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30 abril, 2020

Diario de la alarma – Día 46

Abandonen sus madrigueras

29 de abril – Trucos para negociar (y acabar pactando algo)

Hoy ha habido sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Ha sido muy edificante. El líder de la oposición ha tildado de ridículo el desempeño del Ejecutivo, el presidente de este ha recordado una vez más el desmantelamiento de los servicios públicos achacable al partido de su interlocutor, los portavoces de la oposición montaraz han llamado corruptos y comunistas a los que nos gobiernan y en defensa del gabinete el vicepresidente ha lanzado una lluvia de venablos que ha redondeado calificando de parásitos e inmundicia a quienes le interpelaban. Como guinda del pastel, el portavoz de la versión catalana del separatismo constructivo —ese concepto— ha amenazado con retirar su magnánima abstención y empezar a sabotearlo todo si no se tienen en cuenta las implicaciones virológicas de su hecho diferencial para pasar a la fase de desescalada. En cuanto a la versión vasca del estar y no estar en el empeño común, también ha asomado los dientes. Que eso de gestionar algo por provincias es de un centralismo maloliente.

El único que ha mantenido una cierta compostura es el ministro filósofo de Sanidad: para algo debía servirle su formación. Ha declinado entrar al trapo de los vituperios con que lo ha cubierto la portavoz de la derecha más radical, que no se ha privado de poner en duda su honradez, y le ha respondido con contenida y prudente indignación.

Todo va bien, sin duda. Vamos a afrontar la delicadísima maniobra de desconfinar bajo los mejores auspicios. De momento, parece que las presiones autonómicas van a obligar al pobre ministro Illa a renunciar a gestionar por provincias las fases del desconfinamiento. Leo en la prensa que un catedrático de epidemiología de Harvard, español, entiende que es la mejor referencia, por su tamaño y porque resulta clara para la población: todo el mundo sabe cuándo cambia de provincia, nadie tiene ni idea de los límites de las áreas de gestión sanitaria, que es lo que proponen varios gobiernos autonómicos. Qué más da. Como en tantas otras cosas, se hará lo que más convenga a la necesidad de cada cacique de hacerse notar.

De todos modos, lo que hay en juego es mucho más que cómo salimos de nuestro arresto domiciliario. Si se logra completar esa maniobra sin gran estropicio sanitario todavía queda lo peor: volver a hacer funcionar un país empobrecido y con su primera industria aniquilada quién sabe por cuánto tiempo. Las peticiones de ayuda a Cáritas —básicamente, comida— se han multiplicado por tres. La mitad de la gente que se acerca a pedirla no había ido nunca. El PIB del primer trimestre ha caído un 5 por ciento —y eso que se pudo funcionar durante dos meses—. Esto es un naufragio de proporciones todavía desconocidas.

Como me dijo el otro día mi buen amigo José, va a ser como salir de una guerra, con la sola ventaja de no tener que reconstruir las infraestructuras que en una guerra suelen bombardearte y dejarte destrozadas. Y el hambre y la necesidad van a empezar a generar problemas: ya está repuntando la delincuencia, con atracos a farmacias, los únicos comercios que en estos días tienen recaudación. Y esperan una oleada de robos en las segundas residencias a las que sus propietarios no podrán acercarse hasta junio.

La necesidad imperiosa de un pacto para la reconstrucción resulta evidente. Los mimbres, sin embargo, no pueden ser peores. Dada la situación, rescato del fondo de mi memoria los trucos que me sirvieron a mí cuando era parte esencial de mi trabajo como abogado tratar de llegar a acuerdos entre partes con intereses contrapuestos, incluso muy contrapuestos. No son muchos, ni muy complicados.

Primer truco: sal de la madriguera de tu propia posición. Es cómodo, es lo que la inercia y el cuerpo le piden a uno, pero si te quedas ahí, no negociarás ni pactarás nunca nada. Tienes que aceptar que el pacto sucede ahí fuera, a la intemperie y en la incertidumbre, no en el cálido reducto de tu comodidad y tu interés.

Segundo truco: haz un análisis de hasta dónde puedes renunciar a tus intereses sin comprometerlos de manera inasumible. Para negociar tienes que ofrecer, y antes de ofrecer nada tienes que hacer el inventario de las plumas que te puedes dejar en la negociación sin que aquellos cuyos intereses representas —tú mismo si eres el concernido por la negociación— te acusen de haberlos vendido. Sin embargo, es muy posible que este análisis, por sí solo, no sea suficiente para hacer viable un acuerdo. En ese caso te toca sopesar si puedes vivir sin acuerdo —esto es, en el pleito— o si la necesidad o las circunstancias te empujan a pesar de todo a forzar la máquina para encontrar una solución pactada al conflicto de intereses. Si no puedes afrontar el litigio, tendrás que hacer algo más. Y aplicar el siguiente truco.

