El mal de Corcira

  1. El resumen del editor

    Un varón de mediana edad aparece desnudo y brutalmente asesinado en una solitaria playa de Formentera. Según varios testimonios recogidos por la Guardia Civil de las islas, en los días previos se lo había visto en compañía de distintos jóvenes en locales de ambiente gay de Ibiza. Cuando sus jefes llaman a Bevilacqua para que se ocupe de la investigación y lo informan de la peculiaridad del muerto, un ciudadano vasco condenado en su día por colaboración con ETA, el subteniente comprenderá que no es un caso más.

    Para tratar de esclarecer el crimen, y después de indagar sobre el terreno, Bevilacqua tendrá que trasladarse con su equipo a Guipúzcoa, el lugar de residencia del difunto, a una zona que conoce bien por su implicación casi treinta años atrás en la lucha antiterrorista.

    Allí deberá vencer la desconfianza del entorno de la víctima y, sobre todo, lidiar con sus propios fantasmas del pasado, con lo que hizo y lo que dejó de hacer en una «guerra» entre conciudadanos, como la que veinticinco siglos atrás hubo en Corcira —hoy Corfú— y que Tucídides describió en toda su crudeza. Esos fantasmas lo conducirán a una incómoda pregunta que como ser humano y como investigador criminal le concierne inexcusablemente: ¿en qué medida nos conforma aquello contra lo que luchamos?

  2. Un apunte del autor

    Y luchando con todos los medios para imponerse sobre sus contrarios, se atrevieron a las acciones más terribles y llegaron mucho más lejos en la ejecución de sus venganzas, dado que no las infligían de acuerdo con la justicia ni con el interés de la ciudad, sino según los límites que fijaba su complacencia.

    TUCÍDIDES, sobre la guerra civil en Corcira

    Hace veintidós años que tengo una deuda con los lectores: desde que se publicó El lejano país de los estanques, en cuyo capítulo 16 figura la primera alusión al paso de Bevilacqua por el Norte, es decir, por el País Vasco y la lucha contra ETA. Fue en La niebla y la doncella, publicada cuatro años después, cuando apareció la primera mención de un nombre, Intxaurrondo, que evoca como ningún otro esa época y esa historia, para quienes como Bevilacqua la vivieron en primera línea.

    Con el propio personaje y conmigo mismo la deuda viene de más atrás: la primera novela la escribí en 1995, la concebí en 1994, y uno de los primeros rasgos que definí del protagonista y narrador, investigador de homicidios, era su experiencia previa, áspera y traumática, en la lucha antiterrorista, o lo que es lo mismo, contra quienes aceptaron recurrir a la violencia homicida como instrumento político.

    Mi interés personal es incluso anterior. El día de mi segundo cumpleaños, el 7 de junio de 1968, el entonces líder de ETA, Txabi Etxebarrieta, acababa a tiros con la vida del guardia civil José Pardines. Pese a la idealización que algunos hacen de la figura de Etxebarrieta, de su acción y de lo que vino después, con esos disparos daba comienzo medio siglo de muerte e intimidación inútil, infligida en primer término a los vascos pero por extensión a todos los españoles. Era la de ETA una amenaza que se hacía sentir, que emponzoñó la convivencia en Euskadi y que se empleó a fondo para hacer descarrilar la democracia en España. Para el chaval que yo fui entre fines de los sesenta y principios de los ochenta tenía un significado aún más próximo y acuciante: el barrio de Madrid donde vivía era uno de los objetivos de la organización armada. Mi padre y mis vecinos debían cambiar de ruta a diario. Al final, ETA acabó volando a uno de ellos con una bomba adosada a su coche.

    Diría que casi desde que tomé conciencia de que quería ser novelista pensé en abordar algún día en una novela este insoslayable asunto. La de la lucha contra ETA es una de las grandes historias de la España contemporánea: por su extensión, su intensidad, su significación, su culminación con éxito y sus zonas de sombra, propias de la dinámica de una organización clandestina que trata de provocar el fracaso del Estado y de la respuesta que desde el Estado recibe un desafío de esa naturaleza, con la duración y las proporciones que este llegó a alcanzar.

