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18 abril, 2022

Me retiro (de cierto género literario)

Raymond Chandler, con su pipa y su lápiz

Cuando el tiempo va avanzando y el trecho de vida que uno tiene por delante se va reduciendo, es conveniente hacer un esfuerzo por buscar lo esencial, lo que implica otro ejercicio correlativo: el de ir abandonando aquello que ya cumplió su función, o en lo que uno siente que no puede aportar mucho más en el futuro. No representa ningún drama: siempre hay personas más jóvenes, más brillantes y con más merecimientos que uno para ocupar los espacios que vaya desalojando.

En los últimos meses me he retirado de algunas cosas. Interrumpí, como ya conté aquí mismo, la serie que desde hacía doce años mantenía en elmundo.es con el título de vidas.zip. Ya expliqué entonces por qué, y ahora sólo me queda añadir que ese ratito que han ganado mis fines de semana me ha venido estupendamente para invertirlo en otros afanes vitales y que no lamento la decisión. Esa obra ya estaba hecha, en lo sustancial, y ahora sólo tengo pendiente recoger en papel los textos de las dos últimas entregas, Hacernos adultos y La mano de Esther.

Hace unos meses anuncié también que cedía el testigo del festival Getafe Negro a una nueva directora, Maica Rivera, y que me quedaba en adelante como comisario honorario, a petición del Ayuntamiento, para apoyar en lo que pueda a quien ahora lleva un proyecto que vi nacer y que nunca dejaré de sentir como cosa mía. Pero la que manda y decide es ella, y estoy seguro de que pronto se verá que el cambio es bueno para la ciudad, para el festival y para la promoción de la novela negra y de sus autores, así como de su diálogo con los lectores. También lo es para mí.

Estas dos experiencias me han permitido constatar que en la vida hay que saber irse, cuando toca, y en las últimas semanas vengo rumiando otra retirada, que es la que anuncio en este acto.

No volveré a escribir frases para la faja de un libro. Es algo que he hecho con frecuencia, para amigos y para desconocidos, porque creí que merecían apoyo por los libros que habían escrito y que me adelantaban en primicia y porque sus editores o ellos mismos me lo solicitaban. Lo he hecho casi siempre con gusto, y si en alguna ocasión ha pesado alguna clase de compromiso, no me ha llevado nunca a decir algo en lo que no creyera o de lo que me avergonzara. Sin embargo, en los últimos tiempos el requerimiento de este tipo de frases se había convertido para mí en una presión cada vez más agobiante, que me trastocaba mis propios planes de lectura y me obligaba a leer libros a destajo o demasiado deprisa para poder siquiera disfrutar de ellos. Así que me retiro.

Quizá convenga aclarar en este punto que cuando he escrito una de estas frases siempre me he leído antes el libro, a diferencia de un conocido autor estadounidense, que declaraba sin rebozo que cuando le pedían algo así le decía a su agente que escribiera por él lo que le diera la gana.

Por otra parte, y al margen de prácticas como la que acabo de describir, la inflación de este tipo de reclamos los ha devaluado manifiestamente. Los míos y los de cualquiera. Sé que muchos autores y editores siguen creyendo, puede que con razón, que una frase de alguna firma conocida, por hueca o rutinaria que resulte, algo suma a la venta del libro, y quizá por eso en los últimos tiempos han pasado a imprimirla directamente sobre la cubierta. Pero a mí, como lector, y a riesgo de ser demasiado sincero, reconozco que cada vez me suma menos. Hasta diría que empieza a restarme.

Por eso desde hace tiempo venía sopesando la decisión que anuncio ahora, con el ruego a compañeros autores, amigos editores y agentes y cualesquiera otros intermediarios de que se abstengan de pedirme que me lea unas galeradas para darles una frase de cubierta. Las que he producido en las últimas semanas, a propósito de libros que me han interesado por diversas razones —como los de Daniel Fopiani, Marina Sanmartín, Graziella Moreno, Juan Aparicio Belmonte o Josan Mosteiro— son mi canto del cisne en este endiablado género literario. Mejor cerrar las cosas así, con buen sabor de boca, que seguir con ellas hasta amargarse. Antes que empezar a discriminar a quién sí y a quién no, escrutinio siempre odioso del que prefiero exonerarme, mejor cerrar la tienda del todo. Sin agraviar así a ninguno.

