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2 mayo, 2022

Ni esclavos ni muñecos

«Una democracia que crea muñecos conduce al vacío, lo mismo que una dictadura que gobierna a esclavos.» Este crudo razonamiento se lo atribuye René Kraus a Pericles, el glorioso gobernante de Atenas, ante el dilema de cómo conseguir que la democracia ateniense sobreviviera sin su tutela y su inspiración, planteado por el aún joven Sócrates durante el encuentro de ambos en el Liceo, donde el filósofo impartía su doctrina. Es una de las muchas escenas que Kraus recrea con admirable viveza en su libro La vida privada y pública de Sócrates, publicado en 1940 y recuperado más que oportunamente por la editorial Arpa. No sólo porque se trata de un fresco primoroso de aquella Atenas en cuyas calles convivían Fidias, Hipócrates, Sófocles, Heródoto o Anaxágoras, por citar sólo unos pocos, sino por las muchas ideas de entonces que nos sirven para interpretar el ahora.

Nuestra Europa, heredera de aquella Atenas, asiste en estos días a una guerra en la que una dictadura que rige a esclavos pone en jaque a una sociedad democrática que ha perdido en buena medida esa pasta consistente que le da una ciudadanía comprometida y libre, sustituyéndola por consumidores inertes y perezosos que se dejan mover por hilos de marionetistas varios. En el corazón de esa misma Europa, en Francia, acaba de sacar más de cuatro de cada diez votos alguien que ha coqueteado sin reparo con el dictador belicoso —incluso ha llegado a aceptar su dinero— y que trae en su programa, como gran promesa, limar derechos y libertades y emular esa dirección por la fuerza de la que Pericles siempre quiso preservar a sus conciudadanos.

Que la democracia europea está en crisis, que a muchos de los que por ella se gobiernan los ha decepcionado hasta el punto de abrazar el partido de los apóstoles dogmáticos, resulta cada vez más obvio. Igual que en esos mismos años entró en crisis la democracia ateniense, que pronto acabaría por colapsar. Pero la solución a esa crisis no pasa por la dejación de la cosa pública a los prescriptores de atajos, tampoco por las torpes componendas con las que Europa, por ejemplo, ha tratado en las dos décadas anteriores de apaciguar al déspota de Moscú. Cuenta Kraus que Sócrates afeó a Pericles sus tratos con el rey de Esparta, al que sobornó con veinte talentos de plata para tratar de salvar a la ciudad. «Nunca la salvarás con veinte, con doscientos ni con dos mil talentos» —le auguró el filósofo— «sino con hombres libres, valientes y honrados.» Ni esclavos ni muñecos: ese es el arduo reto que nos aguarda. Salvo que nos apetezca caer al vacío.

(Publicado el diarios del Grupo Vocento el 26 de abril de 2022).

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