado, para domar una fiera que andaba rampante entre nosotros. Y la fiera puede volver.

Los hombres de Doron, cuando se infiltran en Cisjordania, saben que están jugando con fuego, y que si actúan con astucia y precisión la operación puede ser limpia, pero si algo se descontrola evolucionará en seguida a la fauda, al caos, en el que hay muchas probabilidades de que no vuelvan todos, o no lo haga ninguno. En esta pandemia ya hemos vivido nuestra fauda en los peores días de marzo y abril: esos hospitales desbordados y sin medios suficientes para dar un tratamiento a la avalancha de enfermos graves y esas residencias con los ancianos agonizando por cientos y sin ninguna posibilidad de atenderlos. No la queremos otra vez.

Para evitarla, a lo mejor hay que pasarse de cautos. Y me gustaría creer que mis conciudadanos y sus gobernantes, municipales y autonómicos, lo serían sin necesidad de un estado de alarma, esto es, excepcional. Creo que muchos lo serían, pero no estoy seguro de que todos lo fueran. Me pongo en la situación de tener que administrar esa duda desde un puesto de responsabilidad. Y no la envidio.

Mientras repaso esta anotación, me tropiezo con una maravillosa fotografía del inacabado templo dórico de Segesta, en Sicilia. Su orden, su equilibrio, su limpieza de líneas, me cautivan como las dos veces que lo he visto al natural. Aunque a lo mejor sea una incoherencia, decido buscar una de las fotos que yo mismo le hice la última vez para ilustrar esta entrada. Es mi conjuro contra la fauda. Ojalá funcione.

Actualidad, Diario de la alarma
About Lorenzo Silva

16 Comments
  1. No entiendo el reproche a La línea invisible, y se lo haces en algo que justamente es uno de sus puntos fuertes: su retrato de la realidad vasca. La Línea Invisible hace una cosa que la ficción española no se había atrevido a realizar nunca: humanizar los personajes a ambos lados del conflicto. Y la prueba está en los ataques que ha recibido desde la derecha extrema (por blanquear supuestamente a ETA) y desde la izquierda vasca (por blanquear supuestamente a Melitón Manzanas y cuestionar la lucha antifranquista. Si de verdad crees que Fauda es modélica en la representación del conflicto árabe israelí, pecas de una enorme ingenuidad. Te invito a que te tomes un té en cualquier plaza del Líbano o Alejandría y saques el tema de la serie de Netflix, te sorprendería mucho, lo que pasa es que desde aquí pensamos que ellos sí lo han hecho perfecto. Seguro que allí pensarían lo mismo viendo La Línea Invisible

    • Además de tener la delicadeza y la consideración de tildarme de ingenuo, me atribuyes, Iván, juicios que no he hecho y para ello echas mano de dos palabras que he tenido buen cuidado de no utilizar: «humanizar» y «modélica». La primera me parece demasiado obvia e inútil para calificar a un personaje de ficción, y la segunda es muy raramente utilizable, en todos los órdenes de la vida. Lo que digo es que en Fauda hay personajes poderosos y complejos en los dos bandos. En «La línea invisible» sólo los hay en el lado etarra: Pardines es un don Nadie y el personaje de Manzanas está construido de forma bastante superficial y esquemática. Sólo lo salva el gran actor que es Antonio de la Torre. De todos modos, si te interesa por qué digo lo que digo —y no lo que gustes atribuirme— sobre «La línea invisible», lo tienes desarrollado y razonado aquí: https://www.lorenzo-silva.com/diario-de-la-alarma-dia-28/

  2. Es curioso como los clichés o tópicos funcionan cuando sabemos poco del asunto en cuestión: si nos hablan de Escocia, pensamos que estan todo el día bebiendo whisky y con el kilt puesto. Hay una película que se llama: «Y llegó el día de la venganza», el director es Fred Zinemann, los actores Gregory Peck, Anthony Quinn, y Omar Sharif, y el argumento gira sobre España. No falta un topico: Guardia Civil malo y encima rejoneador, guerrillero y cura con dudas. Un truño. En fin, a lo mejor a los saudíes no les gustó Lawrence de Arabia

    • Muy cierto. Por eso me cuido mucho de decir que los personajes de Fauda, unos y otros, sean reflejo fidedigno de la realidad. Incluso apunto en más de un momento sus rasgos caricaturescos. Me limito a decir que en las dos galerías de personajes, los árabes y los israelíes, los hay interesantes, poderosos y dotados de alguna complejidad. Escojo las palabras con cuidado. No pretendo decir más que eso. Por cierto, no tengo constancia de ningún guardia civil torero, pero sí que hubo uno que fue dirigente del brazo político de ETA: https://blogs.publico.es/strambotic/2019/04/chiquito-de-amorebieta/ Ningún guionista gringo podría imaginarlo jamás.

