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3 mayo, 2020

Diario de la alarma – Día 49

Pongamos que hablo —pero no sólo— de Madrid (foto de 2016)

2 de mayo – La analogía del 11M

Hoy se cumplen 212 años de aquel motín de los madrileños contra Napoleón. Se celebra de nuevo con el paisanaje de la Villa y Corte en la calle, pero esta vez no para expulsar al invasor sino para volver a olerla después de siete semanas de encierro. Como hacer deporte permite irse más lejos, según las normas que ha dictado el Gobierno para este primer paso del desconfinamiento, la vía pública, según me cuentan mis informadores en Madrid, se llena de gente en mallas y zapatillas deportivas, que pasea rápido poniendo cara de esfuerzo y que en muchos casos da la impresión de no haberse visto en esa circunstancia jamás. En las redes se los ridiculiza y hasta se discute el derecho a hacer deporte de aquellos cuyo índice de masa corporal no está en los parámetros aceptables para el censor de turno. No seré yo quien me adhiera a su reproche. Hacer ejercicio es sano y en cualquier momento puede uno adquirir y ejercitar un hábito saludable.

Cuestión distinta es que en muchos lugares de Madrid se ven aglomeraciones de personas jadeantes que no guardan, por falta de sitio, la distancia recomendada. La decisión consistorial de mantener cerrados parques y espacios verdes, en muchos barrios el único desahogo accesible a los vecinos, plantea alguna duda razonable a la vista de este espectáculo. Algunos parques, como el del Retiro, son más difíciles de controlar que la calle, y eso se entiende, pero tal vez el remedio sea peor que la enfermedad. Las imágenes de los alrededores del Retiro y de Madrid Río, donde se registran las mayores concentraciones de deportistas, pseudodeportistas y neodeportistas, hacen pensar que abrirlos podría haber sido menos perjudicial.

Tiene ahí otra ocasión el alcalde Almeida, tan elogiado durante esta crisis, para volver a probar por la vía de la rectificación ese estilo que se le atribuye. Hoy ya ha pedido disculpas por el espectáculo poco edificante que él y la presidenta dieron ayer en el cierre del hospital de IFEMA. Le honra haberlas pedido sin más, y sin recurrir a la coartada de la «emoción» esgrimida por su compañera de partido. No recuerdo haber estudiado, cuando di derecho penal y sancionador en la carrera, que la emoción fuera atenuante ni eximente para una conducta indebida. Si no lo es para los ciudadanos, menos puede serlo para quienes ejercen un cargo público.

Veo imágenes de la celebración del 2 de mayo, y recuerdo la de hace unos años, cuando se me hizo el honor de concederme la gran cruz de la Orden de ese mismo nombre. Algo que siempre le he agradecido a mi tierra, Madrid, es que haya sido tan generosa conmigo, sin exigirme alcanzar la senectud, como es costumbre para esta clase de distinciones, aunque cada año me vaya acercando más a ese territorio vital. Y algo que me reconforta especialmente es que para esto muestre la unanimidad que tanto nos cuesta alcanzar para otras cosas. La cruz acordó concedérmela un gobierno del PP, del que nunca he sido ni simpatizante, y ese día recibí la felicitación calurosa de todos los representantes de la oposición.

En la fiesta de los madrileños, me viene a la mente el que era, hasta la llegada del covid-19, el golpe más duro sufrido por esta comunidad en el presente siglo: el 11M. Y si me acuerdo de él es porque en estos días he oído más de una vez citar una frase que se pronunció con motivo de aquel trágico episodio, o más bien con motivo de la reacción que tuvo el gobierno del momento, presidido por José María Aznar. La pronunció un hombre al que tuve oportunidad de conocer, y también de admirar por su inteligencia y sentido de Estado, al margen de las críticas a las que por otros motivos pudiera hacerse acreedor. Ese hombre era Alfredo Pérez Rubalcaba y la frase, muy citada, «los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta». Gracias a ella, el PSOE se alzó con la victoria en unas elecciones que tenía perdidas.

