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18 mayo, 2019

Fiebres, alucinaciones y diglosias @elespanolcom

 

 

Hay quien va al Tribunal Supremo a declarar como testigo sin la menor conciencia de que está cumpliendo con una grave obligación. Hay quien, en el colmo de la inconsciencia, se planta en la sala como quien va a disertar a una tertulia o a hacer gala de su faceta más dicharachera en un torneo de monólogos.

Esta semana al magistrado Marchena se le ha acumulado el trabajo: ha tenido que apercibir a una testigo de que los cafés que tiene o deja de tener pendientes son asunto que incumbe en exclusiva a su vida social, sin duda muy interesante para ella pero perfectamente irrelevante para la causa penal en la que se ha recabado su testimonio. A la misma testigo hubo que hacerle ver que el hecho de tener unas décimas es cuestión que no va más allá de su personal y comprensible preocupación por su propio bienestar físico, porque la fiebre leve no suele provocar, con carácter general, un grado de afectación de las condiciones cognitivas que mediatice o enturbie la percepción de los hechos sobre los que se le pedía que depusiera. Por si con lo anterior no hubiera recibido ya suficiente orientación y aviso sobre el lugar y la coyuntura en que se encontraba, aún hubo que explicarle que las situaciones que la llevaron a alucinar, conforme a su muy particular visión de las cosas, tampoco son algo en lo que deba detenerse el examen de sus ya bastante atareadas señorías.

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