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6 julio, 2019

La frontera @elmundoes

 

 

La vida en la frontera no espera, ya lo cantaba hace años Radio Futura, y tampoco la muerte tiene allí la deferencia de darle margen a quien le place llevarse. La frontera es un lugar lleno de peligros, en el que más vale saber que de cualquier lado puede venirte el golpe fatídico que se lleve todo al traste. Por eso los hombres de frontera, según canta el poeta chino Li Po, tienen siempre a mano el látigo y la espada, el arco tenso, y se han deshecho del hábito de dormir. Los hombres de frontera no son la regla, sin embargo, ni siquiera entre quienes la habitan. De hecho, de un tiempo a esta parte, en la frontera hay demasiados niños y niñas, y están demasiado a merced de sus riesgos.

La frontera está lejos, lejos de los ojos y del corazón, como dicen los italianos, o no. La frontera es el Río Grande, el estrecho de Gibraltar, el canal de Sicilia, las vallas de Ceuta y Melilla, y ya calculará cada uno de los que esto lean a cuánto le queda cada cosa en el mapa. Pero no sólo. La frontera es también cualquiera de esos trozos dejados de la mano de Dios de tu propia ciudad, lector, donde malviven los desheredados que lograron cruzar los ríos, los estrechos o las alambradas, expurgando los desechos de los tuyos, recogiendo las migajas o prostituyéndose -o siendo prostituidos- a cambio de sumas indeciblemente pequeñas. La frontera son también esos autobuses o trenes de muy primera hora de la mañana, donde viajan somnolientos los que asumen las labores penosas y mal pagadas que aquí nadie quiere.

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