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27 abril, 2020

Diario de la alarma – Día 43

Esto había fuera

26 de abril – Atisbo de primavera

«Ya no me acordaba de cómo era». Ha sido la primera frase de mi hija Núria al salir pedaleando en su bicicleta al espacio abierto de la rotonda próxima a casa. La segunda ha ido en la misma línea: «Qué raro es estar aquí en la calle». Llevaba casi cincuenta días sin pisarla, porque nosotros nos confinamos unos días antes de que lo ordenase el Gobierno. Hemos hecho un recorrido de 45 minutos y no nos hemos alejado más de setecientos metros de casa, pero ha sido suficiente para que ella descargara una parte de las energías acumuladas y para que yo pudiera comprobar que la primavera ha estallado alrededor de nuestras vidas recluidas. Las flores amarillas que tapizaban los descampados cuando nos confinamos se han visto reemplazadas por una profusa mezcla de margaritas, flores moradas y otras amarillas de tonalidad más intensa. Mis conocimientos de botánica no son suficientes para darles nombre, pero no he podido resistir la tentación de hacerles una fotografía, para llevármela de vuelta a casa y mostrarla a quienes no han salido. Ese atisbo de primavera es también una invitación a la esperanza.

Como no es una zona muy poblada, apenas nos habremos cruzado con media docena de grupos infantiles acompañados por sus padres. Todos cumpliendo las normas salvo uno, con el que paseaban los dos progenitores. Poco después de cruzárnoslos nos hemos topado con un coche de la policía local que iba en su dirección: me pregunto si les habrá caído amonestación o multa, y me pregunto también qué necesita la gente para tomarse en serio lo que se le dice. No por sumisión a la autoridad, sino porque la mayoría de la ciudadanía se fastidia y porque a estas alturas es evidente que el/la covid-19 no es una broma. Muere gente, y hoy he visto unos informes de pediatras que recogen síntomas nada desdeñables en niños infectados: erupciones, dolores abdominales agudos, neumonías. Son pocos, pero me extraña que haya padres que quieran meter a sus hijos alegremente en el bombo a ver qué es lo que les depara el sorteo.

Las redes se llenan, sin embargo, de imágenes de incumplimientos: muchos casos de familias enteras paseando, niños jugando partidos de fútbol, gente sentada en los bancos como en un día de excursión. No es lo que yo he visto en las calles de mi barrio, y ya se sabe que en las redes puede distorsionarse con facilidad la realidad con unas pocas imágenes, metiendo una trucada y otra de hace dos años. En todo caso, parece que más de un caso de indisciplina se da, y en seguida se desata una campaña de descrédito y vituperio de los padres con hijos pequeños, a quienes se nos tacha poco menos que de desaprensivos y peligro público. Es una dinámica corriente en nuestra sociedad, que la pandemia parece haber agravado: la división en bandos que se profesan acérrima enemistad por cualquier rasgo —o interés— que los diferencie: los sin perro contra los con perro, los sin gato contra los con gato, los sin hijos contra los que procreamos, enemistades todas ellas reversibles y que por un fenómeno reactivo no tardan en manifestarse en sentido inverso.

Me resultan profundamente desalentadoras, y me cuido de caer en ellas. No me privo de deslizar alguna ironía, alguna me he permitido aquí por ejemplo con el  uso y abuso de los perros para pasear, pero no concibo que un hecho así justifique despotricar contra los dueños de perros. He tenido uno, medio chucho —por eso esta palabra para mí es sinónimo de animal inteligente y digno de afecto, no le doy el sentido peyorativo que se le suele atribuir—, ahora no lo tengo, pero me niego a que eso me haga beligerante en ninguna guerra. Que cada cual viva y me deje vivir. No me importa que un perro ladre alguna vez, es su naturaleza; me fastidia pisar la mierda que su dueño no ha recogido. Tampoco me molesta que un niño llore o corra, ambas cosas tiene que hacerlas; lo que me resulta irritante es que invada el espacio ajeno mientras su padre o madre se distraen con el WhatsApp.

De todos modos, si el Gobierno no quiere que dentro de quince días las cifras le den un disgusto, parece que va a tener que lanzar un mensaje algo más claro sobre lo que significa acompañar al niño para que este salga. Y como ese mensaje no llegará a todos, a algún policía le tocará concretárselo vía multa a más de un padre.

Hoy, para aliviarme de la toxicidad que produce seguir las manifestaciones de políticos y opinadores —toxicidad que puede que tengan estas líneas, y por la que pido disculpas—, me he dedicado a leer sobre todo declaraciones de científicos. Hay uno en concreto que me produce alivio y bienestar cada vez que me lo tropiezo: el doctor Enjuanes, virólogo, experto en coronavirus y en estos momentos a cargo de uno de los grupos que buscan una vacuna en el CSIC. Como suele pasar con quien de veras sabe, es un hombre humilde y prudente. En su caso, no sólo conoce el virus como científico: también se ha visto infectado por él a sus 75 años, aunque por suerte para todos ha pasado la enfermedad sin síntomas.

