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29 abril, 2020

Diario de la alarma – Día 45

La valla sigue ahí

28 de abril – De paradojas y límites

Lo cuenta Heródoto al principio de su Historia, que repaso en estos días para seguir comprobando que todo lo que nos pasa ya nos ha pasado, que los aciertos nos cuesta un horror repetirlos pero tenemos una capacidad ilimitada de reproducir los errores y, en fin, que los antiguos griegos lo escribieron y pensaron ya todo, sin que los que vinimos después hayamos sabido aprovecharlo.

Dicen y Heródoto recoge que Solón, el sabio ateniense y legislador de su ciudad, recaló en la corte de Creso, rey de Lidia, cuando este se hallaba en el cénit de su poder. Creso trató de impresionarle con sus riquezas, para que Solón concluyera que no había hombre más dichoso. Pero a la pregunta de quién era el mortal más dichoso del que tenía noticia, Solón dio los nombres de otras personas, mucho más humildes que Creso y alguna muerta en plena juventud, lo que provocó la exasperación del monarca. Solón entonces se lo explicó: no es posible dictaminar sobre la dicha de una existencia humana sin atender a su final, y no se sabía aún cómo iba a acabar la de Creso. El tirano lidio no podía entonces sospecharlo, pero tiempo después se vería en lo alto de una pira a punto de arder en ella, y aunque finalmente pudo eludir ese destino horrendo, lo hizo al precio de someterse como siervo al persa Ciro, que según cuenta Heródoto se apiadó de él cuando Creso le refirió lo que le había dicho Solón, tras despojarlo de su reino y sus riquezas.

Recoge Heródoto a propósito del intercambio entre Solón y Creso una curiosa afirmación del sabio: el límite de la existencia humana está en los setenta años. Según otros comentaristas, el ateniense habría fijado ese límite en los ochenta años, lo que hace pensar al lector que el aserto de Solón depende algo de la edad del cronista, copista o glosador a través del que nos llega. En todo caso, lo que me interesa es esa idea de que el ser humano debe aceptar que su existencia no sólo será feliz o no en función de cómo acabe, sino que tiene un límite al que le guste o no debe someterse, y que ese límite, aunque parezca una paradoja, es determinante de la posibilidad de su plenitud. Más acá de él, incluso aunque la parca nos arrebate a una edad mucho menor, la plenitud es posible; más allá, lo que nos aguarda sin remedio es la ruina de nuestro empeño existencial.

La idea resulta peligrosa en estos tiempos en los que en alguna unidad de cuidados intensivos sobresaturada se ha llegado a descartar preventivamente a personas de menos de setenta años, ha habido gobernantes que han planteado limitar los derechos civiles de los mayores de esa edad y sigue habiendo quien piensa y se atreve a decir que incluso si la epidemia va remitiendo habrá que mantener confinados a los ancianos hasta que se encuentre vacuna o remedio.

Sin embargo, todo texto debe leerse a la luz de la época en la que se escribió y desde aquella en la que se interpreta, so pena de despachar sobre los antiguos etiquetas que no merecen, en función de las circunstancias que imperaban en sus días. Quizá donde Solón dice setenta —u ochenta, según sus transmisores más provectos, o generosos— ahora debemos entender noventa o cien, con las excepciones —raras— de quienes tienen una naturaleza superior que les permite navegar airosamente incluso más allá de ese umbral cronológico. Lo importante es que tenemos un límite y conviene que sepamos convivir con él como individuos. Tratar de ir más allá a todo trance nos aboca a al absurdo y al desastre.

Y ese límite que tenemos como individuos, aunque nos hemos empeñado en olvidarlo, convive con otro límite que tenemos como especie, y que también nos obstinamos en ignorar. Leo hoy en El Confidencial una entrevista de Juan Soto Ivars a Fernando Valladares, un científico que estudia los ecosistemas y que dice que teníamos una vacuna estupenda contra el virus que nos hemos cargado: la propia naturaleza, que propicia el equilibrio entre especies; un equilibrio que hemos roto provocando que un virus que, como los demás, formaba parte del ecosistema y estaba controlado, escape a ese control y salte a nosotros.

