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4 mayo, 2020

Diario de la alarma – Día 50

Volverá el sol a dorar el grano

3 de mayo – Hasta aquí

Según el diccionario, alarma, término de origen militar, tiene el significado usual de «inquietud, susto, sobresalto causado por algún riesgo o mal que repentinamente amenace». No parece que la inquietud o el susto hayan pasado, tampoco que haya cesado la amenaza, y en términos legales la alarma sigue aún decretada y está el Gobierno tratando de prorrogarla hasta el mes de julio. Sin embargo, ya no se puede decir que el mal sea repentino, sino que más bien se ha convertido en un bajo continuo que está ahí, de fondo, y que seguirá acompañándonos durante un tiempo. Eso, junto a la dificultad para permanecer alarmado durante muchos días —a partir de cierto número de ellos el susto se convierte en hábito y el sobresalto en preocupación, abatimiento, hartazgo, desesperación o indiferencia—, me lleva a no intentar prolongar más allá de esta fecha el diario. A partir del lunes comienza una nueva fase, la salida del confinamiento, y cincuenta días son suficientes para un ejercicio de escritura al que nunca me sentí demasiado inclinado y que tenía para mí su única justificación en la situación desacostumbrada y excepcional.

También quienes nos gobiernan, que hasta ahora han contado con el respaldo que necesitaban para la imposición de un mando único en la gestión de la crisis y un régimen de suspensión de derechos y libertades, se asoman a los límites de ese relato. Por razones distintas, incluso opuestas, al Gobierno le van abandonando tanto los que quieren recuperar las competencias autonómicas como los que quieren dejar al aire su precariedad para desalojarlo más pronto que tarde. No va a dar tiempo en estas páginas a anotar qué sucede finalmente, pero al margen de la herramienta legal o institucional con la que se gestione lo que ahora viene, lo que importa, por encima de todo, es lo que toca afrontar y se necesita conseguir.

Lo más acuciante es la propia crisis sanitaria: la enfermedad no está vencida, y su rebrote provocaría una grave desmoralización. Además de ir soltando la cuerda a la ciudadanía es insoslayable desplegar una red de control epidemiológico que no parece que esté asegurada, y menos con su fragmentación en diecisiete espacios de gestión, cada uno organizado, supervisado y dotado como cada autonomía tenga a bien entender. Pero quizá lo más grave sea reparar el agujero económico debido al confinamiento, y que leo hoy, en una fuente habitualmente solvente, que en tasa anualizada podría alcanzar el 20% de caída del PIB. Algo así no sólo genera más paro sino también bolsas de pobreza y hambre, que el Estado debe ocuparse de atender, so pena de convulsión social. Sin ignorar que la salud es lo primero, va a haber que fajarse para mantener la dignidad de las condiciones de vida de la gente.

La división y crispación que hay entre nuestros políticos no permite encarar ese doble desafío bajo los mejores auspicios. No voy a reproducir la reflexión que ya hice al respecto ayer; prefiero, recuperando la analogía con el 11M, fijarme en los aspectos esperanzadores que pueden extraerse de aquella experiencia. Es cierto que la fractura política que causó fue lamentable y persistente, pero frente a la amenaza que provocó aquella tragedia la sociedad española demostró tener capacidad para responder con éxito: se incrementaron de forma sustancial los medios dedicados a combatir el terrorismo yihadista y se logró que en los quince años siguientes sólo hubiera un atentado, mientras los lobos solitarios —y no tan solitarios— de Al Qaeda y luego Dáesh no dejaban de golpear en otros países de Europa, en teoría más poderosos y con más recursos de todo tipo.

Por eso me atrevo a no desesperar de que los españoles, gracias a los profesionales que trabajan en el sistema sanitario y en los sectores económicos e industriales interpelados por esta crisis, puedan reaccionar con solvencia frente al destrozo que hemos sufrido. Si los políticos, aunque sigan despellejándose entre sí, acertaran a proveerlos de los medios indispensables, podríamos contar para la próxima ola o la próxima pandemia con mejores instrumentos de prevención y de respuesta, y adaptarnos de una manera razonable a esa rara y nueva normalidad que nos aguarda mientras no haya vacuna o remedio eficaz contra el virus.

Pienso mucho en estos días, también es el aspecto en el que una y otra vez insisten los expertos, en la primera línea de vigilancia: el sistema de atención primaria y salud pública, el gran castigado por los recortes de gasto público tras la anterior crisis económica. Y pienso en ellos por dos experiencias que he vivido a través de personas cercanas. Una de ellas recibió el año pasado un diagnóstico erróneo de un profesional de atención primaria que siempre había respondido con pulcritud. Poco después, el profesional en cuestión se tomó una baja por agotamiento y estrés. Le habían aumentado de tal manera la carga asistencial que no sólo leyó mal la radiografía de un paciente, sino que acabó al límite de sus fuerzas.

La otra experiencia es más cercana, de enero. Alguien de mi círculo que tenía una tos persistente fue al médico de cabecera. Tras examinar el caso, el médico le dijo que probablemente era un resfriado que se resistía, pero que si notaba dificultad para respirar volviera en seguida. En enero. Sólo es una sospecha, pero ese médico en primera línea, como quizá muchos otros, estaba viendo ya más neumonías de lo habitual en otras campañas de gripe. ¿Estaba esa información puntual y exhaustivamente recogida, analizada y tratada por un sistema de salud pública lo bastante potente, capaz de extraer conclusiones y disponer precauciones con la antelación necesaria, cuando ya era conocido que China, un país con el que tenemos intercambios de personas  —entre otros, muchos estudiantes de esa nacionalidad matriculados en la universidad que hay en mi ciudad—, registraba una epidemia por un nuevo virus que causaba problemas respiratorios?

Me temo que no. Y eso no puede volver a ocurrir. Confío en que esta tarea quede al margen de la controversia partidista e identitaria. Igual da si la gestión es única o por autonomías: esto tiene que estar engrasado la próxima vez. No se puede tener a los médicos de atención primaria desbordados. Lo que vean y reporten tiene que recogerse y sistematizarse. Y lo que eso cueste habrá que quitarlo de otras cosas, o financiarlo con los tributos necesarios, y no al revés, que es lo que se ha estado haciendo en años anteriores: recortar de sanidad o dejar de cobrar tal o cual impuesto para no dejar de halagar a la cofradía ideológica del gerifalte de turno.

En estos cincuenta días, y ya desde antes de la cuarentena, uno de los deportes nacionales ha sido arremeter contra el doctor Simón, el responsable del centro nacional de emergencias y alertas sanitarias. Leo hoy en la prensa un perfil que lo retrata en su juventud, jugándosela en Burundi frente a la pobreza extrema y los tiros de algún uniformado irascible, para atender a la gente con poco más, a veces, que las manos desnudas. Entiendo que haya desarrollado esa flema que se gasta, y aunque el valor y la entrega no son sinónimos de acierto, quizá también debamos tener en cuenta qué información le fuimos poniendo en las manos. No sólo la recibía en diecisiete cachitos, no siempre homogéneos: tampoco tenía lo que se dice la mejor red de sensores para tomarle el pulso a lo que sucedía. Quizá con unos datos menos pobres habría tomado mejores decisiones. Ya no lo sabremos, pero no deberíamos olvidar que hablamos de asuntos complejos en un escenario complejo, antes de poner a quien no nos cae en gracia ante el paredón.

Al final, también al final de estas páginas, pienso una y otra vez en los treinta mil muertos, en números redondos, que nos va a dejar —ojalá no sean más— esta pandemia, con la tasa más alta del mundo —por ahora— por millón de habitantes. Tengo la amarga sensación de que se han dedicado muchos esfuerzos a sostener que son víctimas de alguien; y cada cual ha apuntado al alguien que por lo que sea le cae peor, entre quienes han ejercido responsabilidades en la gestión de la crisis. Tal vez alguno de los que murieron podría haberse salvado de haber sido otras las decisiones tomadas por tal o cual persona, y si hay denuncias y sumarios ya dirán los jueces en qué casos lo decidido pudo suponer una negligencia criminal.

