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12 mayo, 2019

Cabeza y corazón @elmundoes

 

 

Quien sólo tiene corazón está expuesto a cometer las más graves estupideces. Quien sólo tiene cabeza, también. Quien se ha ejercitado en el uso simultáneo de ambos recursos cuenta con todas las papeletas para exhibir una inteligencia superior.

Hay historias que uno ve desde lejos, otras que le rozan de cerca, y otras que tiene la suerte de contemplar desde la media distancia, donde no enturbian la imagen el excesivo afecto o la excesiva inquina, ni tampoco una ignorancia absoluta. Acaba de irse un hombre al que no conociste en profundidad y al que no desconociste por completo. Los atisbos que de su personalidad tuviste, fugaces pero escogidos, te permitieron percibir de modo suficiente lo extraordinaria que era su cabeza y lo excelente que era a la vez su corazón. No temes al formular estos dos juicios tan contundentes dejarte arrastrar por la vana subjetividad. Son muchos los testimonios que los corroboran, y no sólo al calor de la generosidad de obituario, en un país que, como el interesado dejó dicho, te vapulea mientras vives pero entierra muy bien. Y más allá del parecer de unos y otros, están los hechos: cuando son muchos, no se dejan torcer para sostener lo que no fue.

Lo conociste una mañana de los primeros ochenta, en que os llevaron a todos al salón de actos del instituto donde cursaste el bachillerato para un acto académico. Allí estaba él, a quien os presentaron como un alto cargo del Ministerio de Educación. Es decir, como uno de los personajes a quienes menos os sentíais inclinados a escuchar tú y tus compañeros. Rápidamente, una vez que tomasteis asiento, salieron a relucir los cuadernos en los que cada uno dibujaba su tablero para jugar a los barquitos. Y sin embargo, he aquí que cuando aquel hombre tomó la palabra todos aquellos quinceañeros, tú incluido, dejasteis los bártulos de jugar y os pusisteis a prestarle atención. No recuerdas con qué argumento concreto supo captarla, pero a la vuelta de los años has enfrentado más de una vez el desafío de dirigirte a un grupo de adolescentes, y sólo existe una manera de salir airoso de él: apelando, con tino, a sus cabezas y a sus corazones.

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