    También me percaté en seguida de la dificultad del empeño. Allá por los noventa, cuando nace Bevilacqua como personaje literario, ETA sigue aún fuerte y la lucha contra ella está muy lejos de haber terminado: ni siquiera se vislumbra todavía la posibilidad de atajar su actividad. Acceder a una buena información sobre la lucha antiterrorista, con los matices y detalles que un novelista necesita, era muy difícil, por no decir imposible: la prudencia impide a quien enfrenta una amenaza que aún está presente dar demasiados pormenores de sus operaciones. Y por lo demás, la historia estaba a medias, aún viva: carecía por ello de la perspectiva que conviene tener sobre los acontecimientos a la hora de convertirlos en literatura.

    Sin embargo, sabía que antes o después le hincaría el diente: confiaba en que algún día terminara la pesadilla, y cuando esa confianza me fallaba, me sostenía saber que mi tozudez no me permitiría dejar de procurarme cuanto hiciera falta para abordar un relato que tenía la necesidad de escribir. Así que ahí dejé colocado a Bevilacqua, cargando en su mochila una breve pero imborrable experiencia en Guipúzcoa y en la lucha antiterrorista, crucial para su carácter y para su biografía posterior. Esperaba que algún día estaría en condiciones de mostrar ese episodio en una novela; no sólo para ayudar a explicarle a él, sino también para ayudarme a mí mismo a dar interpretación narrativa a un fenómeno histórico y social que me ha acompañado desde el inicio de mi vida consciente hasta mi madurez.

    Han pasado más de veinte años, pero al fin ha llegado el momento. En este tiempo no sólo hemos recibido la feliz noticia de la extinción de ETA, por su impotencia manifiesta frente a la ley democrática y la acción de sus servidores —aunque para consumo de afines se haya intentado alegar otros motivos—; también quien lleva un cuarto de siglo caminando junto al personaje de Bevilacqua ha adquirido, acerca de él y de esa peliaguda empresa que fue la lucha antiterrorista, el conocimiento suficiente como para afrontar la novela que tenía aplazada. En ese empeño me han sido de gran valor, y no puedo dejar de agradecerlos, los testimonios de no pocos protagonistas directos de aquella aventura, así como las conversaciones que pude mantener con vascos de toda ideología, sin excluir algunos que en su día apoyaron la violencia o incluso la practicaron, ya sigan o no justificándola hoy. Gracias a los primeros puedo contar las vicisitudes, poco conocidas y a menudo increíbles, de quienes lograron reducir a la nada una organización que en algún momento llegó a ser dueña de parte del territorio vasco y a desplazar al Estado; para ello hubieron de hacer un duro aprendizaje que desarrolló sus capacidades y las del cuerpo al que pertenecían hasta convertirlos en un referente internacional en la lucha contra el terrorismo. Gracias a los segundos he podido entender mejor cómo y a partir de qué se fraguó un movimiento que mantuvo durante medio siglo su envite armado.

    El mal de Corcira, como pasa siempre en la serie de Bevilacqua y Chamorro, narra la investigación de una muerte. En este caso, el asesinato de un varón cuyo cadáver aparece en la isla de Formentera. Pero además, como es también marca de la casa, trata de contar algo más. En este caso la peripecia de quienes en nombre de la ley, y en defensa de los derechos de los ciudadanos que no suscribían el programa de aquella organización armada, asumieron la carga de enfrentarse a ella. También los argumentos, el carácter y el destino de quienes decidieron empuñar las armas, y las consecuencias que ese acto tuvo para ellos mismos, para sus familias y para tantos inocentes. La peculiar condición de la víctima del caso, un exmiembro de ETA, obliga a Bevilacqua a profundizar en aquel viaje que ya hizo de joven como agente del servicio de Información, para conocer mejor la tierra en la que le tocaba servir y a aquellos que alentaban el rencor y la hostilidad contra los suyos.

    Parte la novela de una convicción: el relato del llamado conflicto vasco no puede hacerse sólo desde Euskadi, con la mirada de los vascos y vuelta hacia los vascos. Lo que ETA puso en jaque fue un proyecto de progreso para todos los españoles, y si al final no logró ganar la partida fue, entre otros motivos, por el sacrificio de quienes sin haber nacido vascos aceptaron exponer sus vidas para impedir que a estos se les impusiera la visión coactiva de la que ETA era expresión y vanguardia. El término municipal donde ETA amontonó más cadáveres fue el de Madrid, mi ciudad natal. La paz de la que hoy disfruta la sociedad vasca no se habría podido alcanzar sin el concurso de esos forasteros que durante años aguantaron el odio y la soledad para conseguir hacer callar las armas que la amedrentaban.