Tercer truco: ponte en el lugar del otro y desde ahí intenta hacer el mismo análisis que has hecho antes para ti mismo. Es decir: hasta dónde puede renunciar sin que las posiciones que representa se vean traicionadas o comprometidas de manera insoportable. En la mayoría de los casos, hallarás que esa renuncia máxima posible no llega hasta el punto al que llega la tuya. El territorio que existe entre ambas es la franja en la que se sitúa el único acuerdo verosímil; un acuerdo que será incómodo para ambos, pero asumible porque lo que cede uno lo equilibra lo que cede el otro. Idealmente, el acuerdo estará en su punto medio, pero no siempre es así: depende de cuánto necesita el acuerdo o teme el litigio cada una de las partes, o de si alguna ocupa una situación de ventaja relativa respecto de la otra. 

No hay otra manera. Quien no está dispuesto a hacer este penoso ejercicio no está dispuesto a negociar y, por tanto, tampoco a pactar nada. En la situación actual, si el Gobierno quiere de veras ese pacto que admite que es necesario, tendrá que tomar la iniciativa de buscar un punto de acuerdo creíble en la zona de nadie: es legítimo que de entrada lo plantee más cerca de su punto de renuncia máxima que del de la oposición; pero lo que no puede es situarlo en el dominio de sus intereses. En cuanto a la oposición responsable, si la hubiere, no tiene por qué, pero nada le impide tomar la iniciativa de análoga manera, con lo que comprometería al Gobierno y de paso ganaría el plus de credibilidad que ahora mismo no tiene.

Mientras cada uno siga increpando al otro desde su torre, sin mayor diligencia ni actividad, que nadie se engañe: nos están tomando el pelo.

Vuelvo a pasear hoy con Núria por el campo que hay cerca de casa. En cierto momento me quedo mirando la imagen de un olivar más allá del cultivo de cereal. Pan y aceite: es el sustento de la gente lo que está en juego. Si no encuentran la manera de dejar de insultarse por sus querellas viejas, de la era anterior a este nuevo mundo al que nos ha transportado un virus —«malas noticias envueltas en proteínas», según la definición de Jean y Peter Medawar—, no vamos a tener forma de perdonárselo. A ninguno, hagan lo que hagan para culparse entre sí.

Pan y aceite

En el paseo nos tropezamos con un par de conejos y un par de perdices. Núria nunca había visto una perdiz. Se monda de risa al ver lo rápido que corren. También le llaman mucho la atención las madrigueras que los conejos han excavado en un talud, y por donde desaparecen los dos que avistamos. El aire sigue siendo limpio, el cielo azul, y mientras la veo brincar y reírse pienso, a propósito de las madrigueras y de los conejos que se esconden en ellas, en lo mucho que nos estamos jugando y las malas manos en que estamos. Para no deprimirme, prefiero evocar las lecturas que hemos estado haciendo juntos estos días.

Continúa leyendo con Noemí La historia interminable y le ha escrito una preciosa carta de agradecimiento a Michael Ende, que es una pena que ya no podamos enviarle. Le habría reconfortado leerla. Hemos terminado los cuentos que incluye Corazón, de Edmondo de Amicis. Como era de esperar, el que la ha tenido poco menos que embrujada es De los Apeninos a los Andes. Al ser el más largo, pactamos leerlo en varios días, pero al final me tocó quedarme sin saliva juntando las tres últimas entregas. No podía esperar para saber si Marco acababa encontrando a su madre al pie de la inmensa cordillera americana. También le impresionó el último, Naufragio, en el que un chaval siciliano —conoce Sicilia, donde estuvimos el verano pasado, y le llamó por eso la atención— acepta sacrificarse y ahogarse para que una chica ocupe el último lugar que queda en un bote salvavidas.

Nadie espera que quienes nos dirigen atraviesen a pie una llanura inmensa, como Marco, y menos aún que se sacrifiquen por nosotros, como el heroico muchacho siciliano. Ya sabemos que algo así sobrepasa su condición y sus aptitudes. Bastaría con que supieran sentarse a una mesa para hablar como personas adultas de asuntos graves que requieren una solución y antepusieran la búsqueda sincera del acuerdo al cálculo de sus posibilidades de desbancarse los unos a los otros.

Cuánto nos habrán bajado el listón, que ni eso nos atrevemos ya a esperar.

Actualidad, Diario de la alarma
About Lorenzo Silva

4 Comments
  1. Excelente, excelente, querido compañero y admirado Lorenzo.

  2. Como siempre acertada su reflexión sr Silva,una fan de sus libro antes dura y después de esto

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