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15 mayo, 2020

El médico de Sidi-Dris

Rojo sangre, azul esperanza: el Mediterráneo desde Sidi-Dris

Reviso en estos días una novela que escribí hace algo más de veinte años, y que apareció en 2001. Se titula El nombre de los nuestros, y está prevista su reedición a principios de 2021, con motivo del vigésimo aniversario de su publicación y del centenario de los hechos históricos que la inspiran: el llamado desastre de Annual, la gran derrota sufrida  en julio de 1921 por el ejército español a manos de los rebeldes rifeños en la zona de Melilla. La novela se fija en un aspecto poco conocido de aquel ominoso episodio, la heroica resistencia de los dos fuertes costeros, Sidi-Dris y Afrau, que quedaron aislados del grueso del ejército y no pudieron por ello sumarse a su desbandada.

Mientras trabajaba en el texto he recordado una bella historia que tiene que ver con esta novela, y que recogí hace siete años en un blog que mantuve durante algún tiempo en msn.com. Comoquiera que msn.com no lo conserva en línea ya (ni siquiera guarda los archivos), me permito volver a colgar aquí aquella anotación, que pude por suerte preservar. Lo que sigue es el texto que en su sía se publicó, tal cual.

«Hace ahora quince años escribí una novela. Se publicaría tres años después, es decir, hace doce. Desde entonces ha tenido, por fortuna, unas cuantas reediciones. Bajo estas líneas, la cubierta de la edición original y la de una de las posteriores, para quiosco.

Aprecio especialmente las colecciones de quiosco. De ellas se nutrió buena parte de mi juventud lectora, y me parecen fundamentales para el fomento y la difusión de la lectura. Siempre que me han pedido permiso para incluir un libro mío en una colección de quiosco, lo he dado con entusiasmo. Prefería los tiempos en los que en los quioscos había más libros, y no todos esos coleccionables absurdos (cuando no son vajillas o cuberterías) con los que ahora se trata de vender periódicos.

Pero este no es el tema. El tema es que hace unos días un personaje de mi novela ha venido a buscarme y a pedirme cuentas. Así, como lo oyen.

Estas cosas son raras, pero pasan.

La novela, entre otros escenarios, sucede en Sidi-Dris, un cerro perdido entre Alhucemas y Melilla, con una impresionante vista sobre el Mediterráneo, y donde en 1921 hubo una atroz batalla que costó la vida a la mayor parte de los trescientos españoles que lo defendían.

Para que se vea que no exagero con la vista, es ésta:

Sidi-Dris, el Mediterráneo y al fondo el macizo de Quilates

En el capítulo 10 de la novela se narra la llegada de algunos de sus protagonistas a Sidi-Dris, huyendo desde Talilit, otra posición que cayó en aquellos días, y con cuyos supervivientes se incrementó la sitiada guarnición. Uno de ellos viene enfermo, y lo llevan a la enfermería. Y esto es lo que cuenta el libro:

En Sidi-Dris reinaban a partes iguales la inquietud y el desaliento. Amador arrastró a Andreu hacia la enfermería, donde se amontonaban los heridos. El oficial médico vino a examinarlo al cabo de media hora. Le bajó el pantalón y se inclinó con gesto impasible sobre la herida. Le volteó para verla por atrás.

—Entrada y salida y sin tocar el hueso ni la arteria —concluyó—. ¿Tú juegas mucho a la lotería, chaval?

—No precisamente —respondió Andreu.

—Pues deberías. Voy a limpiarte la herida y a vendarla. Y no hay mucho más que hacer, hasta que venga el barco a sacarte.

En un catre cercano había un soldado con la cabeza vendada. Estaba inmóvil, mirando al techo. Canturreaba, en voz queda:

Los suspiros de Melilla

no llegan a mi ventana,

porque pasa el mar por medio

y se quedan en el agua.

—Es una condenación —dijo el médico, mientras desinfectaba a Andreu-. No hace más que cantar esa copla. Parece que se la decían a los quintos las mozas de su pueblo. Es lo malo de los tiros en la cabeza. A unos les da por cantar y a otros por gritar como si los estuvieran desollando.

—Mejor será que cante, entonces —masculló Andreu, aguantándose el dolor.

—Mejor sería que le hubieran dejado en el sitio—-opinó el médico, brutal.

