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22 marzo, 2020

Diario de la alarma – Día 7

Alguien ha descubierto cómo escapar

21 de marzo – El ocaso de los ídolos

Núria necesita más estímulos. Leemos la Biblia, un libro gordo de chistes y la enciclopedia aún más gorda de animales que sacamos de la biblioteca del barrio, esa a la que mis vecinos me hicieron el honor de ponerle mi nombre. Hace con regularidad sus tareas: de mates, lengua, naturales, inglés. Lleva un coronadiario y un coronacuaderno de dibujos. Me ayuda cuando ordeno, cuando pongo el lavavajillas, cuando barro o friego o quito los excrementos de mirlo del jardín. Pero los días se hacen largos y se ha buscado otra una forma de evadirse del encierro: crearse un personaje en un videojuego que se llama Animal Crossing y que le ha puesto en la tableta su hermana, Judith. Le funciona de maravilla, como ya quisiéramos los mayores que nos funcionara algo. Tiene una autocaravana que ha decorado a su gusto y con la que va moviéndose por el mundo virtual. Lo que no le gusta es que el juego la obliga a tener un gato. A Núria no le van los gatos, ella es mucho más de perros. El juego le enseña —todo enseña— que nada es perfecto.

Nada ni nadie. Otra cosa que nos está enseñando esta pandemia es a poner en su sitio a nuestros ídolos, y a recuperar del olvido y la postergación a quienes por nuestra inconsciencia no lo eran. Algunas lecciones van estando claras. Cuando esto pase, hay que apostar a muerte por el sistema sanitario, incluida la previsión de emergencias sistémicas. Hay que apostar a muerte por la ciencia, que es ahora mismo nuestra única esperanza de no repetir la historia de 1918 —para quien no la sepa: la oleada del otoño de aquella gripe fue mucho más devastadora que la de la primavera—. Hay que apostar a muerte por el cuidado a los mayores y dependientes, para no volver a pasar la vergüenza de verlos caer en racimos en sus residencias. Y hay que apostar a muerte por mantenerles la dignidad a quienes, aparte de los sanitarios, de veras sujetan el tinglado cuando vienen mal dadas: policías, militares, transportistas, agricultores, empleados de servicios públicos esenciales, de supermercados, de mantenimiento, de limpieza, etcétera. Ellos son los que nos sostienen, a quienes ahora nos volvemos, quienes han de jugársela mientras los demás, los que somos superfluos, nos quejamos de lo aburrido que es el encierro o hacemos el imbécil burlándolo y obligándolos a perseguirnos. Menos mal que de vez en cuando el idiota de turno le hace justicia poética a su idiotez, como muestra un vídeo con el que hoy me tropecé por las redes, en el que un ciclista trata de eludir a la policía y acaba deteniéndose a sí mismo.

¿Qué se hizo en estos días de todos los que no hace nada llenaban todas las portadas, consumían minutos y minutos de los telediarios y nos mantenían pendientes de sus insignificancias, magnificadas a la enésima potencia por los cristales de aumento de las ventanas digitales? Todos encerrados, inactivos, y sin que importe gran cosa, salvo a los muy fanáticos, que hayan interrumpido su actividad. Algunos hacen historias por Instagram y los vemos sentados jugando con una videoconsola, actividad en estos momentos comprensible y disculpable en una niña pequeña como Núria, pero que resulta cómico, o algo peor, ver que constituye el devenir vital de quienes ayer eran nuestros superhéroes. No es cuestión de dar nombres, pero hay más de una empresa por ahí que tiene a sus astros en casa, dándole a la Play, y se pregunta por qué sigue pagándoles miles de euros al día. He leído que alguna se ha empezado a plantear dejar de pagárselos.

Les está bien empleado. Nos está bien empleado. Entretener y entretenerse puede ser importante, no digo que no, pero no es lo fundamental. En este momento celebro que los escritores, que somos igualmente inútiles, no seamos ídolos de nadie. Eso no nos salva de nuestra inutilidad, pero sí, por lo menos, del bochorno.

El presidente del Gobierno ha comparecido al final del día y ha estado hablando setenta minutos. Demasiados. Como sabe cualquiera que trabaje con palabras, es muy difícil llenar ese tiempo con un discurso que mantenga en todo momento la enjundia. Demasiada autojustificación, poco brío, poco de lo que realmente hace falta en estos días duros que ya no se avecinan: son que los estamos viviendo. En una coyuntura así, uno agarra el toro por los cuernos, le mira a los ojos y dice sin más lo que ve, aunque se arriesgue a perder las siguientes elecciones. En una guerra, lo que cuenta para el que la dirige es ganarla, no ganar el día después. Que le pregunten, dondequiera que esté, al inefable Winston Churchill.

Habría sido mejor reconocer sin ambages los errores, proponerse enmendarlos y pedir entrega para salir adelante, sin más. He vuelto a ver por ahí una foto de la manifestación del 8-M, con la ministra del ramo en el centro. Trece días después, su gesto desencajado produce espanto. Había indicios de que era mejor no hacerlo, muchos lo veíamos, incluso los que sabemos bien que no somos especialmente clarividentes, y que cancelamos actos menos concurridos programados para esos días. Ahí estaban los primeros avisos de organismos internacionales, lo de China, lo de Italia que empezaba a acelerar, y el ejemplo de Philadelphia o Zamora en la pandemia de 1918: en una no se suspendieron unas marchas, en otra se hicieron ceremonias religiosas masivas. Ambas pagaron un duro peaje.

Es evidente, dos semanas después, que no debió celebrarse esa gran movilización en Madrid. Es evidente que se celebró porque ante la duda prevaleció el sesgo ideológico: era mejor que no hubiera razones para cancelarla, convenía más para el acto de autoafirmación y autopromoción —además de la legítima y necesaria reivindicación de igualdad— que alguna persona tenía ya previsto y organizado.

Quizá, sólo quizá, esa persona debería dimitir, no sólo callar y estar desaparecida. No porque errara dolosamente, eso nadie lo piensa ni lo puede pensar. Sino porque tomó una decisión costosa y equivocada. También ahí tenemos, tal vez, una lección para nuestra gestión pública futura. Rara vez acaba bien lo que mal empieza.

Hoy es el Día Mundial de la Poesía. Todo el mundo leía hoy poemas en todos sitios. Soy malo para las movilizaciones gregarias, con carácter general, así que de poesía hablaré mañana.

Actualidad, Diario de la alarma
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5 Comments
  1. Francisco Arrebola Gálvez 22 marzo, 2020 at 10:26 am Responder

    Eres genial. Animo en estos tiempos. Un abrazo

  2. Como siempre acertado. Ojalà mucha gente te leyera.

  3. Así se habla o mejor dicho qué bien escribes y con cuanta razón. Ojalá sirva para reflexionar y aprender. Gracias

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