Carta blanca

  1. El resumen del editor

    Esta novela se abre con la Guerra de Marruecos, a principios de los años veinte, y se cierra con la Guerra Civil, en plena década de los treinta. Sin embargo, más allá de narrarnos con nitidez y profundo realismo los avatares del protagonista, Juan Faura, en ambas contiendas, primero como jovencísimo legionario inexperto y desengañado, luego ya como hombre maduro escéptico y baqueteado por la vida, es, sobre todo, la historia de una pasión que va más allá del tiempo, del destino y del dolor, de un desamor tan intenso que le llevará a desahogar su amargura en una campaña suicida en la que no espera siquiera sobrevivir. Pero lo hará, y el hombre despojado en que se ha convertido se reencontrará con su pasado y descubrirá que no puede escapar de él, porque las huellas que deja en el alma la verdadera entrega a otro son las que nos conforman, las que guían nuestro sino, marcado inevitablemente por el desencanto, el conocimiento de los límites de la crueldad humana y el refugio del amor contra todo, frente a todo, como única redención y salida.

    Carta blanca, ganadora del VIII Premio Primavera de novela, nos muestra una historia valiente, descarnada, profundamente apasionada, que indaga en nuestro pasado y nos ofrece la figura carismática y apabullante de un antihéroe inmerso en una época convulsa en donde se extreman los sentimientos y la auténtica relevancia de nuestros actos.

    Lorenzo Silva, con la franqueza de una prosa madura y directa, sin concesiones, que brilla especialmente por su maestría, ha escrito una novela ante la cual es imposible permanecer indiferente.

  2. Un apunte del autor

    Ésta es, probablemente, la novela más dura de todas las que he escrito, y su personaje, el más complejo, paradójico y difícil que me he atrevido a construir. Por eso mismo, y porque está ambientada en una época y unos acontecimientos históricos que en mi opinión han sido objeto de ocultación y falseamiento tan continuos como deliberados, me atrajo la idea de tratar de proporcionarle una plataforma de lanzamiento lo más potente posible, y con esa intención la presenté al Premio Primavera. No era empresa fácil, porque aparte de la crudeza de la historia (que podía parecer disuasoria para un premio comercial) hubo de competir con las obras de buenos escritores como la finalista, Eugenia Rico. Lo único que me entristece del resultado (el jurado decidió por unanimidad y creo que también con valentía premiar mi novela) es que Eugenia no ganara el premio, que tiene, como escritora, condiciones sobradas para merecer. Pero la vida es larga, y a su prosa elegante y profunda le ha de corresponder el mejor premio: los muchos lectores que encontrará a lo largo de los años. Estoy seguro. En cuanto a Carta blanca, escribo estas líneas en vísperas de que comience su andadura. Sólo diré que quise acercarme a esta historia tan oscura y problemática con mis mejores armas de narrador, poniendo en juego todo lo aprendido a lo largo de veinte años de escribir novelas, y con la máxima honradez a la hora de reflejar los hechos históricos que sirven de trasfondo al trayecto vital (ficticio) de mi protagonista. No pretendo transmitir la verdad objetiva de lo ocurrido en aquellos años terribles, sé que sólo puedo transmitir mi verdad subjetiva, pero me he empeñado a fondo en rehuir cualquier manipulación para llevar el agua a mi molino. Cuento las cosas como sinceramente creo que fueron. Puedo estar equivocado, pero aseguro que me esforcé para evitarlo.

