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24 marzo, 2020

Diario de la alarma – Día 9

La luz del maestro

23 de marzo – Días en blanco

No soy poeta. Y me pesa, porque intenté serlo. Fue en mi juventud, más o menos hasta los veinte años. Sucede, sin embargo, que uno no puede ser todo lo que quiere o intenta ser, y conviene aceptarlo cuanto antes. Me di cuenta de que carecía del impulso que un poeta requiere: de la fe en el propio verso. Desde pequeño, sólo he tenido fe verdadera en mi aptitud para un empeño mucho más modesto y seguramente más intrascendente: contar historias. Por eso dejé la poesía y me apliqué a la prosa, sin aspirar a más poesía que la que pueda colarse por las rendijas de un relato, los poros de un personaje, el espacio de una acción. 

Más o menos a la edad a la que yo la dejé, empezó José Luis Sampedro a escribir, en secreto y para sí, los poemas que recoge Días en blanco, un libro recién publicado —con la mala fortuna que está siendo para los libros llegar en estos días a las librerías— y compilado por el profesor José Manuel Lucía Megías a partir de los cuadernos que en una caja rotulada con la palabra «Poesía» encontró la viuda del autor, Olga Lucas, entre los papeles del maestro.

Lo he leído en estos días, y releído hoy. Es una verdadera delicia, y por momentos sobrecogedor encontrarse con la intimidad de un hombre al que conocí, que me honró con su amistad y que es, en mi experiencia y mi sentir, de largo la persona más importante con la que he tenido trato, y posiblemente la más importante con la que vaya a tener trato jamás. Murió hace siete años, y sin embargo nunca se ha ido de mi lado.  A su manera, y qué manera, intentó cumplir el mandato de Píndaro: «Hazte el que eres». Y a su manera, también, llevó a cabo la máxima de Wittgenstein que postula que los actos deshonestos son irracionales. Nunca le vi cometer una deshonestidad, nunca le vi abdicar de la razón, ni siquiera cuando le decían que chocheaba por expresarla; sin ir más lejos cuando predijo el cataclismo al que la globalización —esta globalización— empujaba a la economía y a las personas, como demostró, después, la crisis de 2008 y ahora parece que va a re-demostrar el coronavirus. Los que se reían de él antes de 2008 callaron entonces estruendosamente. Ahora volverán a callar. Sampedro enseñaba estructura económica cuando ninguno de ellos había nacido.

Pero hoy, que ya no es el Día Mundial de la Poesía y puedo hacerlo sin seguir ninguna consigna, quiero hablar de sus poemas. De amor, existencialistas, también satíricos. Estos últimos los escribía en los congresos, las reuniones de organismos internacionales o durante los tribunales de oposiciones a los que tenía que asistir. Hay cera para todos: desde Franco a Fraga, desde los tecnócratas del Opus a los falangistas del búnker, como entonces se le llamaba al sector más reaccionario del régimen. Acierta a reírse, en Veinticinco años después, del propio envejecimiento:

—Yo, de joven, / desconocía mi cuerpo. / No sabía dónde estaban / ni el hígado, ni el cerebro, / ni el pulmón… Sólo una cosa / notaba a cada momento / dando señales de vida / y poniéndome tan negro / que me obligaba  a salir / a ver si cambiaba aquello, / descargándome el espíritu / de tanto desasosiego / con ayuda de alguna alma / que hiciese de cireneo… / Ahora, en cambio, yo me noto / el hígado, el esqueleto, / el corazón, los riñones / y otras tantas latas dentro. / Pero ¡ay!, aquella otra cosa,/ tan atrevida en sus tiempos, / por mucho que me la busco… / ¡ni con lupa me la encuentro!

Me interesa especialmente la reflexión que hace sobre su propia condición de poeta secreto, que escribe sus versos para sí y no los muestra a nadie. Se encuentra en el poema titulado Guardián:

Escribo ¿para quién? Para ninguno. / Para mí ni siquiera. Lo reniego. / No es el basalto-acero que retumba / en la roja caverna de mis entrañas. / No es el cuchillo, ni el violín siquiera, / el violín afilado por la vida. / Es otro quien escribe, no mi mano. / Alguien que no soy yo y está escondido.

Pero hay mucho más, tantísimo más. No puedo ni debo citarlo todo, invito a leerlo, y a quien no pueda encontrar el libro en papel le animo a que lo busque en formato electrónico. Me ha conmovido su retrato de Castilla, en el poema del mismo nombre: un encendido canto de amor a esa tierra dura y austera escrito por un barcelonés criado en Melilla y Cantabria. Un mensaje tan humano y tan distinto de las peticiones de confinamiento y los desprecios que en estos días otros formulan contra Castilla y su corazón de hoy, Madrid, acaso hipertrófico, pero no por su culpa —ni por su culpa infectado—, y que responde como siempre con toda la nobleza y toda la generosidad que puede a lo que tiene encima.