    Durante dos años y pico, Bevilacqua fue uno de ellos. Lo que vio y lo que meditó luego sobre esa experiencia, y lo que ve y medita al volver a la Euskadi de 2018, para tratar de esclarecer la muerte de uno de sus antiguos enemigos y ayudar a hacerle justicia, constituye el tejido de la novela. Quizá su mirada pueda servir para mostrar algunas de las partes siempre olvidadas y ocultas de esta historia. Como él suele decir, gracias a su padre uruguayo y su partida de nacimiento en Montevideo tiene la ventaja de no ser del todo de ningún sitio; de ver el mundo sin terminar nunca de asentarse sobre el suelo firme de una identidad demasiado definida.

    Por mi parte, he intentado afrontar la deuda que tenía, con él, con quienes me leen y conmigo mismo. El resultado es la entrega más extensa y tal vez la más compleja de la serie. Confío en que eso lo perciban los lectores como un aliciente y no como una desventaja. En cierto modo, tienen aquí dos libros en uno. Pongamos que es también mi forma de intentar corresponderles, ahora que la saga llega a su décima novela, por tantas alegrías y por estas dos décadas largas de generosidad.

  3. La cal de la crítica

    En su última novela, El mal de Corcira, Lorenzo Silva ha logrado ese equilibrio elusivo entre la forma limpia de una trama policial y la consistencia en el retrato de un tiempo y de un mundo: el tiempo es el de la España de ahora mismo y la de los primeros años noventa, cuando más sanguinario era el terrorismo etarra y más infundada parecía la esperanza de vencerlo; el mundo, los mundos, es el de los cuarteles de la Guardia Civil, el de los juzgados, el de los procedimientos de la investigación policial, el de las vidas de los guardias civiles destinados en un territorio siempre hostil y con frecuencia letal, el de los protocolos que garantizan al mismo tiempo el mantenimiento estricto de la legalidad y la persecución del delito. Como en cualquier novela clásica de misterio, lo que desata la trama es el hallazgo de un cadáver, el de alguien que ha tenido una muerte inexplicada pero no accidental, un hombre desnudo de unos 60 años muerto a golpes en una playa de Formentera. La figura canónica del detective resulta ser la de un subteniente de la Guardia Civil, marcado por la misma ambivalencia que casi todos los demás personajes y todas las situaciones de la historia, un guardia civil al mismo tiempo improbable y convincente, con el cual los lectores de Silva están familiarizados desde hace muchos años y bastantes novelas: uruguayo de origen, integrado en una organización muy jerárquica, pero también algo exótico, con inquietudes intelectuales, con una inclinación observadora y reflexiva que en algún momento puede convertirse en cauce evidente de las opiniones de su autor.

    Lorenzo Silva pone en el retrato de las interioridades de la Guardia Civil un cuidado semejante al de Le Carré cuando escribe sobre el espionaje británico. Hace falta haberse fijado y empapado mucho. Hay que sumar las cualidades imaginativas a las de la observación. Hay que lograr que el esfuerzo de la documentación no pese, sino que nutra las vidas visibles e interiores de los personajes. El misterio propulsa la narración hacia adelante: pero la flecha del tiempo narrativo, como el de las indagaciones de la policía judicial, puede volverse hacia el pasado, el de la biografía personal del narrador que investiga y el del país siempre convulso en el que vive y trabaja, en el que tomó la chocante decisión de hacerse guardia civil y la más rara todavía de presentarse voluntario para ir al país Vasco en los años de mayor carnicería y desolación, de chantaje social, de sumisión apacible y vileza. El pasado irrumpe en el presente como esas bombas de guerras antiguas que mutilan a un inocente muchos años después. La arquitectura de la ficción se corresponde con la de un devenir histórico demasiado cercano como para que vislumbremos su sentido, el reparto justiciero de honores y culpas. El testimonio de lo real sostiene la fuerza de la fábula. El desenlace está a la altura del misterio. La historia continúa más allá del libro, después del final de la novela.

    Antonio Muñoz Molina, Babelia

  4. Comentarios
    One Comment
    1. Termino de leer el libro, que sinceramente he devorado.
      Me ha parecido el mejor de la serie, el más elaborado y documentado y, sobre todo el más valiente y comprometido.
      La profundidad con el que se analizan los años duros de ETA por Bevilacqua, lejos de llevar al odio, aportan una sutil llamada al perdón y la concordia.
      Enhorabuena.

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *