Y al final, la guerra

  1. La presentación del editor

    Nayaf, Irak, 4 de abril de 2004, 12 horas. La Base «Al Ándalus» es atacada por el ejército del Mahdi. Más de dos centenares de soldados españoles, pertenecientes en su mayoría a la División Mecanizada, se encuentran en pocos segundos en el fragor de un encarnizado combate. Aquel día supondrá la explosión de un conflicto gestado por unos invasores que desmantelaron un país sin acertar a prever cómo reconstruirlo, y en el que los militares españoles se vieron envueltos sin que en España se supiera cómo ni muchos entendieran por qué.

    A partir de ese día, los españoles, que sufren continuos ataques y son objeto de innumerables emboscadas, han de usar una y otra vez las armas para defender sus vidas contra una insurgencia fanatizada y suicida que llega a enviarles niños armados con lanzagranadas para atacarlos.

    “Y al final, la guerra” es el emocionante relato del quehacer de las tropas españolas en tierras de Irak, de lo que vivieron mientras duró la misión. Es una historia de guerra en la supuesta paz iraquí. Luis Miguel Francisco y Lorenzo Silva han logrado, a partir de testimonios y documentos inéditos, encajar las piezas y reconstruir de manera exhaustiva una historia cruda y despiadada, tan repleta de fuego, coraje y muerte como desconocida y silenciada. Con un estilo trepidante, han logrado hacer ver la verdad de la guerra a través de una prosa que está destinada a convertirse en uno de los clásicos sobre investigaciones militares. Un texto sin precedentes en nuestro país.

  2. Prólogo de los autores

    Todos los libros tienen una historia. Algunos, además, tienen una prehistoria.

    Los dos autores de este libro nos conocimos por culpa de otro libro y otra guerra. El libro en cuestión es una novela, escrita por uno de los dos, y la guerra, la sostenida por el ejército español entre 1920 y 1927 en la zona del Rif, al norte de Marruecos, y en concreto uno de sus principales episodios, en el que esa novela se inspira: la masacre acaecida en la zona de Melilla en el verano de 1921. Una histórica derrota, conocida como el Desastre de Annual porque la catástrofe se gestó en el campamento de ese mismo nombre, y que según los estudios más recientes y fiables costó la vida de 8.000 españoles, al verse desbordados como consecuencia de un audaz golpe de mano de los rebeldes rifeños a las órdenes de Mohamed ben Abd el-Krim el Jatabi.

    Este acontecimiento, dada su trascendencia (la matanza produjo una conmoción nacional), dio lugar en su día a un considerable volumen de letra impresa, entre memorias, ensayos y panfletos. También, aunque de forma irregular y discontinua, generaría a lo largo de las décadas siguientes una estimable historiografía. Pero es destacable la escasez de grandes narraciones literarias inspiradas en unos hechos de tamaño calibre (con las honrosas excepciones de las obras de Ramón J. Sender, Arturo Barea y Díaz-Fernández, escritores todos que tuvieron el infortunio de servir en África) y, en particular, de relatos que acercaran al lector a cómo vivieron la guerra los soldados de a pie, esos que al servicio de las grandes decisiones estratégicas y geopolíticas de los hombres de Estado han de morder el polvo de las trincheras y los caminos y recoger los cadáveres de sus compañeros. Quizá tuviera alguna influencia en esta escasez el hecho de que a Marruecos, durante gran parte de la campaña, fueran sólo los pobres que no podían pagar para librarse, y que la intelectualidad española, de extracción mayoritariamente burguesa, se viera exenta del sacrificio y por tanto no tuviera una necesidad demasiado perentoria de acercarse a la vivencia de quienes hubieron de arrostrar los peligros del frente.

    Aquella novela estaba construida desde la perspectiva de los soldados, de los campesinos y obreros alistados a la fuerza, pero también de los militares profesionales que hubieron de dar la cara en los combates junto a aquella tropa. Fue la coincidencia en valorar frente a otros ese enfoque, tan sistemáticamente preterido en la historiografía sobre los conflictos bélicos, y el interés común por la olvidada guerra de Marruecos lo que nos reunió y propició nuestro contacto a través del correo electrónico.