Según razona, de forma admirablemente pedagógica, si presionamos sobre los ecosistemas de manera que retrocedan las especies que pueden frenar la infección, porque en ellas el virus se contiene, y en cambio damos más cancha o nos aproximamos a las más infectivas, el indeseable salto está servido. Y eso es lo que hemos provocado, no sólo con nuestra alteración de los hábitats naturales de muchas especies, acercando a unas a la extinción y propiciando que otras proliferen sin medida, sino con la invasión humana de tantos territorios antes vírgenes, agravada por la movilidad global de las personas, que facilita que cualquier infección se disemine rápidamente a escala planetaria.

En definitiva: la especie humana ha roto sus límites, en busca de su satisfacción, su felicidad, su riqueza, o simplemente el halago de su soberbia: y la paradoja es que ha desatado sobre sí la enfermedad, la desgracia, la pobreza y la humillación de vivir en confinamiento. Nos guste o no, para escapar a esos cuatro jinetes de nuestro apocalipsis autoinfligido tendremos que recobrar la conciencia de nuestros límites y resignarnos a vivir dentro de ellos. Casa mal con la naturaleza y la ambición de la criatura humana, pero más vale que entendamos cuanto antes que a nuestra ilimitada imaginación —territorio único de nuestra verdadera libertad— no le corresponde una realidad física y biológica igualmente ilimitada.

A efectos de nombrar esa nueva forma de ser y estar en el mundo que nos va a tocar asumir, al menos a corto plazo, para salir del lamentable agujero en el que estamos, el presidente Sánchez, que hoy ha anunciado cómo serán las fases de la desescalada del confinamiento —la fraseología epidémica alumbra los sintagmas más atroces—, ha propuesto un oxímoron de dudoso acierto que en seguida ha hecho fortuna como pasto para chistes en las redes sociales: «nueva normalidad».

El itinerario hacia esa situación, que comenzará el 4 de mayo, lo ha dividido en cuatro fases, de la 0 a la 3, y hasta que no se haya completado en todas las provincias —unidad territorial escogida como referencia, para furia de los representantes de naciones irredentas— no será posible moverse de una a otra. Respecto de la duración de cada fase no ha dado referencia cerrada, dependerá de cómo evolucionen los contagios y curaciones, pero parece difícil que en las comunidades más afectadas —como Madrid, donde estoy empadronado, y Castilla-La Mancha, donde llevo confinado desde principios de marzo— se supere la fase 3 antes de finales de junio. Veo pues mi horizonte reducido para los próximos dos meses a la provincia toledana. No es tan malo: es bastante extensa, y si en algún momento puedo acercarme a su magnífica capital, que tengo a veinte minutos de casa, para pasear junto al Tajo o visitar alguna librería, será un hermoso desahogo. La cruz es que voy a tardar en poder ver a aquellos de los míos que siguen confinados dentro de los límites de Madrid.

Esta circunstancia, y tomar conciencia de que las salidas van a seguir tasadas y condicionadas, me descubre que la «desescalada del confinamiento hacia la nueva normalidad» no es sino una perífrasis para designar la prolongación de la cuarentena durante dos meses más, que quizá es lo que hay que hacer, pero no lo que se quiere decir. Me imagino que nuestros gobernantes tratan de favorecer con ello un cierto cambio de paradigma mental en la población, porque mantener durante demasiado tiempo el mismo no es saludable para ningún cerebro. Y aunque soy consciente de las intenciones de esa maniobra, incluidas las que tienen que ver con la propaganda gubernamental a favor de su gestión de la crisis, he decidido esta tarde aplicarme la receta por voluntad propia y con un sentido estrictamente personal.

La idea me ha venido mientras paseaba por mi hija por un camino rural, a la derecha un campo de cereal y a la izquierda otro cuajado de flores silvestres. El cielo era de un azul intenso en los huecos que dejaban las nubes, el aire transparente, y soplaba un viento fresco y constante que despejaba la mente y acariciaba la piel. A Núria le ha encantado ese paisaje que nunca antes había hollado, y eso que está a apenas quinientos metros de nuestra casa. Más de una vez habíamos pasado junto a esos campos, pero nunca habíamos tenido la curiosidad de internarnos por el camino en cuestión. Por cierto que dudo si podremos hacerlo cuando entremos en la fase de aplicación del límite provincial: los dos campos que flanquean el camino, el cultivado y el silvestre, forman parte del término de Casarrubuelos y por tanto de la Comunidad de Madrid. No sé si el hecho de que sean una zona completamente despoblada nos permite la licencia.