Pero quizá sería más útil, al margen de esos casos particulares, que con carácter general aceptáramos que los muertos son víctimas de algo: una amalgama formada por un mal que viene de la naturaleza, nuestra torpe relación con ella, nuestra falta de previsión y conciencia de lo que deberían ser los cimientos del edificio social, nuestra poca exigencia a quienes nos dirigen para que se ocupen de ello —en lugar de distraernos con majaderías— y algunos actos individuales que ya recibirán su sanción, política o jurídica según proceda, pero a cuyos autores no nos servirá de nada convertir en chivos expiatorios. No a efectos de no repetir los errores.

Esta crisis nos ha mostrado nuestras debilidades: mentes no del todo despejadas al mando, engranajes oxidados, ciudadanos incívicos e irresponsables. Pero también ha sacado nuestras fortalezas: hay quien ha sujetado el timón con decoro, piezas vitales del sistema que han estado ahí y no han fallado, ciudadanos que se han comportado con civismo y con disciplina de chinos sin estar bajo el autoritarismo que sustenta la obediencia en la dictadura asiática. Por eso, al margen de sus fallos y de sus carencias, ha estado hoy bien el ministro Illa al contestarle a un arrogante periodista holandés, que trataba de desprestigiar la respuesta de España a la crisis y poner por encima a su país, que no aceptaba lecciones para los españoles. No se trata de apuntalar el orgullo nacional, y menos ante quienes tienen tantas cuentas que rendir a sus socios por sus procedimientos poco elegantes de atracción de capitales, sino de poner el acento en lo que nos permitirá superar esto.

Aunque el símil bélico ha sido cuestionado, toda tropa necesita que la arenguen. Como cuentan Tucídides o Procopio, más de una vez citados en estas páginas, lo hacían los generales más competentes, ya fueran atenienses, espartanos, sicilianos, bárbaros o bizantinos. Lo hacían cuando su ejército partía con ventaja en la batalla, cuando la ventaja era del enemigo e incluso cuando la situación era desesperada y terminal. Sobre todo en este último caso. Y en todos ellos la apelación servía para algo: cuando menos, para no tener perdida ya de entrada la compostura.

Esto ha supuesto una dura lección para todos. Para los mayores de nosotros, que ya traían duras lecciones aprendidas, ha sido la peor. Los que han muerto solos o se han visto asediados por una enfermedad cruel son los primeros que tienen que estar en nuestro recuerdo, nuestra piedad y nuestra gratitud: por todo lo que antes de nosotros padecieron, por todo lo que nos enseñaron y nos enseñarán, antes, durante y después de esta epidemia. No soy partidario de sobreactuar el luto, pero tampoco de esa insensibilidad que los reduce a una cifra o trata de enterrar su tragedia y su ejemplo bajo un alud de gracietas, memes y chorradas. Bueno es que nos ríamos de vez en cuando, también eso nos lo enseñaron ellos, pero no hasta el extremo de entontecernos y convertirnos en unos inconscientes. No hasta el punto de olvidar que sobre todo les hemos fallado a ellos, que no nos fallaron a nosotros.

