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26 mayo, 2019

Entre el muro y la red @elmundoes

 

 

Oído a finales del siglo pasado, de labios de un ingeniero que tenía a su cargo la extensión de la red de una compañía eléctrica, hablando de transformadores y otras máquinas de alta exigencia necesarias para su operación: «Los chinos empiezan ofreciendo equipos más baratos, pero de peor calidad; pocos años después son más económicos y de calidad equivalente; y si les dejas unos años más, lo que suministran te cuesta menos y es manifiestamente mejor«. Desprovisto de democracia, opaco en aspectos más que sustanciales y con los derechos humanos bajo mínimos, el sistema chino se ha revelado como un competidor imbatible en la pugna que marca el siglo XXI: la de la innovación y el conocimiento aplicados a las soluciones tecnológicas.

Su aptitud en otros sectores se ha trasladado al campo de batalla central de esa guerra tan incruenta como implacable: los nuevos estándares de telecomunicaciones, y en particular el que ha de marcar los próximos años, el 5G. La china Huawei va por delante de todos los demás, dicen los expertos que cerca de dos años, trecho inmenso en los tiempos que corren. Las compañías norteamericanas están muy a la zaga, y alguna europea, como Ericsson, está más cerca, pero con una tecnología mucho más cara y unas prestaciones que, dicen, no son superiores.

El problema es que este nuevo modo de vida que nos han fabricado en muy pocos años los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, y que todos, atraídos por sus comodidades y deleites, hemos abrazado febril y acríticamente, depende de una manera tan desesperada de las telecomunicaciones, y de la velocidad de estas, que quien consiga dominar su modo y su conducto nos va a tener y va a tener el mundo a su merced. Porque, en el colmo de la inconsciencia, individuos, entidades de todo tipo y hasta gobiernos hemos aceptado que la moneda con que accedemos a esta nueva ambrosía digital sean nuestros datos más íntimos, preciados y aun críticos, que derrochamos y confiamos una y otra vez a no sabemos quién a cambio de chucherías, como los indígenas que entregaban a los conquistadores sus tesoros más exquisitos a cambio de abalorios de cristal sin ningún valor.

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