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9 julio, 2019

La sillita debajo de Aristóteles @elmundoes

 

 

Corre la primavera del año 55 antes de Cristo. Son días convulsos en la república romana, que se encamina hacia una guerra civil entre los dos bandos que acabarán encabezando César y Pompeyo. Cicerón, retirado en una finca de Cumas, en la Campania, escribe a su amigo Ático que tanto por edad como por la desastrosa situación política prefiere sentarse en la sillita que el amigo tiene en su biblioteca bajo el retrato de Aristóteles «a hacerlo en la silla curul de esa gente». O dicho de otro modo, que prefiere el placer y el estímulo de la lectura provechosa a mezclarse en las intrigas de quienes luchan por una poltrona desde la que poder dictar los destinos de los demás. Cicerón ha sido cónsul y, aunque no carece de enemigos, su prestigio como orador, jurista y hombre de letras apenas tiene parangón entre sus contemporáneos. Sin embargo, al apreciar la catadura y las maniobras de quienes aspiran al poder, elige apartarse.

Eso no le ahorrará, al final, verse implicado en la guerra que ha exhortado a todos a evitar, en el bando de Pompeyo, un hombre cuyas torpezas e imprudencias no deja de señalar una y otra vez en la correspondencia con su amigo, al que justifica así su toma de postura: «Yo he preferido que se decida con negociaciones y ellos con las armas; puesto que venció este sistema, conseguiré desde luego que ni la república eche de menos mi apoyo de ciudadano ni tú el de amigo». Su tentación de quedar al margen sucumbe frente a su concepción del deber cívico.

El dilema de Cicerón es el de tantos hombres y mujeres de valía en tiempos en los que los asuntos públicos caen en manos de personas que atienden más a sus ambiciones personales y a sus rencillas con otros que a aquello que, según Escipión, citado por el propio Cicerón en otra carta a Ático, debía ser el objetivo de quienes se postulan para desempeñar la labor de gobierno: «la felicidad de los ciudadanos, que sea sólida en recursos, abundante en riquezas, espléndida en gloria, honorable en su buen nombre». No es esto lo que pretende César, al que califica de monstruo cuya avidez no conoce descanso, ni tampoco aquel al que finalmente apoya, Pompeyo, que se propone, dice, «poner en movimiento todas las tierras y todos los mares, soliviantar a los reyes bárbaros, traer a Italia pueblos feroces armados».

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