Estos días, por cierto, un inciso político brevísimo, ha aumentado la talla de un alcalde y una presidenta que llegaron a sus sillones por accidente y contra pronóstico. Hicieron y dijeron no pocas tonterías antes de llegar al cargo y en sus primeros días de mandato —como ese empeño en devolverle al automóvil el espacio que necesariamente había perdido en la ciudad—. Pero ante la crisis han respondido con una tensión y un valor que es de ley reconocerles: la presidenta fue por delante del gobierno central en cerrar colegios y enviar a los niños a sus casas, y ahora está al pie del cañón aun confinada por la enfermedad; y el alcalde ha sido pionero en poner en pie infraestructuras necesarias, como el megahospital de campaña de IFEMA, tirando de todos los recursos propios y ajenos disponibles y poniéndolo en pie más rápido que los chinos el suyo de Wuhan. Hay una alcaldesa en Barcelona que debería estar haciendo ya lo mismo en la Fira, pero a ella le dan alergia acreditada los uniformes y quizá por eso limita su recurso a la UME a organizar un albergue para los sintecho. Ya se le demandará.

Volviendo  a la poesía, los que de veras estremecen son los poemas que Sampedro escribió al término de la guerra civil, una contienda que inició en Santander en el bando republicano y que después, tras la caída de la ciudad, le tocó hacer reclutado por los nacionales. Hay sobre todo dos, Los que volvieron y Poema de la victoria (tentativa), que ponen la piel de gallina al leerlos en estas circunstancias.

Comienza el primero:

Los que volvieron / traían solamente unas manos vacías / —curvadas todavía, asiendo el viento— / y unas alegres caras cansadas / y ojos cuya mirada nadie explicará nunca.  ⁄  Nadie, ni los poetas, / porque en ella vivían las últimas palabras / de los que no volvieron.

Y termina:

Y sentía en sus hombros y en sus manos / el vigor de otras manos y otros hombros. / Pues parecía, sí, le parecía / como si hubiesen vuelto, / y estuviesen con él en la nueva tarea / los que no volvieron.

Y dice el segundo:

Yo te ofrecí mi vida. / Yo me ofrecí a la muerte, Señor, porque algún día / llegara este momento para quien Tú quisieras. / Y de entre todos los que se ofrecieron / me has contado en el número de los que lo verían. / Quizá yo no era digno / de morir en Tus brazos; / de que aceptaras Tú mi sacrificio. / O Tu sabiduría me tiene destinado / a comprender con prolongado esfuerzo / de difíciles años, / aquello que se aprende con claridad sin sombras / en un solo momento: el de la Hermosa Muerte. / Si hubiera sido digno / de morir, Te hubiera dado gracias / en el último instante. / Porque me has reservado / para vivir un cotidiano ímpetu, / Te doy gracias, Señor, de igual manera.

Creo que lo copio aquí para que lo lean mis hijos, cuando todo esto pase, si es que les da por leer lo que escribía su padre, que ni tienen por qué, ni es seguro. Hoy mi mujer ha perdido un pendiente al salir de la ducha y Núria y yo lo hemos encontrado. Ha hecho un dibujo inmortalizando la hazaña. Estaba tan orgullosa como nos hace sentir en estos días, justamente, cualquier mínimo logro.

Actualidad, Diario de la alarma
About Lorenzo Silva

4 Comments
  1. Otro día más narrando en tu diario la dura realidad que estamos viviendo.
    Hoy hablas de un gran personaje, que nos dejó ya hace 7 años, José Luis Sanpedro, economista que predijo y vio la que venía, humanista y gran escritor, además de poeta, faceta esta, que yo conocía menos.
    Gracias por este tu diario que nos anima y enseña.
    Pablo Esteban

  2. Querido, qué emoción leer tus impresiones sobre este libro que he editado con tanto cariño. Sampedro, hoy más que nunca. Qué gran y desconocido poeta, verdad? Le recordamos siempre. Abrazo grande, Lorenzo, me ha emocionado leerte. David Trías.

    • Soy yo quien te agradece, querido David, haber hecho posible este libro. Qué regalo, para los amigos y admiradores del maestro. Qué bálsamo, en estos días terribles. Abrazo enorme de vuelta.

  3. gracias por recordárnoslo

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