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13 enero, 2019

Cuando un editor se va ( vidas.zip @elmundo.es )

 

 

Una buena semblanza de lo que es un editor se puede leer en el clásico de L.D. Reynolds y N.G. Wilson, esa joya titulada Copistas y filólogos, publicada, como tantos otros libros excelsos, por la editorial Gredos. Se refiere a Ático, el editor de Cicerón, y dice así: «Ático le revisaría cuidadosamente la obra, criticaría cuestiones de estilo o de contenido, discutiría la conveniencia de la publicación o lo aconsejable del título, organizaría lecturas privadas del nuevo libro, enviaría ejemplares de compromiso, organizaría su distribución. Su nivel de ejecución fue el más alto, y su nombre una garantía de calidad». Pulcra y exhaustiva es esta descripción de un oficio tan bello como incomprendido.

Se ha ido un editor. La muerte vino a buscarle un viernes en su pequeño despacho de un edificio de Barcelona. Estaba allí, seguramente, trabajando en la mejor manera de dar a conocer al mundo y a los lectores el trabajo y el talento de otra persona. De un escritor, una escritora, o quizá de varios a la vez. Por su tarea recibía un salario, faltaría más, pero el esfuerzo de poner todo lo que uno tiene dentro para que sea otro el que brille, para que un libro en el que irá un nombre ajeno y no el propio se convierta en un acontecimiento, tiene unas dimensiones que no existen ni se sostienen mediante la mera contraprestación económica.

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