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14 junio, 2022

La sombra de Caín

Nikolái Gógol, Anton Chéjov, Mijaíl Bulgákov, todos ellos autores centrales de la literatura rusa, eran ucranianos. Como también nacieron en el territorio de la actual Ucrania Joseph Conrad, Stanislav Lem, Irene Némirovsky o Vasili Grossman, nombres indispensables de la literatura universal del siglo XX, cuya voz prolonga su eco poderoso en nuestros días. Esa tierra, una y otra vez castigada por la guerra, y tan fértil para el cereal, es también fecunda en mentes dotadas de esa clarividencia que se reserva a los grandes escritores, aquellos que son capaces de atrapar en sus páginas el alma de su tiempo y las zozobras de sus gentes, sin estar, como nadie lo está, exentos de ellas.

A las lecciones de estos autores y algunos otros recurre la traductora y ensayista Marta Rebón en un breve ensayo recién publicado que se lee con un escalofrío, El complejo de Caín. En él explora los entresijos dolorosos de esta guerra en la que se han terminado de volar los puentes entre ucranianos y rusos. Tal vez lo que más estremece sea la conciencia de que el enfrentamiento convertido ya en una lucha sin cuartel, entre quien se propone aniquilar al otro y quien se ha empeñado en sobrevivir, sucede entre dos pueblos tan próximos que es difícil explicarse el alma de uno sin recurrir a las voces del otro, y viceversa.

Kiev es para los rusos un símbolo, el hito primero de la cristianización en la que se basa en buena medida su conciencia nacional, aunque la Federación Rusa sea un Estado con multitud de confesiones. Y si los ucranianos miran atrás, se verán una y otra vez junto a los rusos, luchando codo a codo en múltiples campos de batalla.

 Al final, son las armas las que dirimen las diferencias entre la Ucrania actual, en su apuesta decidida por Europa, y la Rusia de Putin, anclada en la sumisión al poder autoritario que tan adherido parece a los muros del Kremlin. La sombra de Caín, encarnada en ese ejército ruso que desahoga su rabia a sangre y fuego, recorre las ciudades y los campos del Dombás; en pleno siglo XXI y después de todas las promesas, todas las ilusiones que todos nos hicimos —también los ucranianos, y los rusos— a finales del siglo pasado. No son aquellas estepas la única tierra donde el impulso cainita no se ha apagado del todo. Y para que vuelva a prender, lo hemos visto, sólo es necesario que alguien desempolve viejas ideas siniestras y las convierta en discursos capaces de justificar el odio, de cuya mano viene el horror.

Cuidémonos, cada uno, de nuestros particulares Caínes.

(Publicado en diarios del Grupo Vocento el 8 de junio de 2022).

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