  3. La cal de la crítica...

    “«Carta blanca», la emotiva y espléndida novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), ganadora del Premio Primavera de 2004, gira en torno a tres historias concéntricas que abarcan quince años en la biografía de Juan Faura, su personaje principal. Cada una de las tres veces en las que se pronuncia la fórmula a la que hace referencia el título de este libro: otorgar la «carta blanca» (expresión sinónima de la vieja «patente de corso» por la que los gobiernos autorizaban a los individuos a realizar actos prohibidos), se produce a la vez una conmoción y un renovado impulso que anima el movimiento de esas ondas en expansión sobre las que el escritor construye su novela. El primero de estos círculos narrativos queda dibujado por el trazo descarnado y brutal de una venganza feroz ocurrida en 1921, en el violento escenario de la guerra de España con Marruecos. Juan Faura es uno más de los ocho legionarios que integran el pelotón convocado por un sargento para vengar el asesinato de su hermano. En este primer acercamiento a Faura sólo accedemos al vértice más conciso y afilado de su personalidad: sabemos de su juventud, de su infalible puntería con el fusil y también de su silencio.
    Nos queda la sospecha de un pasado en el que seguramente abunda el dolor. El lector asiste, en vilo y sobrecogido, a la ascensión de violencia que genera la venganza, hasta que un acto de piedad en mitad de la barbarie clausura este primer círculo narrativo, dejando al «grupo salvaje» atrapado en su interior. Sólo Faura consigue saltar al otro lado, pero su salvación le cuesta al personaje un alto precio. Soportar de por vida la carga de una inesperada lección: la dignidad ante la muerte emergiendo en medio del nauseabundo lodazal de la venganza. Una lección impropia de los chacales que la enuncian. De ahí su punzante dolor.
    La novela ingresa en su segunda órbita narrativa, auténtico corazón de la historia, siguiendo, desde una distancia mucho más corta, e íntima, los pasos de Juan Faura. Colocando estratégicas luces sobre su pasado, Lorenzo Silva ilumina poco a poco la vida de su protagonista, que ahora aparece ante el lector despojado ya de su uniforme de legionario, inmerso en esa otra contienda cuyo campo de batalla es el amor. Como sucede en el acto anterior con el asalto a la casa bereber por parte de la patrulla de legionarios, es de nuevo una casa, esta vez el abandonado hogar de las vacaciones de la infancia, el escenario donde ocurre el episodio central de esta segunda parte de la historia. Y como entonces, es aquel recurrente imperativo el empuje decisivo de la acción: «Tienes carta blanca», le dice su amante a Faura antes de la última entrega amorosa, antes de la insoportable y drástica despedida. Después sólo quedará el desgarro y de nuevo el dolor. También el desasosiego que se desprende de una frase de Shakespeare, incluida en esta parte de la historia, y que le sirve a Silva para sugerir una de las metáforas que apuntalan su novela: «…nadie alcanza a saber cómo rehuir el cielo que lleva a los hombres a este infierno».
    En el tercer y último de los círculos que configuran la novela, volvemos a recuperar un escenario de guerra y violencia. Estamos ya en 1936, en uno de los inicios de nuestra cruel Guerra Civil: la caída de Badajoz. Despojado de nuevo del atuendo civil, encontramos a Faura ataviado con el mono azul que sirve de uniforme a los milicianos. Sus ex compañeros legionarios y sus enemigos de antaño marchan ahora unidos, pero están al otro lado de la trinchera donde pelea Faura. Como entonces, los rebeldes traen «carta blanca» para dar rienda suelta a sus desmanes, en un combate cuyo objetivo último es destrozar el sueño republicano, una idea romántica que Faura augura condenada a la derrota y a la que, quizás por eso, se entrega con pasión. También con alivio.
    A lo largo de su novela Lorenzo Silva muestra dos cualidades propias de un escritor curtido. Una es su pericia a la hora de esculpir el carácter del protagonista, afilando página a página los ángulos más sobresalientes de la personalidad de Juan Faura y escarbando en sus líneas más oscuras. La segunda cualidad procede del pulso medido de su escritura, brioso y contenido a un tiempo, que luce sobre todo a la hora de manejar con valentía situaciones de extrema violencia, logrando que en ningún momento éstas se precipiten hacia lo escabroso.”

    Gonzalo García-Pino. La Razón.

    “Lorenzo Silva continúa ofreciendo a sus lectores la calidad que esperan (…). La primera y la tercera parte, ambas antológicas en fuerza y emoción. Es por estas dos partes bélicas por lo que la novela sin duda puede ser recordada y ofrece un mayor interés. Resulta un acierto notabilísimo el modo cómo conectan los dos episodios que abren y cierran la novela: el del Rif y el episodio de la toma de Badajoz por las tropas sublevadas, en agosto de 1936. Conectan porque Juan Faura vive ambos episodios, elprimero como soldado de la Legión y el segundo como voluntario instructor de los milicianos republicanos cuando le sorprende allí el levantamiento militar capitaneado por Franco. El lector puede de ese modo cerrar un círculo de correspondencias, dado que lo que mueve a Juan Faura al final es el sentimiento de que la culpa que no le deja vivir sólo puede ser redimida con su entrega a una causa noble y abnegada. El personaje que vivió episodios de una furia de chacal contra unos indefensos bereberes, participando activamente en una de las escenas de mayor crueldad a las que un lector puede asistir, y que imagina es solamente una de las muchas que toda guerra perpetra, cuando el sinsentido da rienda suelta a los instintos sanguinarios, ese personaje se ve entregado quince años después a la alternativa entre huir o perecer defendiendo una causa justa, y elige esto último como redención. El lector vive de ese modo una metamorfosis completamente salvífica de los horrores que ha leído en la primera parte, de forma que en el conjunto de la trama hay una causalidad y una consecuencia muy aristotélicas, de las que deduce su propia emoción catártica. Éste me parece el mayor de los aciertos de Lorenzo Silva con esta novela: haber conectado la culpa y su redención a dos episodios bélicos absolutamente contrarios en la perspectiva de Faura, pero muy comunicados históricamente. Es muy notable que en uno y otro caso Lorenzo Silva no haya narrado desde la sola inventiva imaginativa, puesto que ha documentado muy bien tanto las refriegas del Rif y sus espacios geográficos como los breves días de la toma de Badajoz por las tropas fascistas. Hace creíble además esta historia al ofrecer mucho más que una de buenos y malos. Lorenzo Silva hace ver de pasada, con el comportamiento de células comunistas en el Badajoz sitiado, que no todo era oro molido en el frente republicano y de ahí vinieron muchas desgracias. El buen talento de novelista se muestra en que una y otra guerra son ofrecidas a pie de acontecimiento, haciéndola vivir en sus héroes y en su canallesca. Está bien trazado y muy sólidamente visto que en unas filas militares convive lo peor (el sargento Bermejo) con lo mejor (el teniente Ramírez), y que para narrar una guerra no basta el sobrevuelo, hay que hacer que los episodios hablen desde ellos mismos. En este sentido el episodio central de la violación de la muchacha bereber cobra una significación de alto rendimiento narrativo, en cuanto puede ofrecer concretado en un momento el corazón mismo de las tinieblas, a cuyo centro baja Lorenzo Silva en esta novela.”

