El hombre que destruía las ilusiones de los niños

  1. El resumen del editor

    Los relatos que se recogen en este ebook fueron escritos a lo largo de veinticuatro años. El más reciente, escrito en abril de 2012, da nombre al volumen. El más antiguo, La guerra del hombre solo, fue escrito en 1988. Aunque inicialmente no se escribieron pensando en formar parte de una obra conjunta todos tienen en común el reflejo de una cruda realidad que nos es revelada a personajes y lectores y que, aunque dura, es muy necesaria. Así encontramos relatos en los que se habla del respeto por las ilusiones ajenas, de la inutilidad de los bienes materiales, de la supervivencia y la soledad, del dominio que ejercen los que manejan nuestras necesidades, del niño que fuimos y que todos hemos perdido, pero entre toda la crudeza que encontraremos en estos retazos de realidad convertida en ficción también encontraremos, como en la realidad, mucho humor y ternura. Veintiún relatos que nos harán reflexionar acerca de nuestros propios valores y los de la sociedad en que vivimos.

  2. Un apunte del autor

    Los cuentos que recoge este libro fueron escritos a lo largo de veinticuatro años. No pretenderé que durante esos casi cinco lustros estuve manteniendo el empeño de llegar a reunir estos veintiún esbozos narrativos, o que lo hice con un sentido deliberado de unidad. La verdad es que fueron surgiendo aquí y allá en respuesta a estímulos diversos, algunos ni siquiera con la vocación de constituir una entidad autónoma, sino como parte de una empresa más amplia, individual o compartida con otros.

    Sin embargo, al hacer inventario de los relatos que andaban desperdigados por las tripas de mi ordenador, me los fui tropezando y encontrando en todos ellos un hilo común, que además me pareció pertinente a los tiempos que atravesamos. Todos encierran, cada uno a su modo, un mensaje apocalíptico, en el doble sentido que tiene el término. En algunos se trata de una revelación anecdótica o hasta cierto punto trivial, y que resulta adversa o temible sólo en esa misma medida. En otros lo apocalíptico tiene rasgos más estremecedores, llegando al terror absoluto del último relato, Irina y el flautista, posiblemente lo más oscuro y atroz que haya escrito jamás. Pero ya sea por la vía de desvelar una decepción banal o cotidiana, ya por exponer alguno de esos derrumbes de mayor alcance que nos afectan, todos los personajes de este libro han de enfrentarse a una verdad incómoda, cuya comprensión no me atrevo a decir que los hace mejores, pero sí más conscientes y menos ignorantes.

    En cierto modo, es lo que nos ha ocurrido a todos con la sucesión de acontecimientos calamitosos que hemos vivido de 2008 para acá, y que nos ha despojado de una serie de ilusiones pueriles sobre las que habíamos ido construyendo un espejismo de prosperidad y desarrollo. Tiene su parte desagradable, que el hombre fatídico llegue y les diga a los niños que las cosas no son como creían; incluso puede representar una catástrofe que nos toca lamentar por el dolor y la añoranza que sin remedio provoca. Pero tiene su lado necesario, que es aquel que nos lleva a comprender que ese hombre antipático que hace lo que nadie querría hacer también cumple una función benéfica, la de desbaratar el tejido de mentiras y supersticiones que a menudo nos impiden asumir y resolver los problemas.

    Algunos de los relatos precisan de una pequeña explicación. Tal es el caso de Un artista de la fe, Los ojos verdes y Lo que Lola (nunca) supo de Léon, que requieren para ser comprendidos en su integridad aludir a los presupuestos que los inspiran: en el caso del primero la brillante idea de la Corporación esbozada por Fernando Marías en su novela Esta noche moriré, en el segundo la bella y célebre leyenda homónima de Gustavo Adolfo Bécquer (que versiona y homenajea) y en el tercero la película de Javier Rebollo Lo que sé de Lola, de cuyos personajes se sirve para proponer una continuación hipotética de la que por supuesto ha de absolverse al cineasta, al que este relato tan sólo pretende reconocer el mérito de haber creado unos personajes llenos de matices y susceptibles de inspirar otras historias.

    Para entender en su integridad el breve relato titulado El hombre que pintaba en el aire, resultará útil contemplar el cuadro titulado Ciego músico, de Georges de la Tour, que forma parte de la colección del Museo del Prado de Madrid, y que fue el que lo inspiró.

    Finalmente, creo que debo indicar que tres de los relatos, Fin de infancia, Llega la Náyade y el antes mencionado Irina y el flautista, tienen en común ser de los más antiguos (los escribí allá por 1990) y formar parte de una novela inédita, El arca oscura, que ya fue parcialmente “canibalizada” en el año 2003 para aportar alguno de los relatos que formaban El déspota adolescente (entre ellos, el que daba título al libro) y de la que aún quedan páginas inéditas que el tiempo dirá si surge la ocasión de darlas a conocer. Por lo que toca a publicar la novela como tal, mi resistencia sigue siendo firme.

    Varios de los relatos de este libro han estado disponibles gratuitamente en esta página web, donde seguirán estando, si bien he de advertir que algunos de ellos aparecen en el libro en una versión revisada que puede diferir de la original que permanece publicada online. A todos los lectores que los leyeron allí, y a quienes con diverso pretexto me invitaron a escribir estas historias, va mi gratitud y el deseo de que el hombre fatídico no les destruya más ilusiones de las estrictamente imprescindibles.

    El que quiera el libro en ebook lo tiene aquí.

  3. Comentarios

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