    Tras un intercambio de mensajes prolongado durante meses, y aún sin conocernos personalmente, empezamos a comentar las similitudes, salvando todas las distancias, que podían observarse entre algunos acontecimientos de aquella lejana guerra marroquí y las noticias que llegaban de un conflicto en aquel momento de polémica actualidad: la guerra o posguerra -según se mirase- de Irak, en la que se había visto envuelta España merced a la implicación del gobierno en la campaña contra Sadam Hussein tras la famosa reunión de Bush, Blair y Aznar en las Azores. Muchos años después, los soldados españoles volvían a estar desplegados en tierra de musulmanes, contribuyendo a una misión, la de darle a un país una nueva forma política impuesta desde fuera, que recordaba las razones modernizadoras y civilizadoras esgrimidas en su día por los teóricos y defensores del Protectorado español sobre Marruecos. El empeño se intentaba llevar a cabo, como entonces en Marruecos, y pese a las lecciones de la Historia sobre lo contraproducente de esa forma de proceder, sobre un territorio arrasado previamente por la fuerza de las armas, y en el que las armas seguían sonando. Además, como se vio tristemente con la emboscada en la que perdieron la vida siete agentes del CNI, también en Irak morían españoles, y la gente del lugar exhibía su odio vejando los cuerpos sin vida, igual que hicieran los rifeños con los soldados caídos en 1921.

    Fue entonces, con la misión aún en marcha, cuando surgió la primera idea de este libro. De un relato que contara los hechos, de innegable envergadura histórica, de la forma más completa posible y sin omitir la información relevante del contexto en que se producía la intervención; pero descendiendo sobre todo al punto de vista de los protagonistas, de quienes la habían vivido a pie de obra. Ese ejercicio ya no podíamos hacerlo más que de forma indirecta, o recurriendo a la ficción, con aquella historia de la guerra marroquí que a ambos nos apasionaba, porque los testigos estaban muertos. Pero respecto de la guerra de Irak era factible, al menos en teoría, acceder a las fuentes que habían conocido los acontecimientos de primera mano. Y a medida que fueron avanzando los meses, hasta el deterioro dramático de la situación materializado en los incidentes de Nayaf del 4 de abril de 2004, y la decisión final del nuevo gobierno encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero de retirar las tropas, nos fuimos persuadiendo de que no sólo había una historia que contar, sino de que debía ser contada.

    A finales del año 2004 se fraguó el proyecto, y durante los primeros meses del año 2005 gestionamos los permisos para entrevistar a los militares españoles que habían vivido en Irak acciones relevantes, y que a la sazón estaban dispersos en acuartelamientos repartidos por toda la geografía nacional. Obtenidos esos permisos, fuimos a verlos y hablamos con ellos; si no con todos, con casi todos: mantuvimos a tal efecto más de un centenar de entrevistas. También pudimos obtener abundante documentación de la misión y otros materiales heterogéneos que se citan a lo largo del libro y que nos ayudaron a elaborar el relato de los hechos bajo la premisa de aunar rigor, exhaustividad, viveza e inmediatez en la narración. No queríamos hacer, y esperamos no haber hecho, una crónica abstracta sobre unos hechos militares. Queríamos meter al lector en la piel de los protagonistas, hacerle vivir la guerra como se vive desde dentro.

    Entendimos que el peculiar equipo que formábamos nos capacitaba para la tarea. Un novelista, cuyo oficio consiste en urdir y contar historias, y un militar profesional con aficiones literarias y experiencia en misiones internacionales de paz, que conoce en carne propia la sensación de ir en un blindado en territorio potencialmente hostil y que está familiarizado con el día a día de la vida en el ejército. Juntar esfuerzos y recursos obedecía a la pretensión de hacer un libro diferente, ese que a los dos nos habría gustado encontrar, por ejemplo, sobre la guerra de Marruecos, y que nunca pudimos leer. Tal vez así dicho suene demasiado ambicioso, pero eso pretendimos.