O eso es lo que alguno parece pensar: que la pérdida del Gobierno por parte del PP fue consecuencia de esa frase y de una astuta maniobra de Rubalcaba, que con motivo del coronavirus y la terrible mortandad que ha producido entre nosotros hay quien desea reproducir, en este caso para desalojar de Moncloa al gobierno que encabezan Sánchez e Iglesias.

Los presupuestos parecen similares: una grave crisis, con pérdida insoportable de vidas humanas —mucho más insoportable la que ahora vivimos—, en la que pueden señalarse errores de imprevisión por parte del Gobierno y que da lugar a una reacción en la que los portavoces del ejecutivo no se atienen escrupulosamente a la verdad. Aznar jugó a hacer creer que el atentado era obra de ETA, a quien nunca se pudo relacionar con él. Sánchez y los suyos no han sido escrupulosamente transparentes en relación con el número de muertos, de contagios y de test realizados. Las cifras han ido y han venido, se han cambiado los criterios y hay muertos que se tiene la conciencia de que se deben a la enfermedad y que sin embargo no se computan en las estadísticas oficiales. Lo mismo hacen otros países, pero también los hay que recogen todos los fallecidos.

La analogía, interesada por supuesto, pero no construida del todo en el aire, resulta interesante por lo que revela de nuestra sociedad, y también de las fracturas que en ella existen, previas a la epidemia —y al 11M—, y que los acontecimientos de índole trágica y catastrófica no nos ayudan a reparar, sino que una y otra vez se convierten en excusa para ahondarlas y convertirlas en factores potencialmente disolventes de nuestro sentido de comunidad. Pero para aquilatar el fenómeno, quizá sea oportuno señalar las diferencias entre uno y otro cataclismo.

La primera y acaso más obvia es que las muertes son cien veces más en la presente pandemia, pero no lo es menos que esta se debe a una amenaza que proviene de la naturaleza —o de la interacción de nuestra especie con ella— y el anterior fue un mal enteramente debido a la mano humana. También son distintos los errores previos de uno y otro gobierno: aquel había embarcado al país en un conflicto bélico que tenía la oposición de una proporción enorme de la ciudadanía —y de parte del propio gobierno— y apenas había tomado medidas ni puesto medios para la prevención frente a un terrorismo cuya amenaza se incrementaba como consecuencia de esa decisión, aunque la célula que organizó el atentado ya tuviera a España en el punto de mira desde antes de la foto de las Azores.

A este gobierno de ahora puede imputársele haber reaccionado tarde y haber permitido por su sesgo ideológico concentraciones humanas excesivas en fechas desaconsejables, pero ese reproche alcanza a multitud de gobiernos de nuestro entorno —los de Francia o Reino Unido reaccionaron aún con más tardanza— y no es lo mismo la amenaza yihadista, sobradamente conocida en 2004, que la de un virus que acaba de aparecer.

También hay alguna diferencia en la insinceridad posterior: Aznar eligió ignorar con contumacia las informaciones que desde el propio 11M tenían las fuerzas de seguridad españolas y que hacían dudar seriamente de la autoría etarra. Como se cuenta en Sangre, sudor y paz, el libro que coescribí con Gonzalo Araluce y Manuel Sánchez sobre la lucha de la Guardia Civil contra ETA, el jefe del aparato logístico de ETA estaba monitorizado por la Benemérita y los servicios de seguridad franceses, que grabaron sus conversaciones de aquel día. De ahí el estupor con el que el gobierno francés, bien informado, asistió a los esfuerzos de Aznar, y de todo el servicio exterior español, espoleado por el presidente, para hacer prevalecer la tesis de que ETA había volado los trenes, hasta el momento en el que esto se volvió por completo insostenible.

