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15 mayo, 2022

Madrileños olvidados

Amapola en trigal madrileño. Foto: L.S.

Acaba de celebrarse el 2 de mayo y como es habitual se han entregado las máximas distinciones que concede la Comunidad de Madrid. Como en otras ocasiones, figuran entre los que han recibido este reconocimiento no pocos que no son madrileños de origen, lo que es una señal de elegancia e inteligencia que está muy bien. No sólo lleva de las palabras a los hechos esa idea de que madrileño se puede hacer todo el que desee serlo, sino que ayuda a ensanchar el alma de Madrid y a hacerla universal.

Sin embargo, esta excelente práctica no tendría por qué ser incompatible con otorgar un mínimo recuerdo a madrileños que siéndolo por arraigo o por origen, y habiendo realizado acciones relevantes en la historia de Madrid y del país, incluso de Europa y aún más allá, resultan tan invisibles en el recuerdo oficial que en algún caso provoca estupefacción, cuando no sonrojo.

Podríamos empezar por uno de los primeros, que nació a orillas del Manzanares cuando Madrid todavía tenía su nombre originario, Mayrit, y lo poblaban quienes se lo dieron. Sí, esos a los que el otro día la presidenta Ayuso, con acierto dudoso, se refirió como «invasores». No cabe duda de que lo fueron aquellos pocos árabes y muchos bereberes que en el siglo VIII cruzaron el Estrecho y de quienes descendían los fundadores de la ciudad; pero no menos que en su día lo fueron los griegos, cartagineses, romanos o visigodos, a quienes sin embargo no se confina en esa condición ominosa para dejar de reconocerles sus méritos.

Méritos que no le faltaron, tampoco, al madrileño al que nos referimos: Maslama al-Mayriti, o lo que es lo mismo, Maslama el Madrileño —como C. Tangana, pero un milenio antes que él—, sobresaliente matemático y astrónomo, entre cuyos principales logros se cuentan la adaptación de las tablas astronómicas de Al-Jwarizmi al meridiano de Córdoba y la traducción al árabe del planisferio de Ptolomeo. Este se conservó gracias a su trabajo, difundido en Europa a través de Adelardo de Bath y Hermann Dálmata, dos estudiosos que lo conocieron, a su vez, merced a la labor de la escuela de traductores de Toledo. Maslama fue un madrileño que influyó en el desarrollo de la ciencia europea.

Casi nadie lo recuerda en Madrid. Es verdad que tiene una plaza en el distrito de Chamartín, antes llamada de Maslama y desde 2019 de Maslama al-Mayriti, su nombre completo, pero apenas está presente en el discurso oficial —que lo asimila ahora sin más a una horda de invasores— y no tiene la estatua que tal vez merezca más que otros a los que sí se les erigió. Se trata de quien llegó a ser considerado como el «Euclides de España».

Otro caso sangrante es el de un grupo de madrileños que hace quinientos años se conjuraron en nombre de la Comunidad de la villa —en la que se inspiraría el nombre de la autonomía madrileña— para defender los derechos de sus habitantes ante el abuso imperial. Fue en el levantamiento las Comunidades de Castilla contra Carlos V, que afirmó en plena era absolutista la dignidad de los gobernados y la preeminencia del bien común sobre los intereses particulares de quien gobierna. Un principio que más tarde había de inspirar el constitucionalismo moderno y que es el que hoy ampara nuestros derechos y libertades.

Hablamos de madrileños como Juan de Zapata, capitán de las tropas comuneras, Pedro de Sotomayor, procurador de la Comunidad de Madrid en la Junta de las Comunidades —lo que pagó con su vida—, Pedro Losada, Juan Negrete o Gregorio del Castillo. Desde el Centro de Estudios Castellanos hace ya tiempo que se ha instado que se incluyan sus nombres en el callejero madrileño, sin que la petición reciba siquiera respuesta. Quizá alguien tiene, como con Maslama, algún reparo o aspaviento de índole cultural o ideológica que le mueve a preferir ignorarlos.

Si esa es la razón, muy grande sería el desatino. Mostrarse reacio a rendir homenaje a la ciencia y el conocimiento, o a la lucha por la libertad y la dignidad de los ciudadanos frente al poder, es renunciar a participar en una reivindicación que puede y debe ser de todos, y propiciar que otros, más avispados, la desnaturalicen incorporándola a su propio discurso partidista.

(Publicado en elespanol.com el 8 de mayo de 2022).

La regla de Píndaro
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