    Al escribir este libro lo hacemos con el convencimiento de escribir Historia, una historia cargada y especial, como lo son todas, y ésta más porque todavía es una historia viva, con personajes que deambulan y se emocionan narrándola porque es algo que pertenece a sus vidas. Nosotros sólo hemos tenido que unir el puzzle de los testimonios con más o menos fortuna. Lo que da valor a este episodio es el hombre, y en particular el hombre como soldado arrojado a la batalla. «Lo que las batallas tienen en común es humano: el comportamiento del hombre que trata de reconciliar su instinto de conservación, su sentido del honor, y alcanzar un objetivo por el que otros hombres están dispuestos a matarlo. El estudio de la batalla es siempre un estudio de temor y a menudo de coraje; siempre de liderazgo, a menudo de obediencia; siempre de obligación, a veces de insubordinación; siempre de ansiedad, a veces de catarsis; siempre de duda e incertidumbre, falta de información y error, a menudo también de fe y a veces de visión; siempre de violencia, a veces también de crueldad, autosacrificio, compasión; sobre todo es siempre un estudio de solidaridad y a menudo también de desintegrado, porque es hacia la desintegración de los grupos humanos hacia donde se dirige la batalla». Es por tanto el individuo el que adquiere un mayor protagonismo en estas páginas, sus sensaciones ante la adversidad o todo lo contrario, porque lo que sucedió en Irak no avergüenza a quienes lo vivieron, al revés. Existe un sentimiento de orgullo generalizado entre los miembros del ejército que participaron en la operación, por lo que se hizo y cómo se hizo. Pero al final corresponderá a cada uno hacer su valoración, puesto que esta obra va dirigida al gran público sin olvidar a los soldados.

    El fruto del empeño es el volumen que el lector tiene entre las manos. Para no incurrir en la opacidad con que suelen presentarse los trabajos conjuntos, diremos que la planificación de la obra, el diseño de su estructura y de su alcance corrió a cargo de ambos autores, que también compartimos la realización de las entrevistas a los protagonistas. La redacción base del texto correspondió en su mayor parte a Luis Miguel Francisco, con aportaciones parciales de Lorenzo Silva. La forma final es el resultado de un trabajo de reelaboración y reescritura realizado por los dos autores, con el aporte de las puntualizaciones hechas por los entrevistados en las partes del relato que detallan las vivencias de cada uno. Del texto que contienen estas páginas, en definitiva, nos responsabilizamos ambos, en cuanto que responde a los mejores esfuerzos de los dos por darle a la narración el contenido y el pulso que a nuestro juicio pedía la historia.

    A lo largo de todo el relato, hemos tratado de centrarnos en los hechos, presentándolos desde el punto de vista de quienes los vivieron y, en todo caso, transmitiendo su apreciación subjetiva de los mismos. Todo lo que se afirma está respaldado en documentos o testimonios, que allí donde ha sido posible se han contrastado con otros. Cuando no es así, es porque creemos lo bastante fiable la versión dada. Hemos procurado que el relato sea directo, sin más elogios ni censuras a nadie que los que entendemos que caen por su propio peso. Ni se cargan las tintas ni se suavizan; tampoco al describir la conducta de los militares españoles. No encontrará aquí el lector, por razones obvias (y porque ambos autores compartimos además la convicción de que la actuación de las tropas españolas fue digna, en un escenario muy complejo y con directrices políticas y recursos cuando menos mejorables), el antimilitarismo que impregna ciertos relatos bélicos. Pero tampoco se ahorra reflejar la crudeza de las acciones. Como queda sobradamente probado en estas páginas, a partir de cierto momento, y aunque algunos quisieran ocultarlo, en Irak hubo combates en toda regla: en las condiciones propias de una guerra irregular y planteados por una minoría insurgente, sí; pero que tuvieron que afrontarse por los medios y con la firmeza que requería el caso. Para reflejar la opinión y valoración de los autores sobre la historia, que por cierto no es cien por cien coincidente, hemos preferido añadir al final dos epílogos separados, firmados en solitario por cada uno, y que nos permiten en el relato de los hechos ceñirnos a lo que creemos, según lo que hemos investigado, que sucedió.