Mis tres personajes eran de ficción, aunque inspirados en los mártires reales de aquella aciaga batalla. Traté de hacerlos verosímiles, quise que, aun inventados, lo que dijeran y cómo lo dijeran fuera congruente con quiénes eran y lo que vivieron.

Pues bien, en efecto había un médico en Sidi-Dris. Luis Hermida Pérez, se llamaba. Hace unos días recibí un correo electrónico. Mi corresponsal, Isabel, oriunda de Galicia, me decía que sus bisabuelos, que habían tenido amistad con él, guardaban una foto de aquel hombre, muerto en plena juventud y cabe presumir que sin descendencia, como la mayoría de aquellos soldados infortunados. Me la adjuntaba al correo. Aquí está:

Luis Hermida Pérez, médico de Sidi-Dris

Confieso que sentí un escalofrío al ver esos ojos mirándome, y que en seguida busqué el libro y en él, el pasaje que acabo de transcribir. Confieso, también, que respiré aliviado al ver que no había puesto en labios del personaje literario que le representa nada deshonroso, ni lo había mostrado como alguien negligente en su oficio. Que tan sólo le había atribuido una desesperanza comprensible y en absoluto censurable, en quien por lo demás seguía al pie del cañón, tratando de salvar las vidas que se le encomendaban.

No quiero ni imaginar qué habría sentido si hubiera sido de otro modo. Porque en esa mirada hay un hombre limpio y de honor. Viéndolo ante mí, me alegra haber escrito aquel libro para reivindicar su nombre y el de todos aquellos soldados perdidos. Y me conmueve que haya venido a través del tiempo a buscarme. Quiero pensar que dondequiera que esté, después de todo lo sufrido, encontró la paz que merecía.»

La paz en Sidi-Dris

Hasta aquí la antigua anotación. Sigo trabajando en la novela, y vuelve mi imaginación a aquellos días terribles de julio, a los infortunados defensores de aquella posición de la que hoy quedan apenas unas pocas piedras.

Los restos de la derrota

Intentaron salvarlos, unos botes de la Marina que se acercaron hasta la playa, pero no pudieron sacarlos, bajo el fuego de los muchos enemigos que batían la orilla y la escabrosa ruta que debía seguir la evacuación. Quizá una vista desde abajo ayude a entenderlo.

Un despeñadero

Sueño, no puedo evitarlo desde el confinamiento, con el día que pueda volver a ir a reencontrarme con sus fantasmas sobre el horizonte, en la colina donde ninguna placa los recuerda, porque cayeron por un país desmemoriado y que les tiene poca consideración a sus propios muertos. Tal vez el próximo julio, cuando se cumplan los cien años, sin que nadie haya logrado, siquiera, completar la lista de sus nombres.

Sólo el mar los recuerda
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About Lorenzo Silva

11 Comments
  1. Alejandro Benítez 15 mayo, 2020 at 1:53 pm Responder

    Emocionante relato que te honra, Lorenzo.
    Acertada apreciación de lo importante que es la historia, conectada con hilos invisibles a nuestras vidas.
    Por ellos.
    Un abrazo.
    Alejandro Benítez

  2. Alejandro Benítez 15 mayo, 2020 at 2:07 pm Responder

    … y extraordinarias fotografías que invitan a sumergirte en aquel episodio y sentirlo.
    A.B.

  3. Leí «El nombre de los nuestros» y «Carta blanca» hace años y todavía recuerdo que me emocionaron y gustaron mucho.
    Demuestra Lorenzo una empatía que hoy día cuesta encontrar. Olvidar a los que dieron su vida por cumplir con su deber es y serà siempre una vileza.
    Un abrazo y gracias.
    Felipe Soriano

  4. Gerardo Santiago Villares 16 mayo, 2020 at 4:30 pm Responder

    Estimado Lorenzo.
    Celebro la reedición del libro por el cual te descubrí como autor Como tuve ocasión de comentarte en un breve encuentro en Getafe, fue la foto de la portada, muy parecida a una foto en la que aparecía mi abuelo paterno en su servicio en África, la que propició el feliz hallazgo.
    Salud y suerte.
    G.S.V.

  5. Porqué somos así? Los mandamos al matadero y luego nos olvidamos, como si nos diese vergüenza recordarlos.
    A veces me gustaría haber nacido en otro país.
    Saludos
    PD recalco: sólo a veces

  6. Gracias, Gerardo, Felipe y Pedro. Es y será siempre un libro muy importante para mí, como nieto de uno de esos soldados anónimos, al que su temple, su buen ojo y su buena fortuna le libraron de acabar en alguna fosa común. Eso me permitió existir y me obliga a recordarle y escribir sobre el sacrificio de tantos de sus compañeros.