    José María Pozuelo Yvancos, Blanco y Negro Cultural.

  4. ...y la arena

    “La amplitud del espacio temporal acotado y el deseo de no renunciar a la narración detallada de algunas escenas –en realidad, el relato se compone de tres largas secuencias con algunas brevísimas analepsis– obliga a utilizar elipsis que no siempre se cubren con las sugerencias adecuadas. Así, entendemos mejor el furor vengativo del sargento Bermejo tras la macabra descripción de los restos de su hermano que la frialdad y la sequedad sentimental de Faura, atribuida esencialmente a un fracaso amoroso juvenil que no parece, por lo que se cuenta, causa suficiente. Y faltan acaso algunos datos acerca del matrimonio de Faura que ayudarían a comprender mejor la compatibilidad entre su hundimiento moral y el tenaz mantenimiento de la propia dignidad.

    Silva escribe con buen ritmo, con un estilo cada vez más personal, aunque debe refrenar cierta tendencia a la prolijidad. Una frase como “se deslizaron a través de las chumberas con cuidado, procurando que las espinas no les desgarrasen el uniforme” (pág. 86) sería suficiente sin tener que añadir, como hace el autor, “al pasar por los mínimos huecos que quedaban entre ellas”. Alguna expresión inerte (“debía meditarse muy mucho”, pág. 88) y algún uso erróneo (“a tenor de”, pág. 167; “se entretuvo a gozar de la sensación”, pág. 200) no merman la calidad general del conjunto.”

    Ricardo Senabre, El Cultural.

    “Hay que decir que Carta blanca tiene una factura desigual, con una primera parte extraordinaria, mientras que las segunda y tercera no están a su altura. El episodio rifeño, en el que un sargento y siete soldados hacen una razia en territorio enemigo, es terrorífico en sí mismo y no apto para sensibilidades melindrosas. El lector que recuerde las escenas centrales de A sangre fría de Capote volverá a experimentar un parecido horror. Silva logra transmitir no sólo lo bronco de la vida en campaña sino en qué medida la ferocidad de la guerra puede encanallar las voluntades a priori más sordas a los cantos de sirena del mal. En sus siguientes reapariciones, Juan Faura ha de sumar, a la necesidad de cicatrizar la herida de un amor frustrado, la de olvidar una infamia cometida en las personas de unos inocentes. En el colofón, con la defensa de la ciudad de Badajoz, la novela recupera un tanto el brío épico de la primera parte y Silva da a su antihéroe la ocasión propicia de autorredimirse.”

    Carles Barba, Qué Leer.

