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21 junio, 2019

El alma de Madrid @elmundoes

 

 

Nací en una ciudad donde el nombre de las calles no estaba en las placas. Al menos, el de sus dos calles principales. Los que en ella vivían las llamaban Gran Vía y Castellana, y por tanto, porque una ciudad es lo que de ella dicen y quieren sus vecinos, esos eran sus nombres legítimos y verdaderos. En las placas que el ayuntamiento había fijado a las esquinas, en cambio, se leían las palabras «José Antonio» y «Generalísimo». Dos imposturas, dos aparatosas mentiras oficiales que los madrileños ignoraban con su natural desparpajo y que el tiempo acabó desclavando, para devolver su sitio a las denominaciones auténticas. Como es bien sabido, en los nombres están de algún modo las cosas, y esta lección onomástica no conviene olvidarla. Por cierto que no fue la primera: a la Gran Vía alguien quiso rebautizarla antes de otro modo, como avenida de la Unión Soviética, y tampoco tuvo en su afán la complicidad de quienes por ella caminaban.

Tiene Madrid, mal que pese a los que desde dentro y desde fuera gustan de reducirlo a un trazo de caricatura, a una sola nota que halague sus filias y sus fobias, un alma compleja y más díscola que pastueña. No es ese inerte agujero funcionarial que sueñan perezosamente sus enemigos, pero tampoco una falange de filas apretadas ni un tumulto libertario, como lo pretenden los que desde una y otra esquina buscan agasajarle el oído para arrimarlo a sus particulares intereses y agendas. Y es que tiene Madrid otra cosa que lo pone en el disparadero del deseo y de la invectiva: en él se ha cifrado siempre, en los últimos siglos, la llave del poder en el conjunto del país. Quien toma Madrid, se hace antes o después con el mando entero. Quien lo pierde se arriesga al desalojo completo, más tarde o más temprano. Puede no ser ya así en la práctica, pero permanece como símbolo.

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