Para los más jóvenes, también ha sido una lección apabullante, si la queremos escuchar. Releyendo estos días La marcha de Radetzky, me he encontrado con un pasaje que me ha hecho pensar en la gente de mi generación y posteriores, nacidos en un mundo en paz y en el seno de una sociedad que se desarrollaba y enriquecía. Es el momento en el que se habla de las generaciones de oficiales del ejército austrohúngaro que sólo habían conocido la vida de guarnición, no habían tenido que combatir y estaban abocados, aunque aún no lo sabían, a verse arrollados por la inminente Gran Guerra que, de paso, iba a acabar con aquel imperio:

Im Frieden waren sie geboren und in friedlichen Manövern und Exerzierübungen Offiziere geworden. Damals wußten sie noch nicht, daß jeder von ihnen, ohne Ausnahme, ein paar Jahre später mit dem Tod zusammentreffen sollte. Damals war keiner unter ihnen scharfhörig genug, das große Räderwerk der verborgenen großen Mühlen zu vernehmen, die schon den großen Krieg zu mahlen begannen. Winterlicher weißer Friede herrschte in der kleinen Garnison. Und schwarz und rot flatterte über ihnen der Tod im Dämmer des Hinterstübchens.

O lo que es lo mismo (en la traducción más aproximada que he logrado):

Nacieron en la paz y se hicieron oficiales en apacibles ejercicios de instrucción y maniobras. En aquel entonces aún no sospechaban que todos ellos, sin excepción, debían encontrarse con la muerte pocos años después. Ninguno tenía el oído tan fino como para percibir el rumor del engranaje de la enorme muela trituradora, la gran guerra que pronto iba a empezar. La blanca paz del invierno reinaba en la pequeña guarnición. Negra y roja revoloteaba la muerte en la penumbra de la trastienda.

No ha sido esta una tragedia comparable a la Gran Guerra. No ha sido una guerra, para empezar, con sus miles de muertes siniestras a manos de los hombres, que en aquel caso vinieron además seguidas de una peste: la gripe de 1918, favorecida por la propia guerra. Esa gripe a la que nos tocó darle nombre a los españoles, por ser neutrales en aquella contienda y revelar los primeros los efectos del mal que en las potencias beligerantes silenciaba la censura militar. Sin embargo, lo que sí ha sido esto es una especie de muela trituradora con la que nadie contaba, y que ha estado ahí, girando de forma imperceptible para una humanidad dura de oído, mucho antes de manifestarse: cuando íbamos dando todos  los pasos, desde el progreso a costa del medioambiente hasta la globalización febril, pasando por los recortes en servicios públicos y el debilitamiento de la conciencia de comunidad, que le han allanado el camino al virus y le han permitido hacernos este roto gigantesco.

Ahora que la muela nos ha pillado, despertamos a un mundo nuevo. En parte arrasado, por lo que habrá que reconstruirlo. Quienes vivieron la hecatombe de hace cien años necesitaron una segunda, peor todavía, para hallar el camino hacia la reconstrucción. La necesitaron porque en la angustia subsiguiente se dejaron seducir por obtusos y abyectos flautistas de Hamelin que envueltos en rojo o en negro les propusieron atajos rápidos para salir de la postración. Me gustaría pensar que el hombre y la mujer del siglo XXI no pueden ser tan cándidos ni tan estúpidos. Que algo hemos aprendido de lo que nos contaron nuestros abuelos.

Ya lo iremos viendo.

Lo cierto es que despertamos a un nuevo mundo con rebajas. En ciertos aspectos es sin duda negativo, y no vamos a trivializarlo. En otros, quizá no sea del todo malo haber tenido la oportunidad de descubrir, en el confinamiento y en las limitaciones de toda clase, que en realidad necesitamos mucho menos de lo que nos habían movido a creer que debíamos obtener. Pienso, en la tarde de domingo en la que decido pasar a otra fase y abandonar este ejercicio de escritura, en cómo puedo ayudar a los míos a asimilar esta enseñanza. A los adolescentes y los jóvenes de mi familia: la que ha compartido mi cuarentena, Judith, y los dos a quienes hace semanas que no veo, Laura y Pablo. A Núria, la pequeña, que ya va a nacer a la vida adulta en esta realidad nueva, y que hoy ha salido con Noemí, para enseñarle el camino, la granja con caballos y los campos de cereal que descubrimos juntos. A mi hermano Manuel y su familia, en su isla que no hemos dejado de tener presente. A mis padres, Juan y Francisca, que tanto me han enseñado, hasta hoy mismo.