Y quiso la mala suerte que ese momento llegara antes de la fecha de las elecciones, una circunstancia que Rubalcaba, buen estratega y fino usuario del idioma, se limitó a aprovechar. El tiro de gracia ya se lo había pegado el propio Aznar: Rubalcaba se limitó a levantar acta de su inmolación con una frase sintética, pegadiza y manifiestamente memorable. Tanto que emerge ahora, dieciséis años después y en circunstancias diversas.

Los regates que Sánchez y sus ministros le han hecho a la verdad, sin ser en ningún caso admirables, son de bastante menor cuantía. No es lo mismo jugar con el desglose o la  presentación de unas cifras, sin que eso impida conocer lo que hay debajo —de lo que todos somos conscientes y no van a tener más remedio que responder—, que empeñarse en hacer creer a toda la ciudadanía, a todo trance y en vísperas de elecciones, algo que no es, se teme que no es y se demuestra que no es.

Dicho todo lo anterior, que vuelve cuando menos peliaguda esa analogía implícita o explícita entre ambos acontecimientos, los dos son graves y nos ponen a prueba y en el límite a todos; a los primeros, los gobernantes que han de rendir cuentas y convencer a la ciudadanía de que sus imprevisiones, errores e inexactitudes a la hora de reconocer lo sucedido son disculpables y no justifican su reemplazo.

Imposible lo tuvo el PP de Aznar, y fácil no lo tienen Sánchez e Iglesias. En todo caso, hay algo que podría y me atrevo a decir que debería estar claro, para no caer en la fea tentación de sostener otra cosa: más allá de sus negligencias respectivas y de la recriminación que una y otra merezcan, a las víctimas del 11M las mataron quienes pusieron las bombas y a las del coronavirus el patógeno en cuestión. Cargar a Aznar o a Sánchez con el estigma de ser autores de esas muertes, siquiera imprudentes, es una maniobra moral viciada y que ignora el cúmulo de circunstancias ajenas a su control que intervinieron en el resultado. 

Y me gustaría ir más allá: lo de menos es que entonces se echara al PP del gobierno o si ahora esto va a servir para echar al PSOE y a Podemos. Lo principal es que la reacción que tuvimos como sociedad al 11M nos dejó tocados y con plomo en las alas, y que la conmoción del coronavirus, cuya envergadura es mucho mayor —no sólo por las muertes, sino por la debacle económica que viene— amenaza con ponernos sobre los hombros una carga insoportable. Aquella fractura no se intentó soldar, más bien se intentó lo contrario, por parte de todos, y fue a más. Lo dice en cierto pasaje de una novela recién publicada, Y te irás de aquí, su protagonista, Rosa:

Ese día murió algo en mí, en esta ciudad, en este país. Algo que no se ha podido recobrar, porque no se ha entendido y así nada puede repararse. Había más afán de capitalizar la desgracia. Por eso se cobra su tributo. Desde aquel día, vamos como vamos. Algo se ha roto que no conseguimos recomponer. En el país, en la ciudad, en mí.

No estoy necesariamente de acuerdo con todo lo que Rosa dice, pero con esto sí. Y me permito llamar la atención sobre el tamaño posible del roto posterior a esto que ahora nos está pasando, infinitamente más profundo y devastador.

Ahora que estoy llegando al final de este diario, de la que esta será la penúltima anotación, pienso que no reproducir aquel error, a escala gigantesca, es quizá el primer empeño que tenemos como sociedad. Tanto los madrileños —golpeados de lleno por el 11M y como nadie por el virus— como el conjunto de los españoles. La liza política legitima la crítica, y el afán de desalojar del gobierno a quienes lo ocupan. Pero con razón o sin ella, el límite debería ser la erosión irreparable de la convivencia. Si esta es necesaria para la normalidad, lo es mucho más para una reconstrucción y una reinvención tan duras y exigentes como las que ahora nos incumben.

No tengo mucha esperanza de que ciertas personas, a ambos lados de la trinchera política, escuchen las razones que aquí doy y recojo. Lo hago por si hay alguna que las comparta, y por si en algún momento puede decidir algo, y encauzar las fuerzas hacia la sanación de esta herida y no hacia la reyerta estéril.

