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13 noviembre, 2021

Educación para la barbarie

Gneo Domicio Annio Ulpiano

Sucedió hace ya más de treinta años. El que suscribe tenía dieciocho y afrontaba su primer curso en la facultad de Derecho. Cuando le dieron el programa, y no fue el único, se preguntó de qué podía servirle estudiar la asignatura de Derecho romano, si hacía siglos que el imperio que lo aplicaba era ya Historia. Aun se lo siguió preguntando a lo largo de aquel curso, mientras le impartían la materia, que era interesante y amena —mérito del profesor, Manuel Abellán Velasco— pero tenía todo el tiempo el sabor de las cosas pretéritas y no inmediatamente utilizables.

La vida suele ponernos en nuestro sitio y a veces no tarda mucho. Tras salir de la facultad se me concedió la oportunidad de ejercer durante una década larga la abogacía. Y fue a medida que me fajaba en el ejercicio profesional del derecho cuando me di cuenta no sólo de la utilidad que tenía para mi trabajo la vieja ciencia de los juristas romanos, sino que era, probablemente, la más imprescindible de las veinticinco asignaturas que había cursado en el transcurso de la licenciatura. Comprendiendo las instituciones del derecho romano, cualquier figura jurídica no es más que un mero desarrollo. A menudo, una degeneración.

Un día tuve que hacer una mudanza y me encontré con que aún conservaba todos los libros de la carrera. Ya no ejercía la abogacía, pero, incluso si la hubiera seguido ejerciendo, muchos de ellos estaban tan desfasados que no merecía la pena que los conservara. Apenas salvé del reciclaje media docena. Entre ellos, el de derecho público romano y los dos tomos de derecho privado romano. Siguen en mi biblioteca y los hojeo con frecuencia. No sólo sentaron las bases del jurista que fui, o que todavía sigo siendo en algún recoveco oculto. Me enseñaron mucho más.

Cuántas veces, a lo largo de mi vida, he recurrido a la tan sintética como completa enumeración de los preceptos en los que se condensa la noción de iustitia según Domicio Ulpiano: Honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere. Quien los conoce y los aplica puede ir por la vida como una persona cabal; quien desconoce u olvida cualquiera de ellos se acaba convirtiendo en un peligro para sí mismo y sus semejantes.

Cada vez serán menos los que sepan de Ulpiano, y menos aún los que puedan entenderlo en su idioma original. A eso se encamina la última reforma educativa, que ha decidido arrojar al desván de los trastos inservibles la cultura clásica, la filosofía y las humanidades en general, a fin de liberar horas para saberes de más relevancia: aquellos que conviertan al alumno en un buen vasallo del sistema productivo y de las autoridades locales competentes, siempre atentas a anteponer cualquier anécdota vinculada al territorio al conocimiento de alcance universal.

Tampoco sabrán por consiguiente mucho —y muchos no sabrán nada— de Homero, Heródoto, Tucídides o Jenofonte. En consecuencia, los que sientan el impulso de contar historias se pondrán a ello ignorando los mejores modelos del arte narrativo —que son esos y otros griegos, como Plutarco, y romanos como Virgilio, Tácito o Tito Livio— y se limitarán a reproducir de forma servil y cansina los trucos de guión de Netflix o de Marvel, pura morralla al lado de la sabiduría con la que esos a quienes ahora se amortiza afrontaron el relato de las vicisitudes humanas.

No hay más que dedicar un tiempo a leerlos para apreciar, por abrupto contraste, la inanidad de muchas de las historias que hoy se nos proponen casi como preceptivas; también otras que envueltas en un aura de sedicente sofisticación no contienen más que un cúmulo de falsas novedades y naderías. Tal vez eso es lo que se pretende: una población dispuesta a consumir lo que le echen y aplaudirlo con las orejas. El nombre de quienes lo propician quedará asociado a la oscura historia de la barbarie.

(Publicado en elespanol.com el 6 de noviembre de 2021).

La regla de Píndaro
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8 Comentarios
  1. Excelente reflexión sobre unos valores asociados a la «humanitas» que va siendo metódicamente aniquilada.
    Muchas gracias.

  2. Enhorabuena por el artículo. Cenamos una vez juntos hace más de 35 años y sigue vivo en el recuerdo todo lo que hablamos aquella velada a la que asistió también nuestro común amigo Javier Fernández Vallina.
    Un abrazo,
    Alfonso Martínez Díez

  3. No soy jurista. Ni siquiera he tenido contacto con elo derecho más allá de lo normal en la compra de mi casa y la celebración de mi matrimonio en el juzgado de paz de mi pueblo. Pero comprendo muy bien lo que el autor dice, visto desde la perspectiva de mi afición a las lenguas. Estudié Latín desde 1º de bachillerato (cuando estaban a punto de establecerse los dos niveles, elemental y superior) y hubiese estudiado griego si en ese momento no se hubiese suprimido tal asignatura. Luego estudié ciencas (soy doctor en Biología) pero siempre se me quedó ese regusto de conocer las palabras de mi lengua materna en su origen, así como su evolución durante la Edad Media para ser lo que son hoy. Aunque parezca mentira, la evolución lingüística me sirvió mas de lo que yo pensaba para comprender la evolución bioológica, puesto que, en muchos casos ambas están sujetas a condicionantes similares, como puede ser el aislamento geográfico (causa de la diverswificación de las lenguas romances así como de los diversos dialectos del bable asturiano) o el mimetismo (como la imitación del idio0ma francés cuando escribimos «es por esto que…» en lugar de «es por esto por lo que…». De lo dicho se deduce que, cuando publico una poesía o hago un comentario como este, odie que alguien, indefectiblemente me pregunte «¿Pero tú no eres de Ciencias»? El día que se estableció una división entre ambas ramas del conocimiento (que en muchos casos solo sirve para que determinadas personas negadas para las Matemáticas se sientan orgullosas de ello) se perdió gran parte de eso tan difícilmente definible que siempre distinguiuó a la humanidad: el sentido común.

    • Gracias por el comentario. Muy de acuerdo en que los tabiques entre conocimientos tienen efectos nefastos. Se lo dice un literato que hizo el Bachillerato de Ciencias. Química, Física, Biología, Matemáticas… Cómo agradezco haberlas estudiado.

  4. Netflix es una distopía cinéfila, el malogro del séptimo arte bajo una estela de un supuesto «mundo mejor», que ha de ser construido, con la decisión y empoderamiento firme de los «justicieros» o «superhéroes» que avergüenzan a los malos con el fin de redimir a la humanidad.

    • Es un negocio. Hacen, en fin, aquello que venden mejor. Es legítimo, pero también lo es buscarse historias y argumentos más interesantes. Gracias por el comentario.

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