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19 marzo, 2020

Diario de la alarma – Día 4

Soldado y ciudadano

18 de marzo – Militares

La imagen que abre esta entrada, lo indica la lambda del escudo, es de un hoplita lacedemonio. O espartano, como se prefiera. Para los espartanos, ser ciudadano era a la vez ser soldado. Pero no sólo para ellos: también para los atenienses. El ciudadano estaba además obligado a costearse el equipo, que era caro: el casco y la coraza de bronce no estaban al alcance de cualquiera. Antes de filosofar, Sócrates y Platón se jugaron la vida por su polis como soldados de infantería. Aquí tuvimos servicio militar, pero desapareció hace un tiempo. Es verdad, lo dice alguien que lo hizo, que no estaba bien diseñado, que era ineficiente e ineficaz en numerosos aspectos, incluida la defensa del país. Es verdad, también, que mucha gente tiene una legítima objeción de conciencia a tomar las armas. Sin embargo, no sé si fue del todo bueno abolir por completo el mensaje de que un ciudadano debe servir a su comunidad a cambio de nada y por un tiempo, entrenándose para defenderla en combate si es necesario o aprendiendo otra forma más pacífica de preservarla.

He escuchado a un dirigente independentista catalán —omitamos piadosamente su nombre— decir que en los hospitales no hacen falta militares. Lo que en realidad quería decir es que no quiere ver militares españoles en hospitales catalanes. En ningún rincón de Cataluña, para ser aún más claro. La expresión es en todo caso desafortunada: en los hospitales puede acabar haciendo falta la ayuda de cualquiera que pueda darla, y entre los colectivos que forman nuestra sociedad, por su disciplina, su entrega y su acreditada capacidad de sacrificio por sus conciudadanos, pocos como los militares están preparados para acudir y ser de utilidad allí donde se presente una situación comprometida. En la Comunidad de Madrid, donde a la gestión de esta emergencia sanitaria y humanitaria no le estorban esos repeluznos identitarios —cada vez más patéticos y de peor gusto—, un consejero ha reclamado ya el apoyo del ejército en el frente más horrendo de la epidemia: esas residencias donde los mayores quedan aparcados en tiempos corrientes —a veces por razones poderosas y comprensibles, a veces por simple comodidad— y que en los días de esta pandemia se han convertido en focos especialmente letales del coronavirus. Algún caso particular investiga ya la Fiscalía, pero no cabe duda de que el hecho, los muchos ancianos muertos en grupo en esos centros, nos interpela con carácter general de cara al futuro acerca del trato que damos a quienes nos dieron el ser y la posibilidad de estar aquí.

Volviendo al asunto, no deja de resultar llamativo, incluso irritante, este desdén contumaz hacia los militares por parte de algunos, incluso después de que les demuestren una y otra vez que están a su servicio y acudirán a socorrerlos donde sea necesario, sin reparar en la ideología que sustente quien precise de su ayuda. Es cierto que en la historia de España ha habido no pocos uniformados de infausta memoria: espadones arrogantes y ambiciosos en el XIX, salvapatrias crueles en el XX. Sin embargo, las Fuerzas Armadas de la democracia —superada la patochada del 23-F, que obró como vacuna— han tenido un comportamiento irreprochable, leal al gobierno constitucional y comprometido con la ciudadanía. ¿Nadie ha pensado en lo injusto que es hacerles pagar a estos hombres y mujeres, abnegados y serviciales, que siempre están en su sitio —salvo alguna excepción cada vez más exótica— los desmanes de otros a los que en su día no se les exigió responsabilidad y a quienes se les permitió vivir y morir impunes? Claro que quizá no se trata de eso. Quizá se trata, simplemente, de erosionar una de esas instituciones que demuestran que los españoles somos una comunidad sólida, resiliente y con capacidad de enfrentar la adversidad; una capacidad superior a la que tienen los pueblos que carecen de milicia, o lo que es lo mismo, de un grupo de ciudadanos dispuestos a darlo todo por los suyos, donde sea, como sea y sin pestañear.

Sé que no soy neutral: he vivido toda mi infancia y parte de mi juventud entre militares. Pero por eso mismo los conozco, y puedo atestiguar que, descartando la cuota de necios y de ofuscados que hay en cualquier rebaño humano, entre ellos he visto una capacidad de darse a los demás y una nobleza que he echado luego en falta en otros rebaños humanos por los que ha pasado mi vida. También un sentido del honor y la disciplina —o si se quiere ponerlo en términos civiles, de la decencia y el rigor— que son los que necesitamos de forma casi desesperada para salir de este atolladero. Desdeñar su concurso es dislate descomunal, y más entre quienes dieron en llamar «soldados» a personas cuyo sentido del honor consistía en asesinar a la gente a traición o volar edificios con niños dentro. O entre quienes aún hoy los comprenden, disculpan o expresan simpatías hacia su actuación.

El día ha concluido con un desmayado mensaje real, mientras en muchas ventanas sonaban las cacerolas pidiendo la república. No vamos a simplificar: la sociedad española sigue dividida entre el apoyo y la repulsa a la monarquía, mal que pueda pesarnos a quienes creemos que la república es el régimen más racional para designar a quien ocupa la jefatura del Estado. Sin embargo, las recientes revelaciones sobre la ya algo más que presunta desvergüenza del monarca anterior han dejado gravemente tocada la corona. Felipe VI ha recibido un legado en el que la carcoma asoma por doquier, y la percepción ciudadana de que en circunstancias como estas la jefatura del Estado que tiene de poco le sirve, se ha venido a ver agravada, y no mitigada, por una alocución inane que además ha eludido el elefante —nunca mejor dicho— que no cesaba de trompetear en la habitación.

Cruda labor tiene el rey por delante para conseguir que la princesa pueda ser reina, y en cierto modo es una lástima, porque republicano y todo, he de que reconocer que parece un hombre prudente y con sinceras ganas de hacerlo bien. El problema es el valor y la utilidad que tiene la institución que encarna, en general y ante un país que no por casualidad ha puesto a dos de sus antepasados en la frontera.

La cuarentena empieza a hacerse larga, pero seguimos aguantando. Los mirlos han vuelto a cagar en el jardín. Núria y yo tenemos tarea para el día del padre.

Actualidad, Diario de la alarma
About Lorenzo Silva

4 Comments
  1. Como me gustan tus comentarios, Lorenzo. Con que claridad refieres el pasado y el presente más actual, tan triste en el momento.
    Escribes de algunos personajes que fueron inservibles y otros servibes y hasta héroes.
    Me gusta cada día.

    • Mil gracias, amigo.

      • Tengo que reconocerte que la mejor forma de elegir Jefe de Estado es la republicana.
        Sin embargo vistas las 2 republicas anteriores me quedo como estoy.
        Parece ser que la republica alienta y aumenta la ambicion de los españoles y pone a su vista «la erotica del poder» o algo similar.
        Y el mejor ejemplo de ello es sin duda alguna el ciudadano Pablo Iglesias . .
        Un gran saludo.

        • Tengo mis problemas con esa idea de que los españoles somos un pueblo minusválido que no puede como otros sutentar una república, pero la respeto, se lo he oído decir a otras personas cuyo criterio me parece fundado en muchos asuntos. Gracias por participar en la conversación.

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