Con todos ellos comparto y trato de entender la lección que nos ha dado un virus insignificante. Para todos ellos son mis pensamientos y también mis ilusiones, que quienes participamos de la condición humana no podemos sino proyectar al futuro que se nos ofrece, por incierto que se nos aparezca y por severos que sean los reveses que nos toque sufrir. Los reveses hacen de todos los que sobreviven a ellos seguidores voluntarios o involuntarios de esa escuela filosófica que como tantas  otras nos legaron los griegos, el estoicismo, cuyo legado sirve más y mejor que los manuales de autoayuda, muchos de ellos mal copiados de sus textos.

Me permitirá el lector que lo haya sido o lo sea de este intrascendente diario, al que expreso en estas líneas finales mi gratitud por su indulgencia, que me despida con palabras de uno de esos estoicos, no para invitar a la resignación sino a la alegría y la conciencia de existir, cualesquiera que sean las circunstancias y aunque estas no sean las mejores de las que nos ha rodeado o nos podría rodear la fortuna.

Se llamaba Epicteto, fue esclavo, lo dejaron cojo, lo desterraron. No escribió una línea, pero un tal Arriano apuntaba lo que decía. Y entre otras cosas, dijo esto:

Cuando el cuervo grazne, que no te arrebate. Distingue en tu interior y dite: «Esto no significa nada para mí. Para mí todo lo que indica es de buen augurio si yo quiero. Pues está en mi mano obtener beneficio de ello, sea lo que sea lo que resulte.»

Ha graznado el cuervo. En lo que a cada uno le quepa y se le conceda, que nos sirva para encontrar una forma mejor de vivir con lo que tenemos y somos, que, como dijo el propio Epicteto, no es nuestra hacienda, ni la posición que alcanzamos ni el cuerpo que hemos de devolver a la tierra, sino la libertad de nuestro espíritu.

Actualidad, Diario de la alarma
About Lorenzo Silva

10 Comments
  1. Muchas gracias Lorenzo por este diario que nos has regalado. Esperamos con ganas el nuevo libro de nuestra querida pareja de guardia.

  2. JOSE LUIS CONTRERAS 4 mayo, 2020 at 3:36 pm Responder

    Gracias Lorenzo por estos ratos y por abrirnos un poco más tu casa. Esperemos vernos pronto en presentaciones de libros y con todo esto aprendido (que nunca olvidado). Un abrazo.

  3. Gracias a vosotros, Agustín y José Luis, por estar ahí.

  4. JOSE ANTONIO CARO MORAGUES 4 mayo, 2020 at 8:57 pm Responder

    Gracias por tu aporte en tan extraordinario momento

  5. Estimado vecino, ha sido un placer, un inmenso placer leer tu diario. Espero volver a verte en la Feria del Libro para que me firmes otro de tus libros ( creo que tengo tres firmados por ti). Un saludo y fuerte abrazo vecino.

  6. Todos muy reflexivos pero este ultimo precioso cierto q los estoicos siempre hacen un buen apaño pero sin Epicteto tambien hubiera sido magnifico

    https://humanrecblog.wordpress.com/2019/03/06/cuando-el-mundo-se-me-viene-encima/

    • Muchas gracias, Mila. Por algún lado hay que empezar a desmenuzar esto tan gordo que nos ha pasado. No todo va a ser ladrarse y morderse… Y Epicteto, desde luego, nunca falla.

  7. Gracias a ti, Lorenzo (permíteme el tuteo, por favor, por sentirte cercano tras tantos libros tuyos leídos y por este «diario de la alarma»). Créeme si te digo que este diario ha sido un «punto de sentido común» entre tanta ineptitud y ataques gratuitos de unos y otros, buscando réditos electorales y derribos de los contrarios. Como bien dices «Ha graznado el cuervo» y creo (y espero y deseo) que algo hemos aprendido.

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