  3. La cal de la crítica...

    “La aventura de las tropas españolas desplegadas en Iraq desde el 9 de abril de 2003 hasta el 21 de mayo de 2004 es un anticipo de lo que está sucediendo allí en la actualidad. Luis Miguel Francisco y Lorenzo Silva han hilvanado en un gran reportaje lo que vieron, vivieron y sufrieron en Iraq más de tres mil soldados españoles durante esos treces meses y medio. Sus fuentes son más de cien entrevistas con militares y abundante documentación de la misión facilitada por los mandos u obtenida de medios de comunicación. El resultado es un libro informativo, sin ánimo de polémica. Cuando critican, los autores lo hacen con diplomacia y moderación. “La actuación de las tropas españolas fue digna, en un escenario muy complejo y con directrices políticas y recursos cuando menos mejorables”, concluyen. “Aunque algunos quisieran ocultarlo, en Irak hubo combates en toda regla (de las tropas españolas)”. En la primera mitad del libro se describen las primeras bajas, el escenario, las improvisadas directrices, las mentiras, las medias verdades y los escasos recursos. En la segunda parte, los combates más importantes librados por las fuerzas españolas en las últimas semanas de su misión. El pulso del relato es muy desigual. La descripción de la emboscada del 29 de noviembre en Al Latifiya, con la que se abre el libro, me recuerda por su fuerza escenas de Nacido el 4 de julio o de Salvar al soldado Ryan. Lo mejor del texto es la mezcla suave, sin rupturas bruscas, de lo particular y de lo general. Son de agradecer, aunque escasas, las breves reflexiones personales sobre la vida militar, el sentido del deber, el espíritu de sacrificio y la importancia del factor humano. El 3 de abril de 2004 es una fecha decisiva. Sin informar a España, unidades especiales SEAL (siglas de tierra, mar y aire) de los EE.UU. detienen en Nayaf, zona de responsabilidad española y capital del chiísmo iraquí, al clérigo Mustafa Yaffa Al Yacubi, lugarteniente de Muqtada Al Sadr, el principal señor de la guerra en la zona. “Para el general Coll y todo su Cuartel General aquella actitud fue lo más parecido a un patada en los huevos”, escriben los autores (p. 202). Los medios de comunicación estadounidenses, empezando por la CNN, acusaron a las tropas españolas y se desató el pandemónium.
    Las ciento cincuenta páginas siguientes son una sucesión de combates, atentados, intervenciones, asaltos fallidos a las bases españolas y centroamericanas, y operaciones de rescate. “Con la jugada de la detención de Al Yacubi, los norteamericanos han hecho saltar por los aires la política española de diálogo y han arrojado a la Plus Ultra de lleno en la guerra” (p. 214). El coronel Asarta, uno de los héroes del libro, lo reconoce: “Habíamos conseguido que el Mahdi en Kufa estuviera reducido a la mezquita, fuera de las calles”. Tras la detención de su número dos, sus seguidores se levantaron en armas, se adueñaron de Nayaf y –con armas muy desiguales y una densa niebla informativa– pusieron a las fuerzas españolas en situaciones límite. Fue milagroso que no sufrieran muchas más bajas. Nadie, ni los autores ni los militares que se han confesado con ellos, reconoce abiertamente lo que muchos sospechamos entonces: que el Pentágono hizo trizas ocho meses de trabajo de España en Irak, poniendo en peligro muchas vidas, en represalia por la decisión de Rodríguez Zapatero, tras su victoria electoral del 14-M, de retirar las fuerzas españolas. Reflexión final: con amigos como estos, no necesitamos enemigos.”

    Felipe Sahagún, El Cultural.

