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30 diciembre, 2020

Adiós, 2020

Se va 2020, un año del que cuesta hacer un balance. Tampoco tengo claro que ese ejercicio, como el de elaborar listas o tratar de elegir lo más destacado en cualquier campo de un periodo de doce meses, arbitrario y aún no concluido, sirva de mucho. Uno va tomando notas mientras pasan las cosas, en mi caso sobre todo mentales, aunque este año excepcional logré por primera vez mantener durante cincuenta días seguidos un diario. Luego, con la perspectiva del tiempo, se va entendiendo algo de lo que realmente pasó, aunque de todas las experiencias los seres humanos sólo acabamos destilando ilusiones, que además nunca se están quietas, y a medida que pasan los años fluctúan, se transforman y hasta se invierten.

En mi juventud Woody Allen era un tipo simpático y Rudyard Kipling un narrador emocionante. Hoy son un apestado y un racista, respectivamente.

Por eso no voy a hacer un balance, ni aspiro a prever cómo se recordará este 2020, ni siquiera cómo lo recordaré yo mismo, cuando tenga perspectiva, si se me concede llegar a tenerla. Ha sido triste, ha sido duro, algunas cosas se han roto, otras han emergido. Unos se han descalabrado, a otros —muchos menos, pero nunca faltan— les ha venido a ver la suerte. Quienes hemos resistido en un terreno más o menos intermedio debemos dar gracias, como cualquier año que podamos decirlo, pero en este caso con mucho mayor motivo y fundamento.

A mí se me ha concedido publicar cinco libros. Se lo agradezco a los editores y a los lectores, que son los que convencen a los primeros. De los cuatro anteriores ya he hablado en este blog, por eso se me permitirá que dedique esta última anotación del año a hablar del quinto y último, cuya portada encabeza esta entrada. Es el undécimo de una serie, me cuesta creerlo. Se trata de un proyecto que sostengo desde hace casi doce años, gracias a la hospitalidad y a la confianza de elmundo.es, y que a razón de una pieza por semana ya suma por encima de las seiscientas.

En esta undécima entrega se recopilan las 52 que van de la primavera de 2019 a la de 2020. Termina, pues, en medio de la pandemia maldita.

Son apuntes al vuelo, historias que me voy cruzando y que ahí guardo, para no olvidarlas, para ahondar en alguna después. Incluso me han dado título para una novela: Donde los escorpiones, sin ir más lejos. En este año en el que nos hemos caído de tantos caballos me pareció que su título debía ser el de la pieza que llamé Hacernos adultos. No porque crea que lo hemos conseguido, sino para invitarnos a perseverar en el empeño. La infancia es encantadora, la adolescencia quizá lo es algo menos, aunque para mí también tiene su punto. Lo que ya no es tan encantador ni tiene punto ninguno es ir de niño malcriado cuando ya se tiene una edad.

A ver si el año 2021 hay más suerte. A ver si mostramos más juicio.

Que os sea propicio a todos.

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