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21 julio, 2019

Pensamiento kamikaze @elmundoes

 

 

La historia trasciende en su esquema básico, apenas unos pocos elementos: un coche recorre a 200 kilómetros por hora y en sentido contrario 50 kilómetros de una autovía del Norte, cruzándose en su carrera letal con varias decenas de vehículos que logran esquivarlo, hasta que uno no lo consigue y ambos colisionan. Contra ellos impacta acto seguido un tercer coche. En el choque, que cuesta calificar de accidente, muere el conductor suicida y resultan heridas otras cinco personas. El muerto era un varón en la cincuentena, divorciado, padre de dos hijos y que, según se dice, atravesaba por una depresión.

Estos son los hechos, demasiado escuetos para enjuiciar aún, jurídica o siquiera moralmente, lo acontecido. No es fácil imaginarlo, pero para empezar ni siquiera está descartado que el conductor infractor condujera desorientado, o bajo el efecto de algún cóctel de sustancias, incluidos fármacos, que lo privara del control de sus actos. En ese caso no sería estrictamente un kamikaze, que es de lo que al instante se le tilda. Tampoco se dispone, con estas primeras informaciones, de una imagen lo bastante precisa de su situación psicológica o familiar, más allá de lo que alguien dice de él, que tampoco es demasiado. Es por ello prematuro y arriesgado aventurarse a adjudicarle alguna responsabilidad a nadie más que quien estaba al volante.

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