En una entrevista que le hace El País dice cosas tan sensatas y terapéuticas que son para enmarcarlas. Que los chinos se vieron desbordados y perdidos y que eso ayudó a que los demás fuéramos después despistados en la respuesta. Que es absurdo pensar que el virus se sintetizó en un laboratorio, porque estaría loco quien lo soltara sin contar con una vacuna. Que en España es difícil decir que con la información —mala e incompleta— que se tenía se haya hecho una gestión manifiestamente negligente de la crisis; cuestión diferente es lo de Reino Unido o lo de EE.UU. Que sobre la mortandad que el virus ha causado en España e Italia honestamente no sabe cuál es la razón, tan sólo puede conjeturar que se deba a que el virus haya llegado mejor adaptado para transmitirse o a que tenemos una población más envejecida. Que es de esperar que en el verano, con el calor y la radiación solar, el virus sea menos infectivo, pero que volverá como la gripe estacional, con la que en esta primera oleada se confundió y por eso costó detectarlo. Y que la vacuna tardará, y la mayoría de los proyectos para alcanzarla, incluido el suyo, tienen pocas probabilidades de llegar a puerto.

Su realismo y su rigor son un soplo de aire fresco. Es de estas personas serenas y conscientes de lo que tienen entre manos, que no dejan de intentarlo aunque saben que el éxito es difícil, de quienes dependemos ahora. Tendríamos que escucharlas más y darles más espacio, y disputárselo un poco a los pescadores en río revuelto.

Leo también en La Razón un artículo en el que una anestesista cuenta sus experiencias con la epidemia. Entre otras cosas, llama la atención sobre el hecho de que muchas de las UCI improvisadas que ha habido que crear a toda prisa no las están atendiendo intensivistas, sino anestesistas y médicos de otras especialidades que han tenido que reconvertirse sobre la marcha. También sobre el riesgo extremo al que se ha sometido a los profesionales sanitarios, entre los que ha habido bajas que les han minado la moral mientras tenían que luchar contra el virus en jornadas extenuantes. Una de sus frases es demoledora: «No somos héroes, porque a los héroes se les respeta, se les trata con dignidad y se les protege.» Se duele de que después del esfuerzo que han hecho el pago que recibirán muchos de los profesionales que han contenido el tsunami  —eventuales, residentes— será el despido y la vuelta a un mercado laboral donde no les va a ser fácil encontrar dónde colocarse. «Compartimos la sensación de que cuando todo esto acabe la gente se olvidará de nuestra labor y de la necesidad de proteger la sanidad pública», dice. Y lo peor de todo es que probablemente tiene razón.

Por último leo en The Guardian una entrevista a Christian Drosten, director del Instituto de Virología del hospital Charité de Berlín, y responsable de la exitosa estrategia alemana contra la pandemia. También destaca por su prudencia a la hora de hacer afirmaciones sobre cuestiones en las que carece de datos suficientes, advierte sobre la alta probabilidad de una segunda ola y dice que ni siquiera Alemania, con su gran capacidad para hacer pruebas y sus envidiables cifras, puede relajarse. Asume con resignación que mucha gente le odia por haber recomendado anticipar las medidas restrictivas cuando había pocos casos y mantenerlas cuando los hospitales siguen sin verse desbordados —recibe incluso amenazas de muerte que pasa a diario a la policía, dice— y argumenta que es fácil hablar de sobrerreacción a la amenaza mientras está controlada, pero que quizá sería bueno que miraran cómo están las cosas en Nueva York o España. Valora la gestión de la crisis de Merkel, que es una científica que entiende que a la gente hay que decirle lo que hay y saber explicárselo. Por indicación de Drosten la canciller advirtió a los alemanes de que el virus infectaría al 60 por ciento de la población, algo que aquí fue tildado de exagerado y alarmista. Qué diferente se ve ahora.

Lo que me queda claro, después de este ejercicio, es que necesitamos tener más en cuenta las voces de quienes saben de lo que hablan, no hablan si no saben y nos dan así la única pista fiable para abordar las complejidades del mundo en el que nos ha tocado vivir. Y para administrar este conocimiento necesitamos menos charlatanes ocurrentes y preocupados por complacer a su auditorio, que ocupan demasiado espacio en nuestro discurso público, y más líderes sin miedo a decir y decidir lo que sea necesario y capaces de apechugar con las consecuencias, sin echar balones fuera, culpar a otros o escudarse en el consejo ajeno recibido.

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