  7. Ignacio Martínez Jover 21 mayo, 2020 at 10:16 am Responder

    Me emociona ver esas fotos, Lorenzo. He leído casi todos tus libros, y los disfruto muchísimo. Quizás los que tienen que ver con la historia de nuestro país, y especialmente con Africa, los siento más adentro porque me hacen reflexionar y comprender mejor lo que ahora somos.
    Vuelvo a las fotos, porque nos das la oportunidad de poner imágenes a estas historias que nos has contado. Me entran escalofríos al imaginar las escenas que nos has descrito. Eres muy bueno escribiendo, y nos transportas y nos haces vivir momentos increíbles. Pero ahora veo esas fotos y se me cae el alma a los pies, pensando en el matadero que debió de ser para todos, para los dos bandos.
    Soy médico, deseo profundamente que no haya sufrimiento en el mundo, y cuando veo la foto de ese compañero médico, que entregó su vida, como tantos otros, por un ideal, me alegro que haya alguien como tú, Lorenzo, que nos lo traigas a nuestros días, y que por un momento, podamos acordarnos de él, y de todos los que estaban con él, y agradecerles que dieran su vida por los demás.
    Ojalá que libros como el tuyo sirvan para que seamos conscientes del sinsentido de las guerras.
    Muchas gracias, Lorenzo

  8. La magia de los libros. Me alegro mucho de la reedición de este libro que para muchos representa la conexión con hechos que marcaron la vida de nuestros abuelos y por ende las nuestras. Hay libros que siempre tienes en el recuerdo porque te tocan la fibra emocional, este es mi caso con ”El Nombre de Los Nuestros”. A él llegué tras leer del “Rif al Yebala”, siempre llevado por mi interés por los libros relacionados con Marruecos y nuestra estrecha relación a lo largo de la historia (Benito Pérez Galdós, María Rosa de Madariaga, Ramón J.Sender, Eduardo Ortega y Gasset, Manu Leguineche, Arturo Barea), pero ninguno me impresionó tanto como el suyo, me hizo llorar, sentía que aquel libro más allá del oficio del escritor estaba escrito con un sentimiento muy especial.
    Tuve la suerte que me firmara el libro después de una charla coloquio que ofreció en Cartagena, en 2016, con motivo de la Semana Negra. Busqué en la librería un ejemplar del libro y me acerqué tímidamente, pensando que no era el libro más adecuado para presentarle a firmar cuando en aquella época estaba promocionando“Donde los escorpiones”, pero comentamos que si había una historia verdaderamente negra era la del desastre de Annual.
    Quedé muy gratamente impresionado por la pasión que transmitía al hablar del libro y se notaba que era una historia que llevaba muy adentro. Me contó que era su intención lanzar una reedición del libro y que estaba revisando algunos aspectos del mismo.
    La vida te da sorpresas inesperadas y a mí me la dio con ese brevísimo encuentro. Tres días después la vida me daba otra sorpresa menos agradable, sufrí una hemorragia cerebral que me tuvo más de un mes ingresado. Hay personas que cuentan que en estado de coma han visto una luz blanca. No fue mi caso, yo volví a ser el niño qué en el regazo de mi abuela, en el barrio del Real en Melilla, la escuchaba relatar la historia de aquellos rifeños que luchaban por defender su tierra y de aquellos pobres soldados olvidados que fueron a perder la vida lejos de su hogar. Más tarde, por mi hermano, supe que cuando estaba recuperándome no paraba de hablar de usted y del libro.
    Han pasado algo más de tres años, he seguido con mí recuperación y he visto que ya tiene preparada la reedición, quería agradecerle nuevamente que escribiera este libro que para mí es mágico.
    Muchas gracias y perdone la extensión del comentario.

    • Nada que perdonar. Me sobrecoge que eso sucediera tan sólo tres días después. Me alegra mucho ver que lo superaste, y que la literatura nos sigue reuniendo. Estoy releyendo el libro despacio, corrigiendo poco, pero tratando de dejarlo lo más limpito posible, para que siga haciendo camino. La historia lo merece. Ellos, los desheredados a los que se llevó por delante, lo merecen también. Gracias a ti por tan hermoso mensaje. Es todo un regalo. Abrazo grande.

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