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17 marzo, 2019

Nadie, la película (vidas.zip @elmundoes)

 

 

El hombre que se levanta esta mañana de marzo en su casa de Christchurch, Nueva Zelanda, no ha logrado en sus varias décadas de vida ser nadie. Cuando se acueste por la noche, en un calabozo, seguirá siendo nadie, pero por el camino le habrá quitado la vida a medio centenar de personas y habrá dejado malheridas a otras tantas, lo que en su mente obtusa equivaldrá a haber alcanzado al fin el estatus de personaje insigne.

Lo peor del asunto es que no será sólo la suya: en miles de mentes obtusas se abrirá paso la idea de que este sujeto, cuyo nombre en este cuento ni importa ni será escrito, es ya todo un referente, alguien que con su acción estúpida y violenta, que ni siquiera exige grandes dotes -disparar de cerca contra una multitud con un fusil AR-15, y filmarlo todo con una GoPro puesta en la cabeza medio hueca-, inicia un camino de gloria por el que seguirán otros, en la confianza de llegar a ser alguien para otros descerebrados que querrán imitarlos a su vez.

El Gobierno neozelandés abre a renglón seguido un debate sobre la conveniencia de permitir que a cualquier ciudadano se le expenda un arma de guerra capaz de causar una mortandad en cuestión de minutos. Una reflexión pertinente, aunque tardía ya para las personas que quedaron tendidas e inertes en dos mezquitas de Christchurch, o las que se debaten entre la vida y la muerte en la cama de una unidad de cuidados intensivos. Que a estas alturas de la historia criminal y del desarrollo de las sociedades más avanzadas alguien albergue la más mínima duda sobre la necesidad de circunscribir el uso de tales artefactos a las fuerzas de seguridad y miembros del ejército, en situaciones de extrema amenaza o de guerra, pasma tanto como horroriza y hace dudar de aquella afirmación de Descartes según la cual la inteligencia está mejor repartida de lo que solemos pensar.

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