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15 mayo, 2018

Que no seamos esto (@DiarioSur)

 

 

Uno llegó hace tiempo a la conclusión de que debía dejar atrás la interacción en redes sociales. En el único perfil que no ha abandonado se limita desde hace meses a colgar anuncios y artículos, para quien pueda tener interés en ellos, sin aspirar a mantener a través de la red conversación alguna con nadie. A esos efectos, tiene desde antes de que aparecieran Facebook o Twitter una página web con buzón público, pero sobre todo -y desde siempre- la mejor y más honda manera de hablar con otros que ha inventado el ser humano: leer y escribir libros.

Sin embargo, y ya que las redes sociales, nos guste o no, han pasado a formar parte de la difusión de noticias y de la construcción del discurso público, se impone hacer algún que otro muestreo de lo que por ellas circula, para mejor tomarle la temperatura a la comunidad de la que uno forma parte. Y cada vez que uno hace ese ejercicio, aparte de experimentar una desgana creciente y un interés menguante por lo que se dice y cómo se dice, observa síntomas alarmantes de descomposición, tanto de la ética como de la estética del mensaje. Síntomas que uno quisiera creer que sólo lo son del deterioro cognitivo de quien lo ha tecleado, pero que a ratos hacen temer que sean indicador de una devastación moral e intelectual de alcance más general.

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