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11 enero, 2022

El valor de las dudas

La lectura de los diarios de otra persona, cuando se intuye en ellos una verdadera voluntad de desnudar el alma, pese a la impostura inevitable que acompaña cualquier acto de escritura, produce siempre una especie de escalofrío. El sobrecogimiento es lo que debería prevalecer al recorrer sus páginas, pero los que leemos los diarios, por lo común cuando quien los escribió ya no está vivo, somos seres humanos que todavía alientan y se dejan llevar por las inercias que corresponden a su condición. De ahí que de los diarios lo más comentado sean siempre los chismes, y en particular en qué momento y de qué modo quien se desviste sobre el papel habla mal de alguien, con olímpico desprecio de la hipocresía que la vida en sociedad nos impone a todos, en mayor o menor medida y dependiendo de la delicadeza con que cada uno haya considerado oportuno conducirse.

Tal vez por eso lo que más ha llamado la atención de la primera entrega de los diarios de Rafael Chirbes, publicados por su editorial habitual, Anagrama, se cifre en los juicios adversos que les dedica a otros escritores conocidos, de su propio sello y de la competencia, a algún que otro crítico e incluso a quienes asumieron, como editores, el riesgo y la ventura de publicarlo. Y no es que carezcan de interés: tenía Chirbes ojo certero y bisturí afilado, que aplica sobre los damnificados de manera siempre reveladora, se compartan o no sus fobias y filias, o aunque se entrevea, como suele suceder en estos casos, algún ajuste de cuentas por asuntos propios que la edición póstuma y revisada de sus pullas, bendecida por el autor, no deja de subrayar.

Sin embargo, poner el acento en ese material equivale a hurtar y hurtarse la apreciación de lo que posiblemente tenga más valor del amargo recuento de un escritor tan lúcido como atormentado por las dudas acerca de su propio proyecto literario y su vida y su persona. Son esas dudas, que laceran y cincelan a cualquiera que apueste por la literatura como camino vital, y que Chirbes trata de despejar invocando a los maestros, desde Musil a Proust pasando por Broch, las que más nos enseñan y a la postre conmueven y remueven, que es lo que atestigua el vigor de un relato, autobiográfico o de cualquier otra índole. En íntima conexión con ellas están las zozobras anudadas a su sexualidad, que expone con crudeza, pero a la vez con el afán de preservar un compromiso ético: como cuando dice que prefiere aliviarse solo antes que pagar por sexo. Mediten sobre el particular esos que siempre encuentran una coartada para servirse de otro.

(Publicado en diarios del Grupo Vocento el 4 de enero de 2022).

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