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1 mayo, 2020

Diario de la alarma – Día 47

Una oficina cualquiera (sí, es Sylvia)

30 de abril – Teletimados

Este año el Día del Trabajo se va a celebrar —es un decir— con más de cuatro millones de trabajadores sumidos en un ERTE —muchos de ellos temiendo que al final se acabe transformando en ERE, es decir, pasar de suspensión a pérdida de su empleo—, más de tres en el paro y más de un millón de autónomos en cese de actividad. El resto, o está en un tajo presencial de carácter esencial —o asimilado— o teletrabajando. No cabe ninguna duda de que el último grupo, al que pertenezco, el de los teletrabajadores, es el más afortunado en tiempos de coronavirus .

La posibilidad de teletrabajar protege a la vez del contagio y del despido, y no se sabe qué es peor: me temo que muchos se arriesgarían a contagiarse con tal de no perder el empleo. De hecho, son muchos los sanitarios que se han enrolado en las pasadas semanas en el sistema de salud madrileño para combatir el virus en primera línea, llegando a venir para ello de otras comunidades autónomas. Por cierto que leo en la prensa que ahora la Comunidad los despide sin darles siquiera una palmadita enguantada en la espalda. Pronto se acaba el buen rollo, los aplausos, los elogios a los héroes y las lágrimas enlutadas y volvemos a los viejos usos del hombre como lobo para el hombre y las aguas heladas del cálculo egoísta.

Dicho lo anterior, el teletrabajo dista de ser el chollo que alguno pensaba y tantas veces se dice. Lo sé porque llevo teletrabajando para mucha gente —a veces para mucha gente a la vez— desde hace ya casi veinte años, y conozco bien y por eso no me ha pillado por sorpresa la dinámica de laborar en tu propia casa. Un invento que conduce a una confusión constante del espacio personal y profesional, aun en el caso de que uno disponga de dos casas, como es mi caso, y destine una de forma preferente a acoger sus horas productivas. Al final acabas trabajando a todas horas y en los dos sitios, y en circunstancias como la de esta cuarentena —que vengo pasando desde antes de que se decretara con mi familia en la casa donde tengo mi despacho, más aislada y espaciosa— sin poder deslindar en absoluto.

Leo un estudio que revela que la práctica del teletrabajo confinado ha redundado en que los trabajadores acogidos a esa fórmula acaben destinando, en promedio, dos horas más al día al trabajo. La música me suena. Al final, estar en tu casa mientras trabajas conlleva una serie de ineficiencias, por lo que exige más tiempo para producir lo mismo. Sufres interrupciones que en una oficina no suelen darse o se procuran evitar. Careces de facilidades y recursos que la oficina te proporciona, y con las que tu casa, salvo que la hayas preparado bien, mal puede competir. Si el teletrabajo es improvisado y la vivienda limitada, acabas trabajando en la mesa de la cocina o la del salón, incómodo y con la concentración disminuida. Si hay niños, además de lo que ocuparse de ellos te pueda interrumpir, están las energías que te detraen, y que en una oficina se destinan por entero al trabajo. Y a todo lo anterior, añádanse los obstáculos y fallos de las tecnologías de comunicación e información, que hay que resolver por uno mismo, y no todo el mundo es igual de ducho a la hora de averiguar por qué se cuelga el ordenador o el maldito programa de videoconferencia no accede al micrófono, o a la cámara, o no le permite a uno ver u oír adecuadamente a las personas con las que trata de interactuar.

Esto último puede llegar a ser desesperante: hasta aquí, y dada la índole de mi labor, había teletrabajado siempre por teléfono y correo electrónico. Cuando necesitaba reunirme con alguien, me desplazaba y ya está. Ahora que también hay que teletrabajar las reuniones, he podido comprobar lo que las alarga que a alguien no le vaya bien el wifi de casa, o no se le oiga o no se le vea por cualquier otra razón. Quien mejore, simplifique y asegure esta tecnología se va a forrar.

En resumen, que es perfectamente comprensible que el teletrabajo resulte mas ineficiente y por tanto alargue las jornadas de casi todo el mundo. A mí me pasa desde hace dos décadas, y por eso ya sabía que es un timo, pero puedo consolarme pensando que soy mi propio empleador y que por tanto me timo a mí mismo y a la vez soy el beneficiario del engaño, así sea en términos económicos —otra cosa es plantearlo en términos personales y familiares—. Para el teletrabajador por cuenta ajena, en cambio, es difícil evitar la sensación de que se le está timando, para ganancia de otro, su tiempo personal, del que ya antes no andaba sobrado.