El empujón final me lo ha dado la relectura de dos cartas de Raymond Chandler. Las escribió a mediados de 1951, a propósito del envío por parte del editor de las galeradas del libro de su amigo Charles W. Morton —con el que se carteaba regulamente—, acompañadas de la petición urgente de una frase que ayudara a la venta. Los que hemos sido autores de frases promocionales sabemos que esa urgencia editorial no es nada infrecuente, pero a Chandler, que tenía su lado malvado, le sentó especialmente mal, lo que le dio una ocasión para demostrar su acerado ingenio.

La primera carta se la escribió al propio editor, un tal Mr Dana. Empieza Chandler quejándose de la premura con la que le intiman a leer un «montón ingente» de páginas, tarea por la que se supone que ha de dejarlo todo, incluidas la colada y la plancha semanales y cualquier tentativa de ganarse la vida. Luego supone que semejante prisa se deriva del hecho de que a Mr Dana alguien «le acaba de prender una hoguera bajo el sillón», seguramente después de marear las galeradas durante meses. Acaba diciéndole que puede que se lea las galeradas o puede que no. Que quizá, en lugar de afrontar la lectura, prefiera salir a cortar el césped del jardín trasero.

La segunda carta se la escribe al propio Andrew Morton, su amigo. Se deduce que el editor se ha quejado de la desabrida respuesta de Chandler. Este alega que sólo quiso divertirse un poco y que tampoco le ha hecho daño a nadie, y a continuación formula una regla que al leerla casi me resultó epifánica: «The proper time to praise a writer is after his book has been published, and the proper place to praise him is something else that is published.» Es decir: que el momento adecuado para elogiar a un escritor es tras la publicación de su libro, y el lugar indicado otro texto que a su vez se publique. No se puede mostrar mayor sensatez sobre el asunto.

Se duele también en esta carta Chandler de la devaluación del encomio literario: «The currency of praise has been so depreciated that there is nothing to say about a really good book.» Tan depreciado está el elogio que no hay nada que pueda ya decirse de un libro de veras bueno.

Para tratar de salir al paso de este fenómeno, en adelante me limitaré a plasmar mi entusiasmo ante los libros que me lo susciten en los textos que regularmente publico acerca de mis lecturas, que entre otros lugares aparecen en la sección de este blog que denomino La Biblioteca del Nautilus y en los que sólo hablo de lo que me gusta; el descrédito y el desprecio del trabajo ajeno se lo dejo a los tuiteros y otras especies que disfrutan reprendiendo o haciendo de menos a otros. Si alguien encuentra que algún pasaje de alguno de esos textos le conviene para promocionar el libro del que es autor o editor, y desea llevarlo a una faja, a una cubierta o a una solapa, cuenta con mi bendición y espero de corazón que le sirva. Yo ya no escribiré más pensando en ese destino.

No puedo cerrar esta anotación sin pedir disculpas a las únicas tres personas a las que recuerdo haber pedido yo mismo que me brindaran una frase para alguno de mis libros aún no publicados. Una de ellas me la dio, lo que le agradezco en el alma. Las otras dos no lo hicieron, lo que también les agradezco. Son dos personas inteligentes y elegantes y encontraron algo mejor que hacer. Una de ellas mencionó cariñosamente el libro en una entrevista. La otra escribió un primoroso texto en un periódico, en el lugar donde suele hablar de los libros que le interesan.

Tal vez tuviera en mente la regla de Chandler, bajo cuya inspiración, aclaro aquí, pienso seguir leyendo todo lo que pueda de mis contemporáneos, y alabándolo cuando y cuanto me sea posible.

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