El camino

El caso es que ha sido ahí, viendo a mi hija disfrutar de su nueva libertad —así sea tasada en una hora— y del espacio abierto que se le ha estado negando todo este tiempo, cuando he decidido que el próximo 4 de mayo, aunque siga como mis conciudadanos con mis derechos civiles ambulatorios severamente restringidos, voy a declararme en una «nueva anormalidad», distinta de la que para entonces llevaré ya cincuenta días viviendo. Voy a empezar a abrir las ventanas de mi vida y de mi imaginación, dentro de los límites que me impone mi naturaleza de individuo humano, por un lado, y por otro mi condición de miembro de una especie sacudida por una epidemia todavía no controlada como resultado de sus muchos desatinos.

Por tanto, y aunque formalmente sigamos en la prórroga del estado de alarma vigente hasta el 9 de mayo, decretaré para mí el fin de la alarma vital que motivó este diario y el paso a una nueva, con otros afanes y otras posibilidades. La primera consecuencia es que clausuraré estas páginas, que registrarán su última anotación el 3 de mayo. Ya es el diario más largo que jamás he escrito: nunca, en ninguna de las tentativas anteriores, aguanté ni de lejos los cuarenta y seis días sin faltar uno solo que hoy se cumplen. Y no hay que dejar que las cosas se extiendan más allá de lo justo, lo razonable y lo debido: ni nuestros días en esta vida, ni el espacio que ocupamos como especie, ni cualquier relato, de la índole que sea.

El cuerpo y el alma me piden otras cosas: empezar a dejar atrás este cerrojazo, aunque sigamos encerrados; dejar de levantar acta diaria de esta tragedia, aunque la tragedia siga, el olvido no sea una opción para los seres conscientes y su narración haya de seguir por otros medios y otros cauces, en los años venideros; y poner manos a otras obras que se proyecten hacia el futuro. Yo tenía ya en mente una novela, y en ella me enfrascaré a partir del próximo lunes. No será sobre esto, aún, porque aún no ha acabado y aún no lo he digerido. Pero también esa llegará, si se me conceden el tiempo y las fuerzas. La inspiración no va a faltar.

Así que comienza la cuenta atrás. Este diario ya ha empezado a morir. O lo que es lo mismo, a acercarse —como todo— a su límite, que no debe aspirar a trasponer.

Actualidad, Diario de la alarma
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7 Comments
  1. José Manuel Corraliza 29 abril, 2020 at 1:08 pm Responder

    Todo tiene su fin y también lo tendrá este diario. Muchas gracias porque a algunos lectores nos ha ayudado a hacer más amenos estos días tan oscuros.

    • Lo celebro de veras. Creo que es mejor interrumpirlo cuando aún sea así…

    • No me he perdido ni un solo día tus diarios y las clases de los clásicos que incluían, ha sido un verdadero placer.
      Desearte mucha suerte en tu nueva novela y nos vemos, si las fases y esta nueva normalidad lo permiten, en la presentación de «El mal de Corcira», deseando ver a mi Vila con 26 añitos.
      Tengo pendiente leer «y te irás de aquí».
      Espero que pronto puedas pedalear junto a Núria y ver a los tuyos.

      Un abrazo.

      • Gracias, amiga. El sábado creo que puedo sacar ya la bici yo también. Será parte de la penúltima anotación. Y a nada que la nueva normalidad lo permita, iré a presentar la novela a Barcelona, por supuesto. Abrazo de vuelta.

  2. Ha sido mi cita diaria, casi la voz de mi conciencia. Lo echaré de menos

  3. Os voy a echar de menos, a ti y a los griegos, pero entiendo que todo tiene un principio y un fin. Y aunque el fin de esta pesadilla todavía no está escrito, tenemos que seguir hacia adelante con la vida, en las circunstancias que nos toquen. Tampoco sería justo que tuvieras que seguir encadenado a este diario, a la vista de que lo que antes conocíamos como normalidad tardará en volver y seguro que tampoco será igual.

    • Gracias, Estrella. Sí, no me quería quedar a piñón fijo, y menos convertirlo en rutina. Además, necesito escribir otras cosas… Gracias por acompañarnos, a los griegos y a mí.

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