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29 mayo, 2022

Cuando se van los mejores

Domingo Villar en Getafe Negro.

Ocurrió hace casi un cuarto de siglo, en un encuentro de escritores de mi generación que se desarrolló en tierras gallegas bajo los auspicios de un Premio Nobel. En medio de una de las sesiones, se me ocurrió decir que lo que buscaba al escribir era la emoción, tanto hallarla en lo que contaba como despertarla en quien lo leyera. Una escritora allí presente, omito su nombre porque no es importante y porque la anécdota no está reñida con su valía, reaccionó tan airada ante mis palabras, y habló de la emoción como algo tan bajo y vil, que casi llegué a dudar —era aún joven— si no se me habría escapado una inconveniencia.

Me acuerdo de este roce al hilo de la reciente y prematura muerte de Domingo Villar, un novelista tan amable y discreto que a más de uno se le puede haber pasado percatarse de su inmensa talla, como escritor y como ser humano. Declaró en cierta ocasión a un periódico tinerfeño, el Diario de avisos, que lo reproducía estos días: «Se puede hablar de crímenes y escribir novelas cultas, que sean hondas, que sean humanas y que sean, en suma, emocionantes, que nos arañen por dentro. No existe otro camino para emocionar al lector que escribir emocionado.»

Emocionar y escribir emocionado. Sin ningún pudor, sin ningún tapujo para hurtar el bulto a las diatribas de los críticos feroces. Porque Domingo era así, limpio, entrañable, verdadero, lo mismo si hablaba con un periodista, conversaba con un lector o un amigo o se sentaba a escribir, con paciencia de orfebre, uno de esos libros que le valieron, merecidamente, miles de lectores.

Nos dio tantas lecciones, en apenas quince años de carrera literaria. No menor fue la de escribir siempre al unísono, y con idéntico amor, sus libros en castellano o español y gallego. Qué ejemplo más luminoso y esperanzador, semejante al que nos dio algún otro —pienso en Joan Margarit, que también se nos fue en este bienio maldito para las letras—, frente a quienes creen que no hay mejor manera de defender una lengua que despreciar o arrinconar otra.

Domingo emocionaba en las dos, quizá porque antes se preocupaba de leer ambos textos en voz alta, a su padre primero y cuando le faltó este a sus hijos, para cerciorarse de que su relato estaba vivo y lograba conmover. Nada va a poder devolverles al padre que se fue demasiado pronto, pero en su memoria y en su corazón resonará siempre su voz cálida, honda y melodiosa, como lo eran —además de sabias— sus ficciones. Cuando se van los mejores, sólo un consuelo nos queda: el bello rastro que dejan tras de sí, y que nos ayuda a seguir viviendo.

(Publicado en diarios del Grupo Vocento el 24 de mayo de 2022).

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