En casa el día 49 transcurre más o menos como los anteriores. Como todavía nos prohíben salir en familia —por culpa de nuestras edades puedo salir yo con Núria, o Núria con Noemí, o Noemí conmigo o con Judith, o Judith conmigo, pero no todos juntos—, Noemí y Judith prefieren no salir. Hablando con ellas percibo algo de lo que quizá, abrumados por la responsabilidad y enfrascados en el consejo de los expertos, no se dan cuenta quienes deciden: el confinamiento altera de manera radical nuestra percepción de la existencia como seres libres y autónomos, y el desconfinamiento tasado y reglamentado no la mejora. Al revés: nos hace ver con más claridad nuestra sujeción. Van a tener que esmerarse, no sólo para que en el Congreso les prorroguen el estado de alarma —no hay plan B, ha dicho hoy el presidente, ofreciéndole a la oposición un plato de lentejas lleno hasta los bordes—, sino para explicarle a la gente que hay motivos para legislarle la vida con tan inflexible meticulosidad. No digo que no los haya: sólo que tendrán que dar cuenta de ellos de una manera algo más razonada y un poco más empática.

Núria no perdona su salida. Esta vez sacamos la bicicleta y la acompaño a pie porque no me queda claro, leyendo la orden ministerial que ahora es la norma suprema de nuestras vidas, que en caso de sacar la mía no se considere que hago deporte fuera de la hora estipulada y por tanto estoy infringiendo. Nos cruzamos con una docena de personas, en varios grupos. Uno, por cierto, claramente infractor: los dos niños pequeños y los dos progenitores, en flagrante contravención de la normativa vigente —que sólo permite, sigo sin entenderlo, que los dos padres vayan solos sin niños o los niños sólo con uno de sus padres—. Una novedad alentadora que ha traído esta situación, por no señalar sólo los nubarrones, es que ahora, cuando nos cruzamos en la calle, todos nos saludamos. Algo es algo.

Núria me pide que le haga un ramillete de flores silvestres amarillas y moradas a su madre. Las recojo de una rotonda donde los tallos son largos y regulares y me permiten hacer un arreglo floral más o menos apañado. También le ha hecho un dibujo y le ha envuelto ella sola dos de los libros que vamos a regalarle. Mañana es el Día de la Madre, y este año le ha venido mejor a Amazon que a su inventor, que según siempre nos recuerda mi padre es El Corte Inglés. No deja de ser una pena. El Corte Inglés paga impuestos en España, y en los meses venideros las arcas públicas van a necesitar ingresos. Amazon no los paga en país alguno, y no confío mucho en que la ministra del ramo vaya a conseguir que eso cambie.

Actualidad, Diario de la alarma
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10 Comments
  1. José Manuel Corraliza 3 mayo, 2020 at 10:30 am Responder

    Cómo vamos a echar de menos este diario. Gracias por hacernos más amenos estos días tan duros.

  2. Una de las pocas voces sensatas y lúcidas en estos días, tantos ya, de ruido y furia. Gracias

  3. Voy a echar de menos esta lectura diaria.Espero que tu nuevo libro salga pronto,ahora que ya van a abrir las librerías.
    Nos veremos en algún sitio en la presentación.Un saludo.

  4. Se echará en falta esta cita diaria, un pequeño momento de reconforte ante la congoja de esta realidad tan enrarecida. Gracias y un saludo desde Barcelona.

  5. Muchas gracias Lorenzo, por este diario que nos ha acompañado e informado, a mi personalmente además me ha enseñado. Por esa naturalidad y humanidad, también a veces con el necesario toque crítico, y respetuoso. Además cada día ha aparecido Nuria, dando un toque fresco y dulce y hasta familiar para nosotros.
    Un abrazo y nos seguiremos comunicando a través de los libros.
    Pablo

    P. D. – Muchas gracias también por el libro «Y te irás de aquí». Nos ha gustado tanto a mí esposa como a mí.

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