    … y la arenisca

    “Viene ocurriendo con la mayor parte de los grandes premios literarios. Cuando se entera uno de quién ha obtenido el premio, lo primero que le sale es preguntarse: Ah, pero ¿no lo había ganado ya? Y más tarde, cuando lee el libro en cuestión, viene a pasar algo parecido: humm, pero, ¿no lo había leído ya? No, Lorenzo Silva no había obtenido aún el Premio Primavera. Ha ganado el Premio Nadal, entre otros galardones, y ha quedado finalista de algunos más, pero es la primera vez que gana el Premio Primavera. Y por supuesto que Carta blanca es una novela original, que nadie ha podido leer antes que [sic] ahora. Lo que pasa es que recobra escenarios y episodios históricos ya recreados con anterioridad por el mismo Lorenzo Silva (ahí están su Del Rif al Yebala: viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, y la novela El nombre de los nuestros) y lo hace recurriendo a planteamientos muy convencionales. En el panorama de la actual narrativa española, Lorenzo Silva es uno de los mejores exponentes de lo que, sin reticencias de ningún tipo, cabe entender por escritor profesional. Es ésta una especie particular de escritor sin demasiadas ínfulas intelectuales ni artísticas, solvente, concienzudo a su manera, técnicamente bien pertrechado, y muy sensible a los gustos y a las demandas del gran público. Sin preocuparse mucho por su propio carisma, y sin andarse en general con manías, el escritor profesional se entiende bien con una industria editorial a la que sirve eficazmente y que le sirve a él para labrarse una próspera carrera que se desarrolla hasta cierto punto al margen de los prestigios y de los escalafones por los que suelen competir la mayoría de sus colegas. Docena y media de títulos publicados en menos de una década, entre ellos unas cuantas novelas muy exitosas, traducidas a varias lenguas y adaptadas o pendientes de adaptación al cine, dan cuenta, en el caso de Lorenzo Silva, de un ritmo de producción incansable, que en buena medida se explica por el recurso a plantillas genéricas, que Silva emplea con astucia, imbuido siempre de un espíritu divulgador, pedagógico incluso, y guiado por la obsesión -insiste él siempre- de no aburrir. Carta blanca narra la historia de Juan Faura, joven de buena educación a quien un desengaño amoroso le empuja a alistarse en la Legión. Como legionario, Faura combate en la guerra del Rif, y entre las muchas atrocidades que le toca allí vivir, lo marca muy en particular una razia nocturna en la que participa todo su pelotón y en la que se cometen todo tipo de crueldades. El relato pormenorizado de esta razia, ocurrida en el otoño de 1921, ocupa la primera mitad de la novela, que consta de dos partes más. En la segunda, once años después, Faura, que ha abandonado el Tercio, se reencuentra con la mujer que decidió su destino, y al tiempo que revive su antiguo idilio comparte con ella un tórrido episodio erótico. La tercera y última parte de la novela presenta a Faura como suboficial de las milicias que, en el verano de 1936, resisten heroica y desesperadamente el ataque que el ejército sublevado lanza contra la ciudad de Badajoz, a punto de caer. Con admirable instinto (y con oportunismo admirable, también), Silva ha urdido una novela que posee todos los ingredientes para atraer al lector. (….) Silva no regatea los medios para conmover al lector (…) La historia del taciturno y sufriente Faura es una historia de amor y de pundonor, y es el espíritu de la legión, a la postre, la ética del caballero penitente y del soldado, las que proveen de sustancia y diapasón a un relato que, por debajo de sus ropajes documentales, vibra con los acordes tan familiares de las hazañas bélicas en las que se perfila, a contraluz del poniente, el hombre de hierro y lágrimas, el héroe misterioso y solitario.

    Ignacio Echevarría. Babelia.

    NOTA: Sabía que sólo era cuestión de tiempo que este caballero, Ignacio Echevarría, me perdonara la vida… Pero ni le guardo rencor ni voy a arremeter contra él. Es un crítico de expresión generalmente aseada, perspicaz para lo suyo, y sus reseñas, siempre enjundiosas, podrían ser todavía más útiles si no emitiera en ciertas ocasiones (elegidas convenientemente) juicios más benévolos de los que se nota que abriga, y si consiguiera sacudirse la visión limitada y excluyente que tiene del quehacer literario. No considero esta reseña suya ni cal ni arena, sino algo difuso entre medias, por eso la llamo “arenisca” y me complace recogerla. Me encanta que me imputen profesionalidad, atención al lector, instinto para atraerlo y conmoverlo, falta de manías y laboriosidad. Ya sé que Echevarría prefiere a otro tipo de escritor (quizá uno que sea gandul, maniático, egocéntrico, y que pase más tiempo con resaca que escribiendo) pero, qué se le va a hacer, yo también aprendo más con otros críticos, entre ellos los varios que aparecen antes que él en esta página, aunque según su criterio deba reputárselos indocumentados… PostNota de 2005: Por dirigir su mordacidad hacia quien no debía, este crítico perdió su puesto a finales del año 2004. No lo celebré, porque nunca celebro la desdicha ajena (aunque él se permitiera, en una de sus cartas de queja al periódico, jactarse de haberme hecho esta según él “dura crítica”). Pero, francamente, tampoco lo lamenté mucho. No creo que esta clase de crítica petulante ayude demasiado al lector.

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