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22 julio, 2021

Annual, cien años

Este 22 de julio se cumplen cien años del inicio del desastre que la historia conocería por el nombre de un insignificante poblado rifeño: Annual. En esta fecha se tomó la decisión de evacuar el campamento de ese mismo nombre, que según los planes del general en jefe de las tropas españolas en la zona de Melilla, Manuel Fernández Silvestre, había de servir como base para una ofensiva sobre la bahía de Alhucemas. Fue, en cambio, el punto de partida de una retirada atroz que supuso el derrumbamiento de todo el frente, la caída de decenas de posiciones y la muerte de cerca de diez mil soldados. Una catástrofe que cambió la Historia de España.

Como es marca de la casa, en este caso de la casa común de los españoles, o de lo que de ella quede, la desmemoria social e institucional acoge el aniversario. Nunca sabremos los nombres de todas las víctimas: no se hizo en su día la nómina de la masacre ni es factible reconstruirla ahora. Pero podríamos haber tenido un gesto de piedad, como país, nación o lo que quiera que seamos, hacia esos miles de infelices. Gente humilde, en su mayor parte, procedente de todas y cada una de las actuales Comunidades Autónomas, que pagó con su dolor, su sed, su miedo y, en fin, su vida, los errores y la irresponsabilidad de sus gobernantes.

Al menos, nos queda la literatura. De lo que allí sucedió levantaron en su día acta novelistas como Sender y Barea, y también los historiadores han hecho su parte: María Rosa de Madariaga, Juan Pando Despierto y otros muchos. A ellos se ha unido en este 2021 el joven profesor Daniel Macías, impulsando y coordinando un libro colectivo, con aportaciones de los más prestigiosos especialistas, del que se me ha concedido el honor de escribir el epílogo y que es la mejor aproximación a esta historia que creo que puedo recomendar a quienes la desconozcan. Su título y su cubierta los tenéis a continuación, y pinchando en la imagen podéis acceder a más detalles.

Por mi parte, celebro poder decir que en estos días llegan a las librerías las reediciones, en formato de rústica y bolsillo, de dos de los cinco libros que he escrito relacionados con esta historia. El nombre de los nuestros es una recreación novelada de cómo se vivió el hundimiento en dos posiciones costeras, Sidi-Dris y Afrau, cuyos defensores, por no poder retirarse, se vieron forzados a luchar hasta el final. Siete ciudades en África, por su parte, aborda el episodio del protectorado y las relaciones hispano-marroquíes a lo largo de la Historia a partir de siete ciudades africanas con fuerte huella española: Ceuta, Melilla, Nador, Alhucemas, Xauen, Tetuán y Larache.

Además de ellos, quien tenga interés en el asunto puede leer las novelas Carta blanca y Recordarán tu nombre. Ambas indagan en la costosa y violenta reconquista del terreno perdido tras el desastre y en las conexiones entre la guerra marroquí y la guerra civil, a través de personajes, reales y ficticios, que vivieron ambos episodios y tomaron caminos divergentes: mientras unos se alzaron contra la República, otros la defendieron y dieron su vida por ella. Y si alguien quiere acercarse al territorio que vivió aquellos acontecimientos, experiencia que aseguro que vale la pena, en tanto las fronteras sigan cerradas puede probar a hacerlo sobre el papel con un libro de viajes, Del Rif al Yebala, que recoge el que en 1997 hice a través del antiguo territorio del protectorado.

Los tres están en libro electrónico y de bolsillo, a precios asequibles.

En este día son muchas las cosas y las imágenes que me vienen a la memoria. Me he pasado años indagando en esta historia, que me asombra que mis compatriotas conozcan tan poco y tan mal, cuando fue tan decisiva para lo que acabó sucediéndonos y aún nos sucede. Han sido muchas las veces que me he acercado al Rif, varias las ocasiones en que he pasado por Annual o me he asomado al horizonte azul del Mediterráneo desde las lomas rojizas y hoy abandonadas de Sidi-Dris. De alguna de esas impresiones ha ido quedando testimonio en este mismo blog y en otros lugares.

Hoy me limitaré a anotar mi recuerdo de otro hombre que se llamaba Lorenzo Silva y que vivió durante seis años aquella guerra africana. Está en la fotografía que abre esta entrada, con los brazos cruzados, descubierto y con galones de sargento (agradezco a Eugenio Granados, por cierto, el primoroso trabajo de restauración y restitución del color). A su destreza para sobrevivir, primero como novato y luego como veterano en un batallón de cazadores —una unidad de choque, altamente propensa a sufrir bajas—, debo mi propia existencia. También la necesidad de escribir para honrar la memoria y el sacrificio de aquellos pobres y jóvenes soldados que murieron antes de poder tener hijos que a su vez les dieran nietos que los recordasen.

Y no puedo evitar anotar, tampoco, lo que en 1898, más de veinte años antes del desastre, dejó escrito un diligente militar español, José Álvarez Cabrera, tras un concienzudo trabajo de inteligencia de varios años sobre el terreno, aprovechando su destino como jefe de la misión militar española ante el sultán de Marruecos:

No creemos, dadas las condiciones de la región geográfica que se conoce con el nombre de «El Rif», el que las naciones europeas conviniesen nunca en desembarcar sus efectivos en aquellas montañas inaccesibles, hacerlo sería un grave error político, y sobre todo militar. […] Insigne locura sería penetrar por comarcas montañosas y avanzar por terrenos desconocidos o ásperos y sin recursos, incomunicándose con la base de operaciones, alejándose del mar, y sin marchar sobre objetivos vulnerables sufrir toda clase de penalidades para encontrar sólo dificultades, como sucedería avanzando desde Melilla. […] Las retiradas en los países semisalvajes y guerreros, como el de Marruecos, son las operaciones más difíciles y las que deben preverse y someterse a un detenido estudio. Algunos ejemplos en las guerras irregulares nos demuestran la facilidad de que una retirada táctica se convierta en desastre. En enero de 1842 les aconteció a los ingleses en el Afghanistán [sic]: 17 000 hombres tenía el ejército que dejaron en el campo atrincherado de Cabul [sic] y que se dirigió a la frontera de la India, pero sólo uno llegó a Jellalabad [sic] para poder dar la noticia, los restantes, incluso el general en jefe, fueron sacrificados o prisioneros; otros casos podrían presentarse para probar la necesidad que existe de que las líneas ofensivas en estos países puedan convertirse en líneas de retirada y administrativas […]. En esa misma retirada […] no tenía el ejército inglés ni aun línea de comunicaciones, les llegó a faltar hasta el municionamiento, e internándose en terribles desfiladeros quedaron tendidos en terrible reguero de cadáveres, por no contar en su retirada con puntos de apoyo, en los cuales se hubiera reorganizado la columna bajo la protección del fuego de los fuertes.

Eso es lo más terrible de todo: que diez mil españoles habrían salvado la vida si los insensatos que tomaban las decisiones, por una vez, hubieran escuchado a quien no sólo se había molestado en hacer lo necesario para conocer el terreno que pisaba, sino que también se había preocupado de dejarlo documentado y advertido, con referencia pertinente y precisa a un precedente que, tristemente, se acabó por reproducir.

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