Puede buscar alivio a esta sensación acordándose de quienes en medio de esta situación excepcional no pueden teletrabajar y se hallan entre la espada del virus y la pared de quedarse en la calle. También en la posibilidad de conciliar, así sea de manera destartalada o penosa, su trabajo y sus responsabilidades familiares, en un contexto en el que parece que los niños tardarán en volver al colegio. Puede ahorrarse así el problema que eso plantea y va a plantear a tantas familias, en este momento y cuando se vaya avanzando en el desconfinamiento. Sin embargo, y pensando en un futuro en el que la actividad laboral desde el hogar puede ir a más, se abre aquí un frente interesante para la reivindicación sindical. Que uno termine trabajando más horas y se haga cargo por añadidura de la luz, la calefacción y el alquiler de la oficina, tal vez debería redundar en alguna clase de revisión de sus condiciones laborales. De lo contrario, el auge del teletrabajo sólo conducirá a un enriquecimiento empresarial —vía ahorro de costes— y un empobrecimiento de los trabajadores. Quizá alguien diga que las empresas necesitan ahora este balón de oxígeno para sobrevivir. Seamos en todo caso conscientes de quién lo soporta.

La comidilla del día son las instrucciones del Gobierno para el desconfinamiento, y en particular las franjas horarias por edades y las restricciones por términos municipales para las distintas actividades de paseo, deporte y esparcimiento que pasan a estar permitidas, siempre de manera excepcional y con el recordatorio de que la regla sigue siendo estar confinados y separados y las salidas y la interacción con otros deben mantenerse en el mínimo indispensable. Deduzco que con la bicicleta puedo moverme por todo el término municipal de Illescas, que es bastante amplio, pero no puedo meterme por el camino que está a doscientos metros de mi casa y que ya es parte del término de Casarrubuelos. Parece que para el paseo que puedo dar con mi hija Núria eso no está de momento formalmente prohibido, mientras no me aleje más de un kilómetro de donde vivimos. Lo que deduzco, también, es que no puedo pasear con Noemí y la niña —eso sigue estando vedado por la regla que han impuesto a los paseos con niños y que han dado en llamar 1+1+1+1, un kilómetro, una hora, un adulto y una vez al día—, aunque sí con Noemí o con Judith, mayor de 14, siempre que sólo vaya con una de ellas. No termina de quedarme muy clara la lógica del asunto: no sé en qué sería más nocivo que los dos progenitores pudieran ir con una menor de 14 años o que la mayor de 14 pudiera acompañar a un progenitor y a su hermana pequeña, si los dos progenitores pueden salir solos y un progenitor puede salir con tres niños.

En fin, a pesar de todo, no me voy a ensañar con esos chistes crueles que veo que hacen con el ministro y el presidente y sus dificultades para explicar toda la casuística y responder a todas las objeciones que les plantean en las ruedas de prensa por videoconferencia, más de un periodista pensando, se les nota, en su caso particular. Desconfinar un país asediado por un virus que puede resultar mortal es un marrón de tres mil pares de narices, y seguramente no hay manera de hacerlo sin agraviar a alguien y sin que se rían de ti. Bastante tienen con lo que tienen. Les obedeceremos y confiaremos en que acierten. No siempre me gusta lo que me dicen ni lo comparto, pero son el gobierno legal y legítimo y tienen el BOE y el Estado de derecho de su lado. Veo más peligroso dejar de hacer lo que ellos decretan para dejarse guiar por la ciencia epidemiológica de algunos tertulianos.

Durante nuestro paseo de hoy, mientras admirábamos el campo de trigo —verde y deslumbrante— y luego el de cebada —de un tono suavemente dorado—, Núria me ha dicho que tengo suerte de que le guste tanto pasear. Que así puedo salir todos los días y disfrutar de la naturaleza. Tiene razón: si no fuera por ella, todavía no se me permitiría esta expansión, que cada día disfruto más. Sobre todo en la parte de recuperar la visión del horizonte. El campo de trigo tiene una perspectiva en la que es inmenso, y se abre a un horizonte casi infinito, apenas alterado por la larga línea azul de la factoría de la aeronáutica Airbus. Quien la levantó tuvo el buen gusto de optar por una construcción de no demasiada altura, recta y extendida en superficie que se inserta sin apenas estridencia en el paisaje.

Mi anotación de ayer ha suscitado alguna reacción en la parte que pondera la contención con que el ministro Illa respondió a los insultos que le dirigieron en el Parlamento. No es una loa a su gestión como ministro, que ya he cuestionado más de una vez aquí mismo, pero parece que algunos no se van a contentar con menos que descuartizarlo cuando esto acabe. Mientras contemplo la extensión verde bajo el cielo azul, que invita al futuro y la esperanza, me atrevo a desear que seamos capaces de dejar de volcar tanta ira y tanto encono hacia quienes identificamos como nuestros adversarios. No creo haber tenido los mejores gestores para esta crisis: ni en el gobierno de mi país ni en el de la comunidad autónoma en la que nací y estoy empadronado, que es Madrid. Unos y otros responden a distintos colores políticos. No necesito que fusilen al amanecer a unos ni a otros, entre otros motivos porque lo que enfrentaban era y sigue siendo incierto. Me gustaría que se pudieran establecer con racionalidad sus respectivas responsabilidades y que ambos las afrontaran, por propia voluntad antes que por exigencia ajena.

Siento terminar como ayer, pero no espero que suceda ninguna de las dos cosas.

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