    “No creo en las guerras justas. Ni en las llamadas “misiones de paz”. Cuando para implantar lo que se cree bueno, o simplemente mejor que lo existente, se necesita actuar a golpe de fusil, a base de cañonazos, creo que las palabras “justicia” o “paz” quedan muy lejos. Los grandes ideales y las buenas intenciones se caen por su propio peso al empaparse de sangre. Nadie necesitaba convencerse de que Sadam Hussein era un dictador de la peor calaña que existía. Su sistemática marginación y exterminio de las minorías (o mayorías) kurdas o chíies podrían haber supuesto ya de por sí razones suficientes para acabar con su régimen de terror. Pero fueron necesarias las mentiras sobre la posible existencia de armas de destrucción masiva, las no tan evidentes conexiones terroristas, la supuesta amenaza para la estabilidad de Oriente Próximo para que los EE.UU. y sus aliados tomaran al asalto Irak y sus recursos. Un acto de piratería sin legitimidad alguna. Entonces, toda aquella nebulosa de suposiciones se convirtieron en realidad y aquel país dominado por los ejércitos de una coalición de excelsas democracias, se tornó en un avispero lleno de terroristas integristas islamistas y un auténtico polvorín para la región. Un lugar muy poco recomendable en donde acabaron tres misiones de militares españoles, sin demasiada preparación ni equipo para enfrentarse a aquel país, a aquel conflicto.Este libro del militar Luis Miguel Francisco y el escritor Lorenzo Silva es el primero en el que una acción militar española contemporánea en un lugar tan conflictivo queda relatada con detalle, ritmo y pasión. No sólo eso, sino que los autores han elegido quizá la misión más peligros, en donde los soldados españoles tuvieron que hacer gala de su formación de combate. Engañosamente al público se nos vendió una misión humanitaria. Aunque la intentaran llevar a cabo, aquellos soldados se vieron envueltos en una situación de guerra. Tuvieron que disparar a mansalva y ser ametrallados y bombardeados sin descanso. Trágicamente tuvieron que matar y, en once casos, morir. Los soldados españoles, y los autores, recuerdan constantemente la película “Black Hawk Derribado” (Riddley Scott, 2001). Lo que viven se asemeja bastante a lo que vivieron los rangers americanos en la batalla de Mogadiscio en 1993. Una guerra irregular, asimétrica y traicionera, donde cualquier civil puede esconder una granada o un fusil, listo para ser disparado contra ellos. Sin embargo este texto, tiene más similitudes con el excelente trabajo periodístico de Mark Bowden (del mismo título que la película a la que inspiró y publicado en España por RBA) que con el filme. Su descripción es detallada y se ha intentado tener todos los puntos de vista, pero dando mayor peso al de los soldados de a pie; su devoción por estos hombres y mujeres es tan auténtica como dura su crítica hacia la clase política que los mandó con la única intención de figurar y, a sus aliados en primera línea: si Bowden no dedicaba precisamente flores a los soldados italianos y otras tropas multinacionales destinadas en Somalia, también Francisco y Silva cargan con dureza contra la forma de actuar del ejército norteamericano. Quizá se idealiza en exceso a la tropa española, pero parece un pecado que se antoja perdonable. No cabe sino aplaudir el esfuerzo de los autores por ofrecer este libro necesario que nos ofrece una oportunidad única para revisar y conocer la actuación del ejército español en Irak. Para acercarse a lo que sintieron aquella gente cuando las balas comenzaron a silbar en su dirección, cuando tuvieron que hacer fuego. Casi nada se olvida: desde el despliegue hasta la retirada de la bandera; de las primeras patrullas bastante placenteras, hasta los duros combates contra las milicias del Muqtada Al Sadr en Nayaf y Diwaniya; la emboscada que costó la vida a los agentes del CNI, todo ello figura en estas páginas relatado de primera mano. El libro concluye con un epilogo de cada autor. Tanto Francisco como Silva hacen balance de su labor en esta obra y de la guerra de Irak y de la participación de la tropa española en ella. Son visiones diferentes, pero ambas caminan en la misma dirección. El periodista Mark Bowden escribió “Black Hawk Derribado” porque la Batalla de Mogadiscio “es una contienda que Estados Unidos ha preferido olvidar”. Quizá este libro, sirva para que no olvidemos la, a pesar de todo, digna participación del ejército en un conflicto tan vergonzoso como el de Irak.“Y Al Final, La Guerra” es un relato tan profundamente antibelicista como militarista, donde los testimonios de los soldados españoles que allí fueron destinados sirven para hacer justicia a su poco reconocida labor en una guerra que la sociedad civilizada de su país despreciaba. Una denuncia de la barbarie y la sinrazón de un conflicto que enfrenta a los enemigos internos de Sadam con los enemigos que llegaron de fuera para derrocarle. Una prueba más de una guerra sin esperanza.”

