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26 octubre, 2021

Mis respetos, Mr Lynne

«Yo tenía un maestro…» Con estas hermosas y evocadoras palabras comienza, sobre un primer plano extremo de un gordo y avejentado Gèrard Depardieu, la película Todas las mañanas del mundo, del francés Alain Corneau. Son las que me vienen a la mente para abrir estas líneas. También yo tenía un maestro, en ese preciso momento vital que recuerda el protagonista, y que no es otro que la adolescencia, cuando se imprimen en la mente y en el corazón las enseñanzas que permiten al hombre —y a la mujer— distinguir —o no— la verdad de la mentira, el tesoro de la morralla, lo que ha de hacerse de lo que conviene eludir.

Mi maestro, asombrosamente, era de mi misma edad, pero me aventajaba en intuición. He necesitado dar la vuelta al sol cuarenta veces para comprobar hasta qué punto y agradecer a mi memoria que guardara el rastro de sus ocurrencias, a veces extrañas y desconcertantes, y que hoy adquieren un sentido que entonces no siempre acerté a captar. Podría poner multitud de ejemplos, pero hay uno reciente que me sirve para ilustrarlo.

Ha sido ayer mismo, conduciendo solo y de noche por una desierta autovía de circunvalación madrileña, la más exterior de todas. Para relajar la mente, tras una semana laboral intensa que al fin a esas alturas del sábado podía dar por concluida, me dio por poner música y resultó que en el reproductor de CD del coche estaba Time, de la Electric Light Orchestra, que en esos ya lejanos días era el disco preferido de mi amigo y maestro.

A mí entonces me parecía una elección dudosa: los de la ELO eran, pensaba yo, músicos ligeros, poca cosa comparados con Pink Floyd, y menos brillantes que Supertramp si de hacer pop se trataba. No tenían una canción como Wish You Were Here o Hide In Your Shell, por ejemplo. Y aquel disco me parecía flojo entre los suyos, inferior, sin ir más lejos, a Out Of The Blue.

Y sin embargo, he aquí que a la vuelta de muchos años me acabé comprando el CD, por la nostalgia, supuse, y que de vez en cuando, por eso lo llevaba en el coche, me hacía gracia oírlo. Hasta anoche. Porque anoche, por primera vez, me fijé de veras en la letra de dos de las canciones que incluye: Yours Truly, 2095 y 21st Century Man. Y todavía continúo sobrecogido.

Conviene retener el dato: Time, el álbum que incluye estas dos canciones, fue publicado en 1981, hace ahora cuarenta años justos. Y en Yours Truly, 2095 se habla de una amante que está programada para ser muy amable, pero es fría como el hielo; que no para de decirte que le gustas, pero que se escabulle cuando tratas de tocarla; que es lo último en tecnología, casi mitología, pero tiene un corazón de piedra; que su cociente intelectual es de mil y uno, viste un mono y… es a la vez un teléfono. Muchos años antes de que Steve Jobs concibiera la idea, Jeff Lynne, el cantante, líder y letrista de la ELO, estaba viendo el iPhone y sus copias, la mirilla por la que millones de personas se asoman hoy a una realidad virtual en agónica busca de aprobación ajena.

No fue menor el escalofrío al decodificar, cuatro décadas después, esa otra canción futurista, 21st Century Man, dedicada a alguien que un día es un héroe y al siguiente un payaso, que debería estar feliz y contento mientras vuela sobre las ruedas del mañana, pero vaga por los campos de su amargura y se siente solo, en una vida que no es como pensó que sería. Por si fuera poco lo anterior, Lynne entrevé aquí la cultura de la cancelación que de un día para otro arroja al fango y el escarnio a los que ocupaban altares, el vacío infinito de los seres humanos que han comprado el espejismo de placer instantáneo de nuestra era.

Son muchos los que han intentado anticiparse al futuro, abolir la ilusión del tiempo que nos separa de él; pocos lograron afinar sus perfiles como lo hace aquí Lynne. Vayan mis respetos para él y mi gratitud para quien supo verlo antes que yo, mi amigo y mi maestro Carlos Soto. De quien sigo aprendiendo.

(Publicado en elmundo.es el 17 de octubre de 2021).

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