  3. ¿Manzanas construido de forma superficial y esquemática? Con todos los respetos, Lorenzo, solo la historia de Melitón en el capítulo 4 es de una precisión en la construcción del personaje de las que no suele hacerse en este país. Un torturador que se encuentra un libro de poesía del hombre que busca, y empieza a indagar, él, Melitón, en ese mundo para intentar entender las claves de su enemigo. Sus conversaciones con la monja sobre el verso libre o los sonetos… o ese momento brillante en que le narra a su mujer la historia de Rimbaud, ¿De verdad te parece superficial? Es un personaje terrible al que le ha picado la curiosidad por un arte que no alcanza a entender, pero le fascina. Y por supuesto que Antonio De la Torre es un gran actor, pero si en algo se ha puesto unánime la crítica de La Línea Invisible , es que ha firmado uno de los papeles de su carrera, ¿Tú crees que eso lo ha hecho desde un personaje superficial y esquemático? ¿En serio? Y no, Pardines no es un don nadie. El capítulo 5, el mejor de toda la serie lo es gracias a él. Es un ejemplo de cómo contar una historia en solo veinte minutos y empatizar con un personaje. Es un relato bello y sencillo, que te desnuda emocionalmente. No lo digo solo yo. También ahí te remito a las críticas.

    • Se puede discrepar, imagino. Me remito a las razones que doy por extenso y que reproduzco. Lo que para ti es indicio de complejidad para mí es forzado, artificial y elemental. Lo que para ti es emocionalmente desnudo para mí es condescendiente con un personaje que apenas pesa. Pardines tenía familia, por cierto, de la que no se considera necesario contar nada. No hay por qué estar de acuerdo, y no hay una crítica que establezca verdades universales.

  4. Exacto, Pardines tenía una familia, pero casi nadie en España sabía quién era ese guardia civil de tráfico hasta que se emitió La Línea invisible, gracias a la serie sabemos que tenía una novia vasca con la que pensaba casarse, que era hijo y nieto de guardias civiles, que era un chico con una ilusión de vida que la serie te pone delante de la cara para que sepas que no, no era solo un guardia, ni un esbirro de Franco como contaban los etarras, era un ser humano lleno de sueños. Para mi, Pardines era NADIE hasta que vi la serie y comprendí la tragedia de esa familia que durante 50 años solo fue un nombre, una estadística fría de periódico.

    • Ahora lo entiendo. Para mí Pardines sí era alguien antes. Y como otros muchos guardias civiles y policías, muertos y supervivientes, que tuvieron que dejarse la piel contra ETA. ¿Has hablado con alguno? ¿Y con algún etarra? Mi opinión se basa en haber preguntado y escuchado a unos y a otros. Y la serie me parece legítima y meritoria, y así lo he escrito, pero se deja mucha, mucha tela por cortar. Gracias por tu opinión.

  5. Parece que tenga algo personal con esa serie de la línea invisible. La trata con una insistencia extraña. No estará preparando algo relacionado con el mismo tema? Saludos.

    • La he tratado dos veces, en ejercicio de mis derechos civiles, que no perdería si estuviera preparando algo. Por lo demás, es público y notorio que no lo preparo, ya lo he hecho, aunque esté pendiente de publicación: https://www.lorenzo-silva.com/el-mal-de-corcira/ Quizá eso me proporcione algún elemento de juicio, por cierto. Me anoto la falta de respuesta a mis dos preguntas y si te parece, dejamos aquí la conversación.

  6. Disculpe, no sé a qué preguntas se refiere. Solo quería decir que me llamaba la atención que le de vueltas a una serie que trata sobre la ETA. Soy psicólogo y quizás le preguntaba por deformación profesional. En mi familia la hemos visto todos y nos ha impresionado. Incluso mis hijos, que tienen 16 y 18 años, están esperando la segunda temporada. Espero que la hagan pronto, no hay series españolas con ese nivel de madurez. Saludos.

    • Discúlpeme usted a mí. Es lo malo que tiene atender el correo a altas horas, le confundí con otra persona, que me llevaba interpelando con insistencia —y no siempre en el tono que prefiero para un intercambio de pareceres— a propósito de la serie. En todo caso, nada de eso es excusa. Sí quiero dejar claro que la serie me parece de buena factura y notable nivel, y así lo he escrito, pero reinvindico mi derecho a tener mis reservas que he explicado y fundamentado y no valen menos, ni creo que sea de recibo achacarlas a «algo personal», por el hecho de estar trabajando sobre el tema. Hay libertad para enfocar este y cualquier otro asunto narrativo. Seré criticado por cómo lo haga yo y puedo criticar lo que hagan otros. Saludos.

  7. Lorenzo, te respondo: no he hablado nunca con un etarra, si con guardias civiles, alguno incluso amigo que estuvo allí en los años duros. Pero aunque no fuera así eso no me invalida a apreciar la serie. Tampoco tengo amigos mafiosos y me encanta Los Sopranos, ni enfermos de radiación por Chernobyl, y me flipa la serie. Es lo maravilloso de una ficción bien contada, que te lleva a los lugares, y sufres y padeces por gente que nunca conocerás. Claro que La línea invisible se deja cosas por contar de Pardines, porque no es su historia la principal. Toro Salvaje también se deja cosas por contar de Jack Lamotta, y JFK sobre el presidente muerto. No se puede contar todo de todos. Elegir es parte del trabajo de un creador, y lo elegido por La línea invisible para hablar de Pardines me pareció poderoso y sintético, pero claro, solo es mi opinión. Que tenga un buen fin de semana.

    • Nadie te discute tu derecho a apreciar y disfrutar de la serie. Yo sólo señalo la parte de la historia que no cuenta, ni parece tener mucho interés en contar, y que a mí sí me interesa. Quizá tu amigo te haya dado pistas al respecto, y no sé si convendrás en que merecería la pena contarlo. Si no, no pasa nada. Nada más. Buen fin de semana

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