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2 junio, 2019

Verónica y el monstruo @elmundoes

 

 

El monstruo somos nosotros. Somos nosotros quienes lo hemos engendrado. Luego toleramos que naciera, lo celebramos cuando empezó a dar sus primeros pasos y no hemos dejado de alimentarlo dándole todo lo que nos reclamaba. Y ahora, día tras día, somos nosotros quienes sostenemos su latido y bombeamos desde su corazón la sangre con la que irriga el brazo feroz que, cuando le place, descarga sobre sus víctimas indefensas.

A veces, incluso somos ese brazo.

Nunca como en estos tiempos estuvo tan claro que es del fondo de nuestra alma contradictoria de donde brotan, junto al amor y la piedad que más nos enternecen, las sombras que más nos espantan. Nunca como en estos días, después de que el monstruo haya despedazado a Verónica, quedó tan expuesta esa paradoja que sería cómica si no fuera trágica: la mayoría de las veces que nos concentramos y despotricamos contra algo, somos nosotros mismos el objeto inadvertido de nuestra diatriba.

Uno se pregunta si estas cosas suceden por maldad. Si es que quien recibe en su teléfono móvil una imagen devastadora para una semejante aprieta el botón de reenviar y desata sobre esa semejante el holocausto atómico porque en su corazón hay una negrura carbonífera, porque la saña es una de nuestras más pertinaces señas de identidad, siempre que aquel que ha de padecerla, como fue el caso de Verónica, esté en una situación desde la que no podrá devolvernos el golpe. Cuesta asumir esa interpretación. Es mucho más probable que quien desencadena o contribuye con ese gesto a desencadenar el apocalipsis sobre otro lo haga más llevado por una suerte de distracción, por una suave y nada enfática indiferencia hacia el dolor ajeno. Por una mezcla de frivolidad, banalidad, inconsciencia e ignorancia.

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