    David Yagüe. Comentariosdelibros.com.
    En su reedición de 2014, notablemente corregida y aumentada para recoger, en el décimo aniversario de la retirada de las tropas españolas, los datos y las matizaciones que fuimos recabando desde la primera edición, el libro tuvo entre otras, esta alentadora reseña:
    “Esta no es una realidad moldeada por la ficción. El novelista Lorenzo Silva y el militar y escritor Luis Miguel Francisco hubieran podido ceder a esa tentación, dado lo novelesco del material que manejan, pero han preferido ser unos mediadores sinceros, completando así un reportaje fascinante, muy revelador, tan documentado como inusual Empecemos por los hechos: las tropas españolas llegan a Irak en una misión de reconstrucción, con planes de no involucrarse en el conflicto en términos operativos. Pero hay una mecha que ya está encendida. Hablar de hostilidad es una forma de mencionar lo inevitable. Al final, esa misión se resolvió en trágicas emboscadas, como aquella en la que murieron siete agentes de los servicios secretos al sur de Bagdad, y asimismo en combates tan duros como el que protagonizaron nuestros soldados en Nayaf, el 4 de abril de 2004, cuando la Base Al-Ándalus fue atacada por milicianos, fieles al clérigo radical chií Muqtada Al Sadr, poco después de que los SEAL detuvieran a Mustafa Yaffa Al Yacubi, lugarteniente de Al Sadr. El fuego artillero y el estruendo de los lanzagranadas RPG despertaron dramáticamente a quienes, viendo los telediarios, pensaban que los nuestros no corrían peligro. Ese día, los soldados españoles y salvadoreños de la Brigada Plus Ultra pasaron a ser protagonistas de un relato dramático y peligroso. Mucho se ha escrito, en términos políticos, sobre la presencia militar española en Irak, casi siempre con ideas y argumentos que avanzan como trenes en direcciones opuestas por la misma vía. Ya conocemos cómo progresó aquel debate, espoleado por la naturaleza dual de la sociedad española, dentro de un contexto en el que las manifestaciones pacifistas, contrarias a la intervención, fueron muy abundantes. Esa querella nacional, centrada en el encuentro de Bush, Blair y Aznar en las Azores, condujo a un olvido periodístico. Muy pocos atendieron a los soldados españoles, porque se entendía que aquel era un avispero del que era mejor salir. De hecho, también se subrayó desde determinados ámbitos políticos una relación causa-efecto entre la intervención en Irak y los atentados del 11-M (Una relación, por cierto, desmentida en la investigación de Fernando Reinares. Gracias a él, sabemos que los atentados fueron ideados a fines del 2001, en Karachi, Pakistán, e instigados por Amer Azizi, adjunto al jefe de operaciones externas de Al Qaida). A diferencia de lo que sucede en el mundo anglosajón, donde abundan los reportajes y libros acerca de sus operaciones militares, España no dispuso en este caso de obras equivalentes a Guerra, de Sebastian Junger, o Black Hawk derribado, de Mark Bowden. Y al final, la guerra es una feliz excepción. Lorenzo Silva y Luis Miguel Francisco, conscientes del terreno en el que se mueven, saben que el español medio suele refugiarse en un vago antimilitarismo, descrito por ellos en los siguientes términos: “la diferencia más ingrata entre un soldado español, un inglés o un americano es el respeto que su pueblo le tiene. En Gran Bretaña un militar, por lo que representa, tiene un cierto estatus. En España, el soldado profesional siente que para una buena parte de la población sólo es un colgado, con frecuencia un facha o Dios sabe qué”. No se me ocurre mejor cura para ese prejuicio que la lectura de este libro. En él, los soldados desplazados hasta Irak muestran su faceta más personal, a través de apasionantes testimonios con los que cualquier lector –aunque se opusiera a aquella guerra– puede identificarse. No es una obra exclusivamente destinada a los aficionados a la historia militar, sino un libro poderoso, emocionante, exhaustivo, centrado en los protagonistas de aquella misión, cuyo recuerdo de los hechos se documenta de forma impecable. Los autores reflejan todos los puntos de vista de las tropas españolas, describen con equilibrio el contexto político e inciden en observaciones muy oportunas sobre el desempeño del ejército norteamericano. En un futuro no lejano, Y al final, la guerra –que ahora se reedita, en una versión mejorada– será una obra imprescindible para comprender las operaciones de nuestros soldados en aquel desventurado conflicto.”

    Guzmán Urrero, The Cult.

  4. ...y la arena

